Joyeros de la Rusia imperial, más allá de Fabergé

La Rusia imperial contaba con una serie de excelentes joyeros. Fuente: ITAR-TASS

La Rusia imperial contaba con una serie de excelentes joyeros. Fuente: ITAR-TASS

La obra del maestro joyero Carl Fabergé, en su día proveedor de la corte imperial rusa, es mundialmente conocida. Sus huevos de pascua constituyen el orgullo de cualquier colección. Sin embargo, Rusia contaba con otros excelentes joyeros, cuyos trabajos eran no menos valiosos.

El síndrome de Estocolmo 

Los joyeros Bolin, de origen sueco, llegaron a Rusia a principios del siglo XIX, varias décadas antes que Fabergé. En total sirvieron a seis emperadores rusos, tarea nada sencilla. Una de sus funciones, por ejemplo, era la de preparar el ajuar de las hijas del zar.

El coste de una sola colección nupcial equivalía al de un edificio residencial en el centro de San Petersburgo. Dicha colección incluía la corona nupcial, varias diademas, un collar y las pulseras; además también se encargaban de diseñar los anillos, los pendientes... La víspera de la boda, la princesa desfilaba en público con todas las joyas. Y es que según la tradición el valor de la novia dependía del importe de su ajuar.

La casa Bolin trabajó en Rusia hasta la Primera Guerra Mundial, cuyo inicio sorprendió en Alemania al entonces propietario de la empresa, Wilhelm Bolin. El joyero trató de llegar a Rusia a través de Suecia, pero se quedó atrapado en Estocolmo, donde abrió una tienda y no tardó en convertirse en proveedor de la corona sueca. Es decir, que cambió a un monarca por otro. 

El estilo ruso

La obra del comerciante Pável Sazikov ganó fama a partir de 1793. Su hijo Ignati llevó una serie de artículos decorados con motivos de la vida campesina a una exposición celebrada en Londres en 1851. Entre ellos había un oso con riendas, una lechera, un candelabro en honor a la batalla Kulikovo y otras obras de artesanía popular. Recibió la medalla de plata por el candelabro y volvió a San Petersburgo siendo ya una persona famosa.

Y puesto que la sociedad londinense reconoció su talento, la rusa no podía ser menos. Una oleada de nobles comenzó a realizar encargos no ya a un simple artesano, sino a todo un joyero, reconocido en el mismísimo Londres.

Esto permitía a la aristocracia, que a menudo hablaba el francés mejor que el ruso, presumir de su origen ruso. Y no es de extrañar que este estilo ganara popularidad, pues en Europa el estilo à la russe también tenía sus adeptos.

El joyero Iván Jlébnikov cautivó al público en la Exposición Universal de Viena de 1873 con un samovar y un servicio de té. Aquel samovar consistía en un recipiente apoyado sobre unas patas de gallo y con unas asas en forma de cabeza de gallo. Las tazas estaban esmaltadas y decoradas con piedras preciosas. Resultaba imposible no reparar en semejante belleza y no elogiarla. Jlébnikov regresó de la exposición satisfecho, como el gallo de la feria, y retomó su oficio con nuevas fuerzas.

Sus artículos estaban inspirados por temas extraídos de la historia y la literatura. Escenas de la vida del zar Iván el Terrible, del santo ortodoxo Sergio de Rádonezh o de los versos de Mijaíl Lérmontov. Pero lo que más atraía de su obra eran los esmaltes. Por ejemplo, en el Museo Estatal de Historia de Rusia se conserva un juego para el vino de la década de 1870, que consiste en una garrafa en forma de gallo y unas copas en forma de pollitos decoradas con incrustaciones de esmalte. Con esta misma técnica se confeccionaban entonces platos ornamentales de plata y oro. 

El ascenso social

También son famosos los esmaltes de Pável Ovchínnikov. Este joyero alcanzó la fama gracias a la técnica del esmalte alveolado, a sus pinturas decorativas y a sus vidrieras. La técnica del esmalte alveolado se utilizó en su día en la Rus de Kiev, a donde llegó desde Bizancio, pero se perdió tras la invasión tártaro-mongola. Fue precisamente Ovchínnikov quien la recuperó.

La historia de su vida resulta inusual. Aunque nació en el seno de una familia de siervos, de niño demostró tener un talento precoz para el dibujo y lo enviaron como aprendiz a una orfebrería. En ocho años de trabajo ahorró el dinero suficiente para comprar su libertad, concertó un matrimonio ventajoso y abrió su propio taller.

Cuando Ovchínnikov tenía tan solo 24 años, el volumen de ventas anual de su negocio ascendía al medio millón de rublos, lo que hoy en día equivaldría al presupuesto necesario para rodar la película Titanic. Para entonces tenía un equipo de 600 trabajadores que fue en aumento. A los 35 años, Ovchínnikov se convirtió en proveedor de la corte, ciudadano honorífico y caballero de varias órdenes.

Tras la revolución de 1917, los joyeros empezaron a emigrar. No podían trabajar bajo la hambruna, el desorden y la expropiación de bienes impuesta al servicio de la clase trabajadora. El sector de la joyería fue resurgiendo de manera gradual, pero se trataba ya de una escuela y un estilo diferentes, mientras que el estilo majestuoso de los joyeros imperiales se quedó para los museos y las colecciones privadas.  

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