“Mis heroínas siempre fueron las bailarinas rusas”

Fuente: Servicio de prensa

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En sus dos últimas novelas, Julia Navarro ha viajado a Rusia. Con 'Dime quién soy' cambió las tramas centradas en la resolución de misterios de sus primeros títulos por sagas familiares, las vidas de cuyos personajes están imbricadas en los principales acontecimientos del pasado siglo europeo. Curtida en el periodismo y el análisis político, la escritora llevó al protagonista de 'Dime quién soy', el periodista madrileño Guillermo Albi, por los escenarios del Moscú de Stalin y la Guerra Fría.

En Dispara, yo ya estoy muerto, presentada hace un mes en San Petersburgo, amplía el arco geográfico y nos sitúa ante el conflicto israelí-palestino. En las casi mil páginas de la novela, conoceremos la historia de dos familias: los Zucker, forzados a emigrar del Imperio Ruso a finales del siglo XIX por su condición de judíos, y los Ziad, a quien los primeros compran sus terrenos en Tierra Santa, una transacción que se convierte en el germen de una amistad por encima de las diferencias religiosas y políticas. Una larga travesía desde la capital del Imperio Ruso hasta Jerusalén, con paradas en España, Francia y Polonia. 

La novela arranca en el San Petersburgo del siglo XIX, en la etapa final del zarismo. ¿Por qué eligió esta ciudad?

Al principio, pensé en la región de los Grandes Lagos, luego en Yugoslavia, pero me decanté por Oriente Próximo porque lo conozco mejor y, para eso, tenía que buscar las raíces del conflicto en Europa.

Julia Navarro (Madrid, 1953) ha dedicado la mayor parte de su carrera profesional al periodismo, colaborando con los principales medios de comunicación españoles. Actualmente es analista política de la Agencia OTR/Europa Press, donde firma la columna Escaño cero. Ha publicado varios títulos de política nacional sobre la transición y los presidentes españoles de la democracia. Pero, en 2004, sorprendió con su primera novela, La Hermandad de la Sábana Santa, que se convirtió rápidamente en un éxito de ventas. Sus títulos posteriores (La Biblia de barroLa sangre de los inocentes y Dime quién soy) siempre han gozado del mismo respaldo de lectores, que se cuentan por millones en más de 25 países. En Dispara, yo ya estoy muerto, la escritora investiga a lo largo de más de mil páginas las raíces del actual conflicto judío-palestino, en un viaje que va de los episodios antisemitas, tras el asesinato del zar Alejandro II, al Jerusalén contemporáneo.

Conozco, además, a gente que pertenece a la comunidad rusa en Israel, hijos o nietos de rusos emigrados. Siempre he querido escribir una novela donde apareciera San Petersburgo, porque tengo una fascinación especial por esa ciudad después de visitarla cuando era Leningrado.  

¿Su pasión por la danza también tiene algo que ver?

Cuando era pequeña y estudiaba danza, mis heroínas siempre fueron las bailarinas rusas. Cuando visité por primera vez San Petersburgo, la cuna del ballet, corrí a ver una función de danza clásica. Fue una de las experiencias más emocionantes de mi vida.  

Y esa fascinación se plasma incluso en la cubierta del libro, con una imagen de la Plaza del Palacio.

Mi apuesta siempre fue que apareciera San Petersburgo en la cubierta. Es que para mí es una novela muy rusa y bebe de los grandes novelistas eslavos, por su forma de contar los grandes acontecimientos a partir de las pequeñas historias. Esa influencia está presente en todo el libro, aunque la mayor parte de la historia transcurra en Oriente Próximo 

¿Cómo era el San Petersburgo que conoció antes de la caída del muro de Berlín?

Encontré una ciudad donde se respiraba tristeza, recelo y desconfianza. La gente estaba muy encerrada en sí misma. No he vuelto hasta este año, para la presentación del libro. La ciudad sigue igual de hermosa, pero el paisaje humano ha cambiado muchísimo. Me ha parecido estar una ciudad distinta a la que recordaba.  

Para entender mejor Europa, ¿deberíamos entender mejor Rusia?

En mi opinión, Rusia es Europa y no podemos entendernos como europeos sin conocer mejor todas las corrientes filosóficas y políticas que nacieron allí. No comprendo el empeño por convertir Rusia en una abstracción y verla como una cultura lejana. Intentar explicar Occidente sin Rusia y no querer reconocer su influencia es un ejercicio inútil. Lo mismo sucede con la literatura. No hubiera podido escribir esta novela sin tener en cuenta a Tolstói. He buscado que tuviera ese aliento decimonónico, con una gran galería de personajes y cierta dosis de costumbrismo para retratar toda una época. Pero creo que esas barreras invisibles están cayendo. Además, entre rusos y españoles siempre ha habido cierta simpatía y fascinación, no tenemos un historial de confrontaciones.

Al cubrir arcos históricos y geográficos tan extensos, ¿es fácil repartir las fuerzas entre el trabajo documental y el literario?

Intento hacer una investigación lo más completa posible, siempre consciente de que no estoy escribiendo un libro de historia. Busco el rigor y una buena contextualización, pero poniendo todo el peso en la construcción de los personajes. Como periodista, estoy acostumbrada a investigar y manejar datos. Una vez tengo clara la estructura, leo mucho ensayo para sacar esas pinceladas que me permiten pintar mi propio cuadro.

¿Le sirve su bagaje periodístico a la hora de escribir ficción?

Me planteo la escritura de ficción y el periodismo como dos géneros totalmente diferentes, que persiguen objetivos distintos, si bien hago el mismo esfuerzo de claridad, pues tengo un público muy heterogéneo. La novela invita a la reflexión como lo haría una crónica periodística, pero plantea los problemas y conflictos humanos a través de unos personajes inventados que el lector acaba percibiendo como reales.

Con este título no he querido hacer una novela política sobre árabes y judíos. Es una novela de personajes que se ven involucrados en un momento histórico y geográfico concreto. Me interesan las pequeñas historias que todos padecemos en nuestra vida cotidiana, cada cual diferente a su manera, y no tanto sobre la gran Historia.

Hace poco escribió un artículo en el que decía que Rusia había sabido jugar sus cartas en el conflicto de Siria.

Las políticas exteriores siempre defienden los intereses estratégicos nacionales y casi nunca piensan en los ciudadanos. En el caso de Siria, Putin ha sabido jugar mucho mejor sus cartas. Creo que ha calibrado mejor el sentir general, sobre todo después de la lección de Irak: sabemos cuándo empieza una guerra pero no cuándo ni cómo acaba. Y el sentir europeo, después de la Segunda Guerra Mundial, es más próximo a buscar siempre soluciones alternativas a la guerra. Para las Relaciones Internacionales funciona bien el símil del juego: a veces unos se apuntan un tanto y luego se lo apuntan otros. Siempre hay que recordar que la política exterior no es una película de buenos y malos.

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