Una lejana isla de libertad: Crimea en la literatura rusa

Casa Museo de Antón Chéjov en Crimea. Fuente: Lori / Legion Media

Casa Museo de Antón Chéjov en Crimea. Fuente: Lori / Legion Media

Soñadores, revolucionarios y escapistas: los escritores rusos de todas las épocas apreciaban las ‘aguas neutrales’ de Crimea, alejadas tanto del liberalismo europeo como de la burocracia moscovita o de la soberanía petersburguesa.

El primero en descubrir Crimea fue Alexander Pushkin, aunque no fue por voluntad propia. El poeta fue expulsado de San Petersburgo y enviado al sur por el carácter liberal de sus versos. Sin embargo, bien Pushkin no tenía remedio, bien el aire de Crimea resultó ser demasiado embriagador, pero aquel exilio se convirtió en una liberación para él. “Resucitan los sentidos, se despeja el intelecto”, escribió en su oda Táuride (el nombre griego de Crimea).

El principal hallazgo de Pushkin en Crimea fue la lírica de Ovidio. Allí descubre que su colega romano estuvo exiliado en los mismos lugares que él y, también como él, por orden de un emperador despótico. Pushkin compara su propio ascetismo con el destino del poeta clásico. En sus versos de Crimea, Pushkin continúa clamando por la independencia, aunque ya no habla de libertades políticas, sino de la libertad personal frente al Estado.

Otro rostro representativo de la libertad de Crimea fue Maximilián Voloshin, poeta, pintor y fundador de una comuna artística, además de propietario de una casa en Koktebel. Voloshin introdujo la sencillez y la naturalidad en la comunidad bohemia de Rusia. Instaba a sus invitados (entre los que se encontraba Marina Tsvetáieva, Ósip Mandelstam, Andréi Bely, Maxim Gorki y Alexéi Tolstói) a abandonar los convencionalismos, que en su opinión constituían un obstáculo para la creatividad; y para dar ejemplo se paseaba en albornoz delante de ellos. Recibía en su casa a cualquiera, independientemente de su rango social o de su ideología política.

El aire cálido de Crimea y la afectuosa acogida que recibían en la comuna ayudaba a los poetas a salir de sus crisis de creatividad. Para la poetisa Marina Tsvetáeva, Voloshin se convirtió en un auténtico gurú literario. Este le enseñó a confiar en el lector y a dar rienda suelta a la imaginación. Con su ayuda, logró deshacerse de su percepción libresca del mundo y añadir sencillez y precisión a su escritura.

Tsvetáieva visita los rincones pushkinianos de Crimea: Bajchisarái y Yalta. En el poema Encuentro con Pushkin (Vstrecha s Pushkinim), Tsvetáieva imagina un paseo con el ‘mago de pelo ensortijado’. Conversa con el genio a su manera y encuentra muchos puntos en común en sus vidas. Como Pushkin, ella también rechaza la figura del caudillo y alaba la libertad personal.

El escritor Alexander Grin, también amigo de Voloshin, se trasladó en 1930 a Crimea por razones de salud. Grin fue un gran escapista; se apartó de la comuna y vivió completamente aislado. Su principal fuente de inspiración era el mar. En Crimea escribió su libro más conocido Surcando las olas (Begushaya po Volnám): una novela sobre un soñador gravemente enfermo que sana gracias al amor y a los viajes. Grin fue enterrado en Staryi Krym, en lo alto de una colina desde la que se contempla el mar.   

Una verdadera catástrofe

En la Guerra Civil (1917-1923), Crimea fue el último punto de resistencia de la guardia blanca. De sus puertos zarpaban barcos llenos de refugiados de origen ruso: científicos, pintores y escritores. El año en que los bolcheviques obtuvieron la victoria definitiva constituyó un hito en la literatura rusa.

