La literatura ideológica vuelve a hacer furor en Rusia

Dibujo de Konstantin Maler

Dibujo de Konstantin Maler

En los años 90, cuando cayó el sistema soviético, parecía que los escritores finalmente se habían liberado de la censura y de la presión ideológica. Aunque solamente sea porque ya no le importaban a nadie. En aquel momento sólo se tomaban en serio el petróleo, la guerra política, las estructuras de poder y los canales de televisión federales por los que llegaba la información a todo el país. Pero de ningún modo la literatura.

La literatura en Rusia, por causas históricas, asumió hace tiempo unas funciones que no le eran propias: la filosofía, la libertad de prensa, la política e incluso la religión. Y he aquí que ahora finalmente, cada uno podía comenzar a dedicarse a sus asuntos. Teníamos libertad de prensa, libertad política y libertad de culto. Se habían abierto las iglesias, existían partidos políticos y un parlamento, los periódicos escribían lo que querían. Y los escritores iban a comenzar a dedicarse a la literatura al margen del estado y de la sociedad.

Pero han pasado 15 años y el Estado se ha acordado de pronto de la existencia de la literatura, aunque no por iniciativa propia. Demasiadas veces han dicho ya en voz bien alta que el nivel cultural ha caído en picado, que el sistema educativo está colapsado y la literatura, la industria del cine y las bibliotecas están en crisis. Y los medios del mercado son insuficientes para mejorar esta situación, es necesaria la intervención del gobierno.

A esto se le añade un factor más: el drástico aumento de la actividad política de la oposición a finales de los años 2000. Por Moscú y San Petersburgo pasó una ola de omnipotentes manifestaciones en las que los escritores participaron activamente. Esto fue algo importante también. Y he aquí que el Estado volvió su cabeza hacia ese lado y vio que sí, que la literatura existía y que tenía una gran importancia social.

Entonces se comenzó a tratar el tema de la regulación financiera de este sector. De dar dinero a algunos y a otros no darles en absoluto. Y de pronto surgió la cuestión: ¿no limitará esto la libertad del escritor, su derecho a expresarse de manera independiente?

Corrieron rumores acerca de que se les diría a los escritores sobre qué escribir y sobre qué no. Exactamente igual que en la Unión Soviética. Aunque en la Unión Soviética había una ideología estatal que en la Rusia moderna no existe, excepto por un patriotismo abstracto y un pequeño deseo de criticar al poder aunque no demasiado, y si se critica, de ningún modo al jefe del Estado. El Estado todavía no ha diseñado una ideología compacta que poder imponer a la comunidad literaria y dar instrucciones sobre su aplicación. Así que en este sentido por ahora no existe ningún peligro.

Una amalgama ideológica

Paradójicamente, en la propia literatura rusa contemporánea tampoco existe una ideología política concreta. Hay muy pocas obras de las que se pueda decir que son novelas políticas. Por lo general, los escritores políticamente activos entienden esta actividad como algo paralelo a la literatura: una cosa son mis novelas y otra mi actividad política.

No existe ideología política, pero sin duda sí que existe una visión del mundo. Así son las cosas en Rusia: la literatura como forma artística aislada de la sociedad aquí no puede existir. Se sigue la tradición de Tolstói o Dostoievski. Al lector ruso todo aquello que no incluya pensamientos existenciales y filosóficos no le acaba de interesar. Lo que es puramente estético, el llamado arte por el arte, tiene un público muy escaso en Rusia. Pero cuando en un texto aparecen pensamientos ideológicos, opiniones sociales, empieza a provocar interés en el lector, incluso independientemente de la calidad artística de la obra.

Por ejemplo, la novela sensacionalista de Zajar Prilepin Sanka no es, por decirlo suavemente, una joya literaria precisamente. Pero, sin embargo, habla de jóvenes revolucionarios. Las novelas de Alexánder Térejov son largas, aburridas, aunque la última, Alemanes, habla sobre los funcionarios rusos, un tema de gran actualidad. Las enormes epopeyas de Maxim Kántor son agresivamente antiliberales. Y, a decir verdad, en ellas no hay nada más que eso. Los personajes y el argumento están diseñados en un primitivo nivel escolar. Pero a Kántor se le lee, ya que las opiniones que expresa en sus novelas interesan.

Tomemos a Borís Akunin, un escritor muy politizado, autor de la saga histórica sobre el detective Erast Fandorin. En estas novelas todo sucede en el siglo XIX, en la antigua Rusia zarista. Son historias de detectives, pero dan una imagen de cómo debe comportarse un hombre honrado en relación con el Estado, qué debe permitir y qué no debe permitir. Es precisamente esto lo que atrae de los textos de Akunin.

Yo no creo que todas estas novelas sean tan geniales desde el punto de vista del estilo y la composición argumental. Pero se trata de textos ideológicos en primer lugar, y es precisamente por ello que se leen.

El autor es crítico literario, redactor jefe de la revista Novy Mir.