Las peripecias del cine ruso en España

Don Quijote de Grigori Kózintsev. Fuente: Kinopoisk.ru

Don Quijote de Grigori Kózintsev. Fuente: Kinopoisk.ru

El cine ruso en España ha tenido un recorrido accidentado del que no salió hasta la democracia.

Tras el primer pase de El Acorazado Potemkin en Madrid, organizado en 1931 por Buñuel como director del Cineclub Español, un público enardecido por el arte y la ideología improvisa una sonada marcha que exige a gritos revolución a la rusa. El susto gubernamental se confirma en 1933, cuando prohíben su proyección en los círculos sindicalistas de Sevilla. La anécdota refleja cómo en la época republicana la relación con el cine soviético bascula entre el recelo partidista y la influencia en la élite intelectual. Distribuidoras como Filmófono o Cinaes proyectan en petit comité a los grandes: Eisenstein, Vertov, Pudovkin, Dov­zhenko. A pesar del celo rojo —incluso se plantean fundar una escuela de cine social con el premio de una estancia en la URSS para el alumno sobresaliente—, se impone la sala oscura como escape de la oscura realidad.

Finalizada la guerra, Franco declara proscrito a todo cineasta ruso. Hasta que en 1965 Fraga y su apertura dejan resquicio a algunos títulos. Lo caza al vuelo Cesáreo González, un amigo del dictador convencido de que el negocio no acata ideologías. Ya en los 50 patrocinó el viaje de Lola Flores a Moscú y de su mano se estrena el mítico Quijote de Kozintsev. Las autoridades franquistas lo consideraron “la más fiel adaptación al espíritu cervantino”. Dictadura en España, dictadura en Rusia, ¿otro lazo en la supuesta sintonía de almas nacionales? El caso es que cierta apertura también se vive allá y el cine deja de someterse por completo al dirigismo político. Cesáreo importa superproducciones como la tetralogía de Guerra y paz, El planeta de las tormentas, Tchaikovski… Y en los 70 nace Alta Films, fundada por un moscovita hijo de exiliados, Juan Manuel López Iglesias, y su mujer, la actriz Yelena Samarina. Con la Transición nace una afición cinéfila contenida por décadas. Julio Diamante, director del Festival de Benalmádena, no ocultaba su pecho comunista. Entre el 72 y el 77 organiza cinco ciclos, desde Tarkovski a clásicos y títulos del deshielo o los censurados por ambas estepas. En los 80, tiempo del PSOE y la glásnost, proliferan las retrospectivas. Por terminar con el ejemplo inicial, El acorazado Potemkin convocó entre 1977 y 1988 a casi 2.300.000 espectadores. El ideal del séptimo arte: cine de autor para las masas.