A vueltas con la cabeza de Gógol

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Hace años que Rusia y Ucrania se disputan la procedencia del gran escritor Nikolái Gógol (1809-1852), autor de obras como ‘Almas muertas’, ‘El inspector’, ‘Tarás Bulba’ o ‘El capote’.

El escritor nació en la aldea ucraniana de Sorochintsi, en la provincia de Poltava. Pero vivió en Rusia, escribió en ruso y la Ucrania de sus libros era fruto de la inventiva. Gógol extrajo casi toda la información que tenía sobre Ucrania de la correspondencia que mantenía con su madre, la cual se había quedado en la Rusia Menor, nombre que recibía entonces aquella zona en el Imperio ruso. 

Un bohemio, un viajero, un inventor

Casualmente nació el 1 de abril, que en Rusia se considera el Día de los inocentes. Hay quien cree que este día se celebra en honor a Gógol, aunque lo cierto es que sería más propio que Nikolái Vasílevich hubiera nacido el Día de Todos los Santos o la noche de las brujas (algo más enigmático, más mágico). No obstante, en sus libros hay tanto misticismo como humor; él sabía combinar como nadie estos dos principios.

Con su porte delgado, su nariz prominente y su melena larga, Gógol recordaba a un hippie. Durante un tiempo, se pusieron de moda entre los hippies de Moscú unas chapas caseras con un dibujo de Gógol llevando gafas redondas al estilo de John Lennon y con la firma del cantante debajo.

De hecho, el monumento a Gógol que se erigió a mediados de los años 70 en el bulevar moscovita dedicado al escritor sigue siendo hoy el punto de encuentro de la comunidad hippie. Aunque en Moscú no faltan monumentos con encanto, no es casualidad que escogieran precisamente este.

Al igual que los hippies, Gógol llevó una vida nómada, fue un hombre sin hogar. No solía permanecer mucho tiempo en un mismo lugar y solo se encontraba bien en el camino, de modo que en vano se lo disputan ahora Rusia y Ucrania. Sí, era ruso. Sí, era ucraniano. Pero también podría decirse que era alemán, italiano e incluso israelí, puesto que estuvo en Roma, en Múnich y en Nazaret.

Cuanto más rápido avanza el viajero, más se sumerge el lector en uno de sus mundos paralelos, donde los muertos cobran vida, los pavos tienen el tamaño de un ternero y treinta y cinco mil mensajeros se apresuran a entregar cuanto antes un mensaje.

Gógol nunca fue un realista. No sería exagerado decir que fue el fundador de una historia alternativa, un reformista de la historia. Él acuñó en gran medida el folclore urbano pertersburgués y el ucraniano; y lo hizo de un modo tan convincente, que todavía hay quien cree en las fantasías y leyendas gogolianas.

Hace mucho tiempo que se demostró que nada parecido a lo descrito por Gógol en su epopeya cosaca Tarás Bulba ocurrió en realidad. No obstante, la versión de Gógol es tan pegadiza que resulta difícil no creérsela. 

El misticismo antes y después de su muerte

Cuando los círculos progresistas de la época dijeron de El inspector que era una obra revolucionaria, un reflejo de la burocracia zarista, Gógol se asustó sobremanera.

No era esa su intención. Él simplemente se había limitado a plasmar en el papel un mundo inventado, cuyos habitantes eran producto de su fantasía.

Fuera como fuese, Gógol empezó a atribuir la idea de El inspector al gran poeta Pushkin. Según decía, fue Pushkin quien le sugirió el argumento de El inspector y, de paso, también el de Almas muertas. Y es que Pushkin era un clásico de autoridad incuestionable, ¿acaso le pedirían cuentas a él?

Para él, Pushkin era un dios. Cuando llegó a San Petersburgo, Gógol se apresuró a conocer a Alexánder Serguéevich. En la puerta del piso de Pushkin, Gógol estaba tan nervioso que se fue a una pastelería cercana y se tomó un chupito de licor para armarse de valor. Después regresó y preguntó con timidez al criado:

—¿Se encuentra en casa Alexander Serguéevich?

—Así es, pero está descansando.

Entonces Gógol se deshizo en elogios hacia el poeta.

—Seguramente —dijo—, ha estado trabajando toda la noche, escribiendo versos.

—No exactamente. Ha estado jugando a las cartas toda la noche.

Al final de su vida, mantuvo largas conversaciones instructivas con un sacerdote ultraconservador conocido como padre Matvéi. Este trató de convencerlo de que abandonara la literatura y se entregara por completo a la fe; también intentó convencerle de que se apartara de Pushkin.

Para el padre Matvéi, Pushkin representaba la herejía y el libertinaje. Durante mucho tiempo Gógol se resistió, pero finalmente cedió. Al renunciar a Pushkin, se despidió también de la vida y de todo lo que apreciaba.

La literatura de Gógol es puro misticismo, puro enredo. Muertos vivientes, brujas, retratos encantados... El misticismo lo acompañó en sus últimos días y lo persiguió también tras su muerte. Fue enterrado en el cementerio Danilovskoe, el cual fue destruido en 1920.

Cuando abrieron su tumba para trasladar los restos al cementerio Novodévichi no encontraron su cabeza. ¡El cráneo de Gógol había desaparecido de la tumba!

Además, otro episodio ensombrece el momento del traslado: los escritores que estuvieron presentes en el desentierro se llevaron algunos recuerdos de la tumba. 

Valentín Katáev se llevó al cementerio unas tijeras y recortó un trozo de la levita de Gógol con el que después encuadernó un ejemplar de Almas muertas. Vsevolod Ivanov cogió una costilla del escritor, y el encargado del cementerio, el joven comunista Arakcheev, se quedó con sus zapatos.

Stalin fue puesto al corriente y decidió poner orden en el asunto anunciando severos castigos a todos los testigos por la divulgación del secreto, pero los rumores no cesaron. Estos rumores debieron influir en Mijaíl Bulgákov, quien incluyó un pasaje sobre la desaparición de una cabeza en su novela El maestro y Margarita. Una historia auténticamente gogoliana.

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