El destino ruso de Immanuel Kant

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Dibujado por Natalia Mijáilenko

El gran filósofo alemán Immanuel Kant, fundador del idealismo clásico, vivió en Königsberg, en Prusia Oriental. Ahora esta ciudad se llama Kaliningrado y se encuentra en territorio ruso. Así que Kant tiene algo de filósofo ruso.

Cuando, a mediados del siglo XVIII, el este de Prusia se convirtió en parte del Imperio ruso, Kant escribió una carta solicitando la vacante de jefe de cátedra del departamento de metafísica en la universidad local. Pero le fue negada, alegando que el filósofo tenía poca experiencia. Sus trabajos eran leídos en toda Europa, pero se le reprochó su ¡poca experiencia!

Kant continuó escribiendo solicitudes y finalmente consiguió un puesto en la universidad como lector de Geografía Física. Pero tan fuerte era en Filosofía, como débil en Geografía. Su geografía no era física, sino más bien metafísica. Kant, por ejemplo, aseguró a sus alumnos que en Rusia se encontraba el esturión, un pez que para hundirse hasta el fondo tragaba piedras, así conseguía mayor peso. Y que, cerca de Orenburg, vivían unos hombrecillos con pequeñas colas.

En el pueblo, sus vecinos le amaban a pesar de sus excentricidades. Este amor, sin embargo, no duró mucho. A los seis meses de su muerte, la casa de Kant ya era una cafetería, y luego fue demolida por completo, para construir en su lugar un taller de sombreros.

Aquí termina la historia física de Kant y comienza la metafísica. Sin saberlo, el filósofo entró en una disputa con el entonces todavía no nato Lenin. Este último aseguraba que todo cocinero podía gobernar un Estado. Kant preguntó: "¿Y qué hombre de Estado puede comprender el verdadero arte de la cocina?"

Años más tarde llegó la novela de la famosa Bulgákov, Maestro y Margarita. La historia comienza con una escena en los Estanques del Patriarca. Vóland (alias Satanás), que se encuentra en Moscú de visita, comenta con humor que ha desayunado con Kant y éste le ha dado cinco pruebas de la existencia de Dios.

A Vóland le responden, muy en el espíritu de la propaganda postrevolucionaria antirreligiosa, que su Kant, para decir sí, dice Solovkí. Es decir, castigo. En la década de 1920, Solovkí fue uno de los campos de trabajo más brutales.

A partir de este capítulo fantástico, miles de lectores rusos supieron por primera vez de la existencia de Kant. Pero lo más fabuloso es que casi se hizo realidad literalmente. Un descendiente de Kant, Vladímir Fidler, después de la revolución se convirtió en ingeniero involucrado en el diseño de fábricas en Siberia, y después en los Urales. Esos lugares donde, según las ideas de Kant, vivían personas con colas.

Su destino fue trágico. En 1932, Fiedler murió en circunstancias misteriosas. Existe una versión de asesinato. Póstumamente fue declarado espía británico y enemigo del pueblo. Ese era, en realidad, el castigo. A Solovkí, cierto, no logró llegar. Aunque dicen también que el descendiente del filósofo era un hombre de fe.

Pero la historia rusa de Kant no acaba aquí tampoco.

En septiembre del año pasado, lejos de Königsberg, en Rostov del Don, en el sur de Rusia, se produjo un trágico incidente. Un hombre llegaba a casa tarde por la noche y decidió comprar cerveza.

Se detuvo en el stand de cerveza y conversó con un hombre joven. Comenzaron a discutir acerca de la filosofía de Kant. Decidieron averiguar cuál de ellos había entendido correctamente sus teorías metafísicas. La disputa se convirtió en una pelea. El joven sacó su arma y disparó varias veces a su interlocutor.

En Rusia, no sólo aman a Kant, sino que bajo ciertas circunstancias, pueden hasta disparar por él.

Y, en relación con este caso, cabe hacer una observación póstuma del propio Kant quien, en contra de las tradiciones nacionales de Alemania, no podía soportar la cerveza. "La cerveza - decía el filósofo – es de mal gusto".

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