El delirio lúcido de Moscú a Petushkí

El escritor ruso Venedikt Eroféiev habría cumplido hoy 75 años. Con un único libro se convirtió en un clásico. Fuente: PhotoXPress

El escritor ruso Venedikt Eroféiev habría cumplido hoy 75 años. Con un único libro se convirtió en un clásico. Fuente: PhotoXPress

Hace 75 años nació en el Círculo Polar un enigmático escritor ruso: Venedikt Eroféiev, autor del poema en prosa “Moscú-Petushkí”. Muchos consideran que este libro es irrepetible: demasiado ruso, demasiado alcohol, demasiada búsqueda de Dios y citas de los clásicos nacionales. Es intraducible, aunque ha sido traducido a decenas de lenguas. Miles de personas en distintos países del mundo lo consideran un libro de referencia. Muchos dicen: “¡Yo soy como Venichka!”

El enigma de Eroféiev es imposible de comprender. Parece una historia tonta: un hombre borracho en 1969 se sube a un tren de cercanías para ir a visitar a un amigo. Por el camino sigue bebiendo. Delira, bromea y habla con los demás viajeros. Y después lo matan. Este es todo el argumento. 185 páginas en edición de bolsillo. Y, sin embargo, todo esto es suficiente para entrar en el olimpo literario. 

Tras terminar su obra maestra, Eroféiev vivió otros 30 años sin escribir prácticamente nada más. Murió en 1990 y con un libro le bastó para convertirse en clásico. Es cierto que su obra ha sido interpretada de muchas maneras. Para el hombre de la calle es un disparate sobre un alcohólico descarado. Para los marginados e inconformistas es una analogía con la marginalidad y el inconformismo. Para los críticos es el primer ejemplo de posmodernismo ruso. Para los creyentes es un importante libro religioso. Hay incluso quien ve en él una protesta contra el poder soviético: vale más dejarse arruinar por la bebida que vivir una farsa en la que no existe la libertad, esclavo de una ideología. 

Como pasa con los grandes libros, todos ellos tienen razón. 

Los personajes de Eroféiev beben mucho y muy a menudo, casi en cada página. Su cita más famosa es: “Y me lo bebí rápidamente”. Está claro que es un marginado y un escapista. Un hombre así no encaja en ninguna sociedad, ni en la comunista ni en la capitalista. 

También está presente la búsqueda de Dios. Venichka habla constantemente con los ángeles y Petushkí, una pequeña y miserable ciudad, para él es casi como la Ciudad de Dios. En las páginas del poema de Eroféiev lo divino comparte protagonismo con el alcohol. 

También hay posmodernismo. En el libro abundan citas que se entrelazan y se desdibujan. El autor mezcla fácilmente a los clásicos del marxismo con los clásicos de la literatura rusa y universal, confunde máximas de filósofos con banales citas y eslóganes soviéticos. 

Y aun así, este Venichka conmueve y enternece. En ningún caso es un luchador. No es un inconformista agresivo, no es un antisoviético. Su principal preocupación es el alma humana, sus sufrimientos, sus éxitos y fracasos, por encima de cualquier idea, de cualquier construcción social. De ahí que su discurso en ocasiones se reduzca a un delirio ebrio y en otros casos se eleve en una oración. 

En efecto, todo esto está lleno de elementos rusos. Aunque resulta que también existen muchas personas con el espíritu de Venichka en otros países. 

 

Los efluvios etílicos animan la cháchara profunda de confesionario, en la que Vienichka irá repartiendo verdades a diestro y siniestro, ganchos directos al estómago del Partido comunista, a los planes quinquenales, a la sociedad rusa y a sus nuevas generaciones, pero también al mundo capitalista, a la corrupción, al paro o a la pobreza (por desgracia siempre de actualidad).

Y en esas encolerizadas alucinaciones, el borracho se torna a los ojos del lector español en un ser entrañable, quien con idéntica lucidez y escasa suerte de un quijote, cree que solo el amor de una mujer puede salvarle de su desesperación.

 

Lea un fragmento del libro aquí.  

La versión en español se publicó en marbot ediciones en noviembre de 2010. La traducción corrió a cargo de Helena S. Kriúkova y Vicente Cazcarra. 

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