Cantante lírica soviética sobrevive en Cuba

Adrián Silvestre filma la historia de una kazaja que llegó a la isla cuando la URSS se desmembraba y la isla entraba en la gran crisis.

La historia da muchas vueltas; solo así se explica la vida de Natalia Nikoláevna, una mujer kazaja perdida en la isla de Cuba donde sobrevive cantando arias a los turistas. Para entender qué hace allí hay que saber que, cuando aterrizó en la isla, ella era soviética: Kazajistán era parte de la URSS, un país que se desgajaba en esos días. 

Todo empezó cuando viajó a la isla con su hijo, desde Leningrado –ahora San Petersburgo­– para reencontrarse con su marido cubano. Él trabajaba en la construcción de la que sería la primera central electronuclear de Cuba, un proyecto para el que se levantaría toda una ciudad a cinco kilómetros de Cienfuegos. 

Allí iban a vivir junto a unos 4.000 operarios y sus familias, otras 16.000 personas. Pero la suerte se torció para Natalia con el inicio del periodo especial, la gran crisis de los 90. Porque, mientras entre Europa y Asia se deshacía la Unión Soviética, en el Atlántico Fidel Castro paralizaba el proyecto de ciudad: no había recursos. 

Natalia, que para entonces ya se había divorciado, quedó atrapada a 400 kilómetros de la Habana, entre dos mundos que dejaban de ser. Esta es la historia que ha contado el director de cine Adrián Silvestre (Valencia, 1981) y que se ha presentado en el Festival de Cine de Málaga.

La cinta, llamada igual que su protagonista, Natalia Nikoláevna, narra cómo sobrevivió gracias a las arias que aprendió a cantar en su tierra natal y los céntimos que arañaba con una báscula con la que pesaba a la gente. Los 30 minutos de documental muestran el esqueleto de lo que pretendía ser una ciudad de bloques al más puro estilo soviético y cuyo símbolo es el Edificio 18 Plantas, una torre que nunca se llegó a terminar y hoy es un lugar abandonado y repleto de perros que parece derretirse con el calor del Caribe. 

“La ciudad y el entorno es la perfecta metáfora de la vida de Natalia: un derrumbe, algo paralizado y que no pertenece a ningún lugar”, señala el joven director valenciano. 

 

Adrián Silvestre posa junto a la protagonista del documental. Fuente: Luis Alejandro Yero

Madre soltera y sin oportunidades de trabajo, Natalia —cuya edad ronda los 45— caza turistas para cantarles. Para ello no necesita más que presentarse ante los extranjeros que pasan por la colonial Cienfuegos, sentarles en un templete e interpretar arias rusas, italianas y cubanas. El escenario es el parque. Su música, a cappella, el viaje a los lejanos teatros donde aprendió a cantar. Las bocas abiertas de los foráneos que la escuchan son las que la alimentan. 

La kazaja, tachada de paranoica, cuenta con una mínima pensión como enferma mental (unos cinco euros, calcula Silvestre) y una cartilla de racionamiento. Ella dice estar en perfectas condiciones, querría que se le reconociera su carrera como cantante lírica en la isla, ser parte de la cultura del país y… puesto que todo eso no sale, piensa en salir de Cuba, pero no sabe bien cómo ni a dónde. 

Muestra del amor por sus orígenes es la asociación de cultura rusa de Cienfuegos, montada por ella. Pero Natalia no es la única obstinada en esta historia. El propio rodaje tiene una parte de quijotesco para el cineasta, que filmó la cinta junto con Alejandro Yero, como codirector, en 10 días: 

“Ha costado cero euros. El viaje lo pagué con una beca del Ministerio de Cultura con la que estaba estudiando en Cuba; los desplazamientos y comidas los asumí yo… y Dinamia Producciones se hizo cargo de la postproducción y difusión”, declara el director.  

El cineasta señala que lo más complejo fue convencer a la protagonista para que perdiera los miedos a hablar de su vida. Lo consiguió. No solo eso, la cinta también muestra la Cuba más íntima, la que transcurre en su casa: en la cocina, en un hogar de estanterías desvencijadas, paredes desconchadas y un enorme televisor que funciona solo cuando quiere.

Fuente: youtube / Adrian Silvestre

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