La historia de los abrigos de piel rusos

Para los rusos el verdadero invierno viene acompañado de un frío que ronda los 15 o 20 grados bajo cero, sol, nieve crujiente bajo los pies, narices enrojecidas, escarcha en el pelo y, cómo no, el abrigo de piel, el remedio más infalible contra el frío intenso. Aún no ha inventado nada mejor para el frío.

Hace tiempo que los abrigos de pieles dejaron de ser solamente una fuente de calor para convertirse en un fenómeno cultural en toda regla, con sus matices estilísticos y sociales, además de una larga historia.

En la antigua Rus, las prendas superiores de piel eran uno de los componentes indispensables del fondo de armario. 

La vestimenta más extendida era el kozhuj: un abrigo largo hasta los talones fabricado con unas nueve piezas de piel de oveja curtida y con un cuello vuelto que se levantaba para retener el calor.

También eran habituales las prendas conocidas como dojá: un abrigo confeccionado con piel de potro o ternera y con pelo por fuera. Y también estaba el tulup: un abrigo amplio y largo de piel vuelta, hecho con piel de conejo o de oveja, y con un cuello ancho de pelo.

El precio de la piel siempre ha sido alto (a menudo se utilizaba como moneda de cambio en el pago de mercancías valiosas), por esa razón, en las familias más pobres, era corriente tener un tulup para todos sus miembros, el cual además se dejaba en herencia.

 

Fuente: Ria Novosti

En la Edad Media, las familias acomodadas gozaban de una situación bastante más favorable. Los abrigos de piel de los príncipes y boyardos, que conformaban por aquel entonces la élite de la sociedad, eran unas piezas sin botones que se ensanchaban en la parte inferior, con unas mangas largas y anchas y cuello vuelto. Estaba de moda cubrir estos artículos con telas caras como brocados, raso y terciopelo, que se sujetaban al abrigo con un cordón. Los ricos se podían permitir gran cantidad de lujosos abrigos de piel de zorro, de zorro polar o de marta cibelina, e incluso a veces se colocaban varias piezas a la vez.

Entre los siglos XV y XVII, los abrigos de piel se cosían con oro, se adornaban con piedras preciosas y se sacaban ‘a pasear’ incluso en verano, con el fin de demostrar el estatus. En el interior de las casas, también era frecuente ver a los anfitriones recibir a los invitados con el abrigo puesto, siempre con el mismo objetivo. 

 Fuente: Ria Novosti

Los miembros de la realeza, por su parte, debían disponer de una gran cantidad de piezas, una para cada ocasión: el ascenso al trono, las salidas de caza, las recepciones y los banquetes. Así, el zar siempre llevaba encima un artículo de piel, bordado con piedras preciosas, adecuado para la ocasión. 

La confección de los abrigos de pieles cambiaba acorde con el país. El reformista Pedro I, un gran detractor de los excesos, los despojó de sus exageradas mangas largas y del dobladillo. 

Aun así, con la llegada del invierno, incluso los amantes empedernidos de la moda se cubrían con este socorrido artículo del armario. Adquirieron popularidad los abrigos de solapas cruzadas con espalda y faldón rectos, manga larga recta y cuello vuelto. En el siglo XIX se empezaron a utilizar los abrigos entallados. Dejando de lado el corte de los abrigos, estos se cerraban de derecha a izquierda y se sujetaban con broches o botones.

En cuanto a la medida, podía variar, los había desde muy largos hasta relativamente cortos; de hecho, los de mujer solían ser más cortos. La diferencia entre los abrigos de hombre y mujer prácticamente solo residía en las medidas.

Los historiadores aseguran que, en el último cuarto del siglo XIX y principios del XX, el acercamiento a la civilización occidental culturizó al abrigo de piel típicamente ruso, que ganó elegancia.

 

Fuente: AP

Durante el periodo soviético, el interés por la peletería no disminuyó dentro de Rusia; por el contrario, se pusieron en marcha granjas para la cría de animales y se crearon empresas especializadas en la cría en cautividad de animales de peletería. Pero la confección individual fue reemplazada por las fábricas de pieles, que sacaban a la venta un número limitado de modelos. Uno de los mayores fabricantes de pieles se encontraba en la ciudad de Chitá y se encargaba, principalmente, de cubrir las necesidades del ejército, suministrando pellizas de piel de oveja, gorros y manoplas a los miles de soldados del ejército soviético. 

 Vera BrézhnevaFuente: ITAR-TASS

Durante la guerra, entre 1941 y 1945, el personal de la fábrica trabajó sin descanso, abriendo noches y fines de semanas. El trabajo bullía a lo largo de dos turnos de 12 horas cada uno, y solo los domingos los turnos se reducían a 8 horas. El tulup ruso contribuyó a la victoria tanto como la tecnología militar. 

Su calidad era excelente. Hoy en día incluso algunos modelos de los años 70 siguen sirviendo a sus propietarios, y con la edad solo han ganado en estilo. Aunque lo cierto es que los propios habitantes de Chitá, como el resto de los ciudadanos del país, tenían dificultades para adquirirlos. Solo las mujeres de los dignatarios y políticos se podían permitir un elegante, moderno y caro abrigo de astracán. 

Tras la caída de la URSS, el abrigo de pieles volvió a ponerse de moda como una forma de demostrar el estatus o un símbolo de la redescubierta burguesía, o bien como una forma de destacar la feminidad.

La economía de mercado favoreció el auge de la confección de abrigos de piel rusos. Ahora existen varias fábricas en el país dotadas de la última tecnología y con varias series de modelos.

Los expertos coinciden en que Rusia es hoy el principal referente en la moda de la piel. La versión evolucionada de la tradicional zamarra de conejo calienta ahora mucho más allá de las fronteras rusas.

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