Año 1914: punto de no retorno

La situación parecía estable en enero, pero tras el comienzo de los disturbios en julio se desató una espiral de violencia de catastróficas consecuencias. Fuente: Getty Images / Fotobank

La situación parecía estable en enero, pero tras el comienzo de los disturbios en julio se desató una espiral de violencia de catastróficas consecuencias. Fuente: Getty Images / Fotobank

Este año se recuerda el primer centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial. ¿Cómo era la vida en el Imperio ruso antes del comienzo de este conflicto bélico?

En 1914 la situación política en Rusia parecía tranquila y estable. La economía crecía a un ritmo sin precedentes de un 10-20 %, esto es, mucho más que la velocidad supersónica de China durante la pasada década. Maurice Baring, un periodista británico, escribió que Rusia estaba pasando por un periodo de prosperidad nunca visto, y que nunca había habido una época en la que la gran mayoría de la gente tuviese menos razones para quejarse de su situación.

Sin embargo, existía un estricto sistema de clases en el Imperio ruso, que restringía severamente la movilidad social. Los trabajadores estaban confinados en su ghetto social, sin ninguna perspectiva real de escapar. El proletariado se sentía oprimido. Los granjeros ansiaban la propiedad de la tierra que habían trabajado durante siglos, pero que siempre había pertenecido a un puñado de ricos propietarios. La gente parecía estar dispuesta a rebelarse a la mínima provocación.

Según el diario del emperador ruso, el año 1914 empezó igual que cualquier otro, sin ninguna premonición del desastre inminente. Nicolás II escribió que tuvo muchas “felices oportunidades” de ver a Grigori Rasputin. El día del cumpleaños del Káiser Guillermo, el emperador ruso desayunó con el embajador alemán.

Nicolás II recibió el Año Nuevo en la residencia imperial antes de dirigirse a Crimea. “Hemos pasado revista a grandes rebaños de ganado, vacas y caballos”, escribía el emperador. “También hemos visto uros y bisontes, y cebras. La cabeza me da vueltas de tantas impresiones y de la inmensa variedad de animales”. Después de Crimea, la familia real rusa visitó Rumanía antes de volver a Peterhof y navegar hacia Finlandia en el yate real.

En invierno, él y el príncipe heredero construyeron una torre de nieve en el estanque helado de la residencia imperial. En verano, habían bañado un elefante en ese mismo estanque. Sus otros entretenimientos incluían los paseos en canoa, la natación y el tenis. El emperador registraba con diligencia los resultados de la caza real: “Faisanes: 33; perdices: 22; conejos: 56 en total”. Tras la puesta del sol, la familia real solía ver “divertidas e interesantes películas cinematográficas”.

Las peleas de gallos hacían furor entre la clase comercial de San Petersburgo en aquel entonces. “Los gallos se ponen en guardia y se arrojan uno contra otro, picándose con furia y golpeándose con sus patas y alas, hasta que uno cae a tierra, completamente ensangrentado, o se rinde con una vergonzosa retirada”.

En los 200 años que pasaron desde que Pedro el Grande ascendió al trono de Rusia, un país que no tenía ni pintores ni literatura, ni teatro ni música sinfónica, y desde luego, tampoco ballet, redujo la distancia que lo separaba de Europa y llegó a convertirse en uno de los motores culturales del continente. Durante el reinado de Alejandro II, Occidente reconoció la música y la prosa rusas. Stanislavski era la envidia de cualquier teatro occidental. Diaghilev le dio al mundo el ballet ruso. En 1914 Rusia alcanzó su zenit. Sus artistas y poetas tenían fama mundial.

El país tenía incluso su propio equivalente de Pussy Riot en aquel tiempo. Muchas lecturas públicas de poesía terminaban en escándalo. “¿Y qué si yo, un bárbaro inculto, me niego a hacer entretenidas payasadas ante vosotros esta noche? ¿Qué pasa si me echo a reír y os escupo en la cara? Soy un derrochador de palabras preciosas”, escribía el poeta Maiakovski.

Después de 1917, muchos comenzaron a buscar (y a encontrar) presagios de la posterior catástrofe en la aparentemente pacífica primera mitad de 1914. Para muchos era obvio que las tranquilas y ordenadas calles de San Petersburgo en julio de 1914 eran como la fina corteza que recubre una masa de lava ardiente.

Piotr Durnov, el sagaz exministro del Interior del Zar, dio este aviso a Nicolás II: “El campesino sueña con apropiarse gratis de la tierra ajena. El trabajador quiere hacerse con la fábrica al completo, con su capital y sus beneficios. No tienen otros sueños aparte de estas metas. Si dejamos que estos eslóganes ganen popularidad entre las masas, si el Gobierno permite que los fanáticos agiten con impunidad, Rusia se hundirá en la anarquía”.

El 7 de julio, 10.000 trabajadores de San Petersburgo se pusieron en huelga. Para el 10 de julio, ese número alcanzó los 135.000. Pronto los trabajadores de Bakú se unieron a la protesta. La principal exigencia de los manifestantes era la abolición de la monarquía; la huelga pronto degeneró en protestas violentas.

Los alborotadores (descritos por Lenin como 'jóvenes trabajadores') detenían todos los tranvías de San Petersburgo. Un conductor fue apedreado hasta la muerte. Unos 200 de los 600 tranvías de la ciudad sufrieron daños. Se trataba del único medio de transporte en San Petersburgo suficientemente barato incluso para la clase trabajadora. Las fábricas y plantas de producción de la ciudad se pararon; sin tranvías, simplemente no había modo de que los trabajadores llegasen a trabajar.

Nadie tenía miedo ya de la policía; a menudo había reyertas entre la policía y los manifestantes. La huelga terminó solo cuando empezó la I Guerra Mundial.

Algunos historiadores creen que si la Duma hubiese apoyado la huelga, las transformaciones políticas en Rusia no habrían sido tan sangrientas y catastróficas como resultaron ser en 1917. Algunos argumentan incluso que Rusia no habría entrado en la I Guerra Mundial.

El 25 de julio, Nicolás II escribió en su diario: “El jueves por la tarde Austria le dio un ultimátum a Serbia: le imponía varias exigencias, incluyendo ocho que son inaceptables para cualquier estado independiente. El plazo para que Serbia las cumpliese expiraba hoy a las 18:00. Todo el mundo habla sobre qué sucederá ahora”.

El emperador dudó durante un tiempo, pero después tomó una decisión fatídica. Como aliado de Serbia desde antiguo, Rusia le dio ella misma un ultimátum a Austria. Berlín se alineó con Viena. Una semana más tarde, Alemania le declaró la guerra a Rusia: en diez días, el conflicto se había convertido en una guerra mundial.

Artículo publicado originalmente en ruso en Ogoniok-Kommersant.