La voz más poética de Kirguistán aún resuena

Chinguiz Aitmátov hubiera celebrado este mes su 85º aniversario. Es una buena excusa para recordar al kirguís más célebre de la historia, de quien el poeta francés Louis Aragon dijo, ni más ni menos, que había escrito la “historia de amor más bella del mundo”.

 

Fuente: ITAR-TASS

No es de extrañar que sus compatriotas se sientan orgullosos de un escritor que ha vendido más de 40 millones de ejemplares de sus obras; cuyos libros se han traducido a 150 idiomas; que ha sido galardonado repetidamente y que, con sus relatos, ha llevado a su país y su gente a todos los rincones del mundo. Incluso fue propuesto por Turquía para el Premio Nobel de Literatura. Por eso, la comunidad kirguís de Barcelona le rindió un sentido homenaje recientemente en Casa Asia.

“La responsabilidad de un escritor es producir palabras que capturan, a través de una experiencia personal dolorosa, del sufrimiento de las personas, del dolor, la fe y la esperanza. Esto se debe a que a un escritor le corresponde la misión de la palabra en nombre de los demás seres humanos. Todo lo que sucede en el mundo me está pasando a mí, personalmente”. 

Así se expresaba Aitmátov al referirse al oficio de escritor. Y ciertamente todos estos sentimientos y vivencias están muy presentes en su obra, como también los binomios tradición y  modernidad; leyenda y realismo (socialista); hombre y naturaleza –una naturaleza habitada por “nuestros hermanos pequeños, los animales, a los que estamos estrechamente ligados”-; lengua rusa y kirguís. 

"Para él, todos aquellos vuelos cósmicos que interesaban tanto a todo el mundo eran algo muy lejano, casi mágico, al margen de sus ocupaciones. Por ello, también su actitud hacia todo aquello estaba entre el respeto y la inquietud, como ante la aparición de una fuerte voluntad impersonal, de la cual, en el mejor de los casos, solo tenía derecho a tomar nota. Y sin embargo el espectáculo de la nave que partía hacia el cosmos le había impresionado y cautivado." 

El fragmento corresponde a Un día más largo que un siglo y es toda a una metáfora sobre la convivencia entre la mitología y la ciencia. Una curiosidad de este libro es que en él se acuña el término “mankurt”, en referencia a una persona a la que se le ha borrado la memoria y se ha convertido en un ser nuevo y sin emociones. El término dio un salto a la lengua rusa convertido en persona de Asia Central que opta por convertirse en un “hombre soviético”. 

Pero la primera obra con la que Aitmátov se gana el reconocimiento es, sin duda, Dzamilia. Esta breve novela relata el amor entre dos jóvenes, una relación que les enfrenta a la tradición, pues la mujer, Dzamilia está casada y tiene a su marido luchando en la Segunda Guerra Mundial, es decir, está defendiendo la patria. Sin embargo, el autor dirá que “cuando la gente ama es cuando se convierten realmente en héroes”. 

El papel de la mujer en la sociedad kirguís, de estructura matriarcal, la defensa de sus derechos, es una constante en la obra de Chinguiz Aitmátov, como también la necesidad y el derecho a la educación. Así se refleja en otra de sus grandes obras, El primer maestro. La novela relata el regreso de un soldado del Ejército Rojo a su pueblo de Kirguistán tras la guerra civil. Decide hacerse maestro para enseñar a leer y a escribir a los niños, pero en esta tarea tendrá que enfrentarse al oscurantismo aldeano. 

De enemigo del pueblo a representante del mismo

 En su infancia y juventud, el autor kirguís tuvo que enfrentarse al estigma de ser hijo de un enemigo del pueblo, pues su padre fue ejecutado por ser un “nacionalista burgués” cuando él solo tenía nueve años. Y sin embargo, el compromiso de Aitmátov con su patria chica, Kirguistán, y con la Unión Soviética es incuestionable. 

Luchó en la Segunda Guerra Mundial y, tras su regreso y solo después de la muerte de Stalin, pudo iniciar sus estudios de literatura en Moscú. Tenía 27 años. Sus primeros relatos los escribe en kirguís y, de hecho, será uno de los principales responsables de que su lengua consiga la oficialidad y dignidad merecidos. Eso sí, siempre combinará el uso del kirguís con el ruso, ya que la consideraba su segunda lengua. 

De su compromiso político, cabe destacar que fue asesor de Mijaíl Gorbachov durante la Perestroika y será el artífice del Foro Issyk-Kul, donde puso en contacto a intelectuales del bloque soviético y occidental para debatir sobre los retos del momento. 

Después de la desintegración de la URSS, ejerció varios cargos para el gobierno del nuevo estado kirguís, entre ellos, el de embajador para la Unión Europea, la OTAN y la UNESCO, así como en Francia, Bélgica y Luxemburgo. También llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores. 

Del papel a la gran pantalla 

“Chinguiz Aitmátov tenía un gran interés en desarrollar la cinematografía en Kirguistán”, señala Samagán Ibraev, de la asociación Kerbén, que agrupa a la comunidad kirguís residente en el área de Barcelona. No solo tuvo interés, sino que fue uno de los principales artífices de los estudios cinematográficos en la antigua República de Kirguisia.

No es de extrañar, pues, que 15 de sus novelas hayan sido llevadas a la gran pantalla. La primera de ellas, en 1961, fue El paso, basada en la obra Mi pequeño álamo. Muchas fueron premiadas en festivales internacionales y una de las razones del éxito fue, precisamente, que Aitmátov participaba en ellas como guionista. 

Además, la arrebatadora historia de amor de Dzamilia transcendió la industria kirguís y soviética y se hicieron dos versiones occidentales. Además, está ahora en preparación la que sería la cuarta versión, esta vez en Gran Bretaña. Seguramente tendrá que ver el hecho de que el mes de agosto pasado la novela homónima fue la más vendida en aquel país. Y es que las buenas historias de amor no conocen fronteras espaciales ni temporales.