Moda soviética de los años 60: el comienzo de una nueva época

Con la llegada del “deshielo” a las relaciones con Occidente, la Unión Soviética empezó a asistir a cierto progreso social. La gente no quería limitarse a que su vida cotidiana estuviese marcada por el ascetismo y a llevar ropa triste. En los mostradores de las tiendas aparecieron artículos de importación y en los talleres de las modistas se amontonaban revistas de moda extranjeras con patrones.

 

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Cuando en 1959 llegó por primera vez a la Unión Soviética una colección de Christian Dior, dieron la vuelta al mundo unas fotografías en que se veía a modelos francesas de lo más elegantes ataviadas “de Dior” abriéndose paso por los almacenes GUM en medio de una muchedumbre que se agolpaba para mirarlas. En su país estas damas esbeltas tocadas con sombreros no habrían sorprendido a nadie, pero en Rusia… 

A principios de la década de 1960, la Unión Soviética se encontraba detrás del telón de acero y se nutría exclusivamente del producto nacional. La moda extranjera no entraba en el país y las jubiladas templadas en la revolución creían fervorosamente que preocuparse por el aspecto no era más que una reminiscencia del capitalismo. Llevaban vestidos de corte sencillo y recto, pañuelos atados a la manera campesina, bajo la barbilla, y medias de lana o de algodón, dependiendo de la estación, confeccionadas sin nada de elastina, por lo que formaban unos feos pliegues en los tobillos y en las rodillas.

Modelos de Dior en Moscú en el año 1963. Fuente: Getty Images / Fotobank

A las mujeres trabajadoras les gustaba llevar los zapatos abiertos con calcetines de algodón para que no les hicieran roces en los pies. Los hombres, especialmente los entrados en años, vestían trajes grises o de color marrón oscuro, de corte suelto, y camisas o polos, a los que llamaban cariñosamente ‘bóbochki’.

Todas estas prendas, por supuesto, se lavaban y planchaban, pues incluso bajo el influjo de la ideología la gente conservaba el respeto hacia su persona y una pulcritud natural. En cubos o en cacerolas, directamente sobre el hornillo de la cocina, las amas de casa hervían las camisas blancas, la ropa de cama y textiles para el hogar, los sacaban con unas pinzas de madera especiales y algunos incluso almidonaban las prendas hasta que hacían su característico crujido.

Como en todas las reglas, también había excepciones. Mi bisabuela, que entonces tenía algo más de cuarenta años, se confeccionaba vestidos elegantes de colores vivos guiándose por las revistas de moda.

 

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Las telas, a decir verdad, las “conseguía” gracias a sus contactos y ahorraba hasta el último centímetro. Además, en un taller privado le habían cosido un juego de sombrero y bufanda de piel. Es una lástima que no se hayan conservado… Hoy en día serían muy actuales.

Con la llegada del deshielo a las relaciones con Occidente, la conquista del cosmos (el primer vuelo del hombre al espacio en 1961) y la pasión generalizada por los avances de la ciencia y la tecnología, la Unión Soviética empezó a asistir a cierto progreso social. La gente no quería limitarse a que su vida cotidiana estuviese marcada por el ascetismo y a llevar ropa triste. En los mostradores de las tiendas aparecieron artículos de importación y en los talleres de las modistas revistas se amontonaban revistas de moda extranjeras con patrones.

 

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Por supuesto, la mayor parte del ropero femenino estaba integrado por modelos producidos en masa. La gente bromeaba: “En la Unión Soviética no hay moda, sino industria ligera”. En realidad, todos los productos que acababan en los mostradores de los almacenes se diseñaban en Casas de Moda estatales, pasaban una estricta selección conforme a las ideas del comunismo y se confeccionaban en partidas enormes en fábricas de todo el país.

Es de justicia afirmar que la calidad de muchas de estas prendas era excelente, se llevaban durante años y a menudo las heredaban las generaciones que venían detrás. Pero, en definitiva, en los mostradores se encontraba un surtido muy modesto: un par de modelos de vestidos veraniegos, otro par de invierno, unas botas de fieltro y otro par de botas normales.

Para alegría de las mujeres soviéticas, de los países de la órbita socialista se empezó a importar artículos de piel, prendas de punto y cosméticos. Lo más cotizado eran los trajes italianos y franceses, que costaban un dineral y se vendían únicamente si tirabas de los hilos adecuados, mediante contactos, como en las películas de espionaje.

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Entonces en la Unión Soviética por la venta clandestina de mercancías de importación (fartsovka) podían condenar a  penas de prisión y confiscaban los bienes.

Además estaba prohibida la divisa extranjera. Los especuladores encontraban diversos modos de obtener los anhelados enseres personales occidentales gracias a los extranjeros que entraban en el país: algunos los intercambiaban por suvenires soviéticos, otros por entradas para el teatro, otros los recibían “en señal de una eterna amistad” después de haber compartido un coñac armenio.

El deseo de estar atractivo se sobreponía al déficit. Además, en la televisión empezaban a emitir películas extranjeras y noticias internacionales. En 1957 se celebró el primer festival internacional de la juventud y de los estudiantes, que atrajo a Moscú a un gran número de extranjeros. También se autorizaron viajes al extranjero para deportistas y cineastas, que empezaron a traer ropa para familiares y amigos. Los jóvenes llevaban gabardinas a la moda, chaquetas anchas y gruesas con largas melenas cardadas.

Las estrellas del cine soviético de la década de 1960 se vestían a la última para mostrar al extranjero que en nuestro país la gente sabía vestirse de un modo actual y elegante. Y el cine mismo empezó a ser más libre. En las pantallas aparecieron actrices con el pelo despeinado a lo Brigitte Bardot y con vestidos sin mangas.

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La imagen de las chicas vestidas a la moda dejó de tener un cariz negativo, y Tatiana Dorónina, con su peinado firma de la casa, se convirtió en la estrella de la época. Inspirándose en el ejemplo de las actrices, un gran número de mujeres soviéticas empezó a llevar vestidos acampanados y medias con una raya detrás, a pintarse los ojos y hacerse peinados “babette”.

La asignatura pendiente pasó a ser la moda infantil. Todavía no era algo de lo que se preocuparan mucho los europeos. A los niños sólo se les podía vestir decentemente confeccionando algunas prendas de manera casera o consiguiendo como por obra de magia ropa de importación. Por lo general los niños que iban al jardín de infancia iban vestidos con medias de algodón atadas con corchetes a los pantalones cortos y camisas de percal.

Pero en todo esto también hubo momentos positivos. Muchos rusos aún recuerdan con ternura la lejana década de 1960. Hoy en todo el mundo, y no sólo los niños, se llevan los pantalones cortos, así como los vestidos “de abuela” de aquellos tiempos, que ahora se han convertido en prendas fetiche.