En la obra La huida, de Mijaíl Bulgákov, se ven reflejados los últimos días de la vieja Rusia. Crimea se convierte entonces en un ‘arca de Noé’ que reúne a los vencidos: soldados de la guardia blanca, sacerdotes y aristócratas petersburgueses tratan de comprender qué ha pasado con Rusia y cuál es ahora su lugar en el mundo.  

El escritor Gaito Gazdánov emigró a Francia a través de Crimea. En su novela Una noche con Claire describe la anarquía en las calles de la ciudad, los convoyes de heridos en las estaciones... El escritor expresa la última impresión de su tierra natal: la arena caliente de Teodosia vuela hacia los barcos cargados de refugiados. Crimea ya ha sido entregada, pero no se rinde.

Vladímir Nabokov  también emigró a través de Crimea. Sin embargo, él prefirió cerrar los ojos ante la catástrofe y crear su propio mito. El protagonista del cuento Primavera en Fialta (se refiere a Yalta) acude a Crimea para despedirse de su amante en el verano de 1917. Un romance con Nina “difícilmente imaginable, porque estaría penetrado, lo sabía, por una amargura apasionada e insoportable,” se prolonga durante años, pero ella siempre se le escapa. Peor aún, ahora se había casado.

Para Nabokov Nina simboliza Rusia y el año 1917 representa los cambios venideros. Poco después de separarse del narrador, la chica muere en un accidente. El coche en el que viajaba se estrelló a toda velocidad con el furgón de un circo ambulante.

En novelas posteriores, Nabokov no oculta su añoranza por la potencia liberal situada al este de Europa. El palacio imperial emerge entre las palmeras, el emperador observa el mar desde la ventana… Nabokov traslada a Crimea la capital de su Rusia ideal. 

¿Una península o un espejismo?

Desde luego, la literatura rusa no desapareció con la huida al extranjero de toda una pléyade de escritores y Crimea continuó atrayendo a artistas y opositores, es decir, a emigrantes en potencia. Uno de ellos fue el entonces joven poeta y traductor Joseph Brodsky, quien más tarde sería galardonado con el premio Nobel.

En Crimea encontró la combinación de unos ‘versos’ apasionantes para un petersburgués de nacimiento como él: el vino y el mar, los cuales son una constante en todas sus obras crimeas. En el poema Dedicado a Yalta, escrito en verso blanco, Brodsky habla de la inestabilidad y la incertidumbre de la vida terrenal, guiada por la mano invisible de un destino cruel. Y en su poesía Noche de invierno en Yalta debate acaloradamente con el genio del romanticismo Goethe: “…¡detente, instante! No eres maravilloso // sino irrepetible”.

La novela de Vasili Aksiónov La isla de Crimea, escrita en 1970, constituye un verdadero culto a la libertad de Crimea. Aksiónov llega más lejos que Nabokov: se atreve a reescribir la historia y a reestructurar los límites de la geografía. En su novela, Crimea es una isla (en lugar de una península, como es en realidad) a la que nunca llegaron los bolcheviques en 1920. Esto la lleva a convertirse en un Estado independiente.

La isla de Crimea de Aksiónov prospera, pero busca un acercamiento con la vecina URSS. No obstante, el ‘gran hermano’ no está dispuesto a entablar ninguna amistad. Finalmente, el Ejército Rojo alcanza Crimea cincuenta años después.

Esta historia alternativa de Rusia fue absorbida por la real; la isla de la libertad desapareció como si nada.

La caída de la Crimea de Aksiónov constituye una metáfora del fracaso de la ‘generación del sesenta’ (Shestidesiátniki ,en ruso), un grupo de grandes escritores soviéticos que confiaron ingenuamente en la humanidad del Partido Comunista. La ‘isla de la libertad’ es una utopía en un país que ocupa medio continente y cuyo pueblo solo confía en la fuerza.

Pero Crimea realmente alienta la libertad de espíritu y de pensamiento. Pushkin tenía razón: la libertad hay que buscarla en la propia alma, mientras se pasea por Yalta o por Hurzuf. 

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