Los caballos de Clodt, historia de un desconocido icono ruso

Los caballos de bronce esculpidos por el artista ruso Clodt han viajado por todo el mundo. Se pueden encontrar en Kiev, en Berlín, en Nápoles y en Moscú. El dios Apolo cabalga sobre una cuadriga de caballos alados en el frontón del teatro Bolshói. Desde las paredes del palacio del Kremlin, Jorge de Capadocia doblega a una pérfida serpiente montado a lomos de un caballo de Clodt.

 

El barón Peter Clodt von Jürgensburg (1805-1867) pudo haberse convertido en un destacado oficial si no hubiera sido por el amor que profesaba al arte. En la escuela, en lugar de aprender el arte militar, pasaba horas sentado en los establos. Solía llevarse un lápiz y dibujar los caballos al natural. Después comenzó a esculpir la madera.

Aunque al final sí que terminó la carrera militar, esta fue muy breve. Enseguida se retiró, se instaló en un semisótano de San Petersburgo y continuó dedicándose a su extraño arte. Su casa estaba cubierta con cientos de figuras de caballos. Sus contemporáneos recordaban: “Mete un caballo en casa y él mismo no tiene dónde sentarse, de modo que se coloca junto a las patas traseras y se pone a tallar madera de tilo”. ¿Qué clase de ocupación era esa para un hombre adulto, un noble?

Así fue como aparecieron los caballos más famosos de este escultor, los del puente Anichkov en San Petersburgo. En una ocasión, un miembro del séquito de Nicolás I regaló al emperador un jinete de madera cuyo rostro guardaba un parecido asombroso con el emperador. Este exclamó:

—Admirable. ¿Quién es este prodigioso tallista?

—El barón Clodt, su Alteza. Un teniente retirado.

—Que talle para mí un destacamento de caballeros de la guardia.

Los encargos empezaron a llegar uno detrás de otro y todo desembocó en unos caballos de bronce que decoraban el puente. Al verlos el zar bromeó: “Clodt, haces los caballos mejor que si fueras un potro”.

Sus esculturas han inspirado leyendas y mitos. Dicen que entre las patas de uno de los cuatro caballos del puente Anichkov se puede distinguir el rostro de una persona. Sobre a quién pertenece ese rostro hay diversidad de opiniones. Unos creen que se trata del emperador Napoleón, pues se adivina el contorno del famoso tricornio que este llevaba.

Otros están convencidos de que, por el contrario, se trata del emperador Nicolás; por qué razón, mejor no preguntar, simplemente están convencidos de ello. Según la tercera versión, es el rostro de uno de los amantes de la mujer de Clodt. Esta, al fin y al cabo, tiene cierta lógica: Peter Karlovich quiso vengarse así de su rival. Aunque lo cierto es que no se sabe si la mujer del escultor realmente tuvo algún amante. Y si lo tuvo, tampoco se conoce su aspecto.

No hace tanto, en nuestros días, los caballos de Clodt sufrieron un ataque de vandalismo. Unos desconocidos arrancaron las riendas de una de las esculturas y dañaron los arneses. Parece que querían dejar al animal en libertad. Los caballos de Clodt son tan reales, que entran ganas de salir a dar una vuelta con ellos.

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