De compras por la Rusia soviética

Dibujado por Niyaz Karim

Dibujado por Niyaz Karim

En las cajas de los supermercados de la Rusia actual, los compradores hacen cola con los carros rebosantes de artículos. En este sentido, la Rusia contemporánea a duras penas se diferencia de otros países. Pero en la época soviética la cola era un fenómeno particular y, para describirlo, hacían falta palabras especiales.

En las estanterías de las tiendas languidecían las mercancías invendibles, poco solicitadas o sin demanda (nejodovye). Si salía a la venta un artículo realmente necesario, detrás de él se formaba al instante una cola, que a veces duraba muchas horas. La situación se describía con ayuda de los verbos “dar” (davat) o “echar” (vybrásyvat) (la forma abreviada de la expresión de «poner a la venta», vybrosili v prodazhu): “¡En la panadería dan café!” o “¡En la universidad han echado pantalones tejanos!”.

Es popular la anécdota de que una mujer, al ver una cola, se acercó a quien ocupaba el puesto final y le preguntó: “¿Quién es el último?”, y al instante: “¿Qué dan?”. La anécdota no se aleja tanto de la realidad: los soviéticos, incluso si no iban de compras, llevaban encima, guardada en el bolsillo, una bolsa de redecilla por si acaso.

Para referirse a esta bolsa, ya en la década de 1930, el famoso satírico Arkadi Raykin acuñó con buen tino el término “avoska”, derivado de la vieja palabra rusa “avos”, que se podría traducir por “¿Y si de repente…?”. Además, el mismo hecho de que hubiera una cola significaba que “daban” algo realmente necesario y, si lo “daban”, había que conseguirlo.

Hacer cola de forma permanente no era obligatorio: el puesto en la cola se podía simplemente “pedir” (zaniat), lo que en español se traduce por “pedir la vez”.

La gente preguntaba: “¿Quién es el último?” y, cuando le respondían, decía: “Pues voy detrás de usted”. Después de eso, se consideraba plenamente aceptable ausentarse por un tiempo indefinido, conservando el derecho a su puesto en la cola. Y “el último” que quedaba en la cola debía advertir al siguiente que se le acercara que otras personas iban detrás de él.

Por ejemplo, “detrás de mí ha pedido (la vez) una mujer con blusa amarilla” y velaba por su derecho a ocupar su puesto en la cola, incluso si el ausente no aparecía hasta que se acercaba su turno.

Las mercancías, que no alcanzaban para todos, se llamaban “déficit”(defitsit). En las décadas de 1970 y 1980, los salarios no dejaban de crecer, los consumidores cada vez disponían de más recursos y todos los artículos se agotaban, tanto los más valiosos como los menos. En consecuencia, cada vez había más «déficit».

De esto se aprovechaban los trabajadores de los comercios, la mercancía deficitaria pasaba a venderse por la “puerta de atrás” (s chiornovo joda), “bajo mano” (nalevo). Los compradores, a su vez, entablaban relaciones personales con los vendedores para comprar sin pasar por el mostrador.

Esta acción, la de obtener algo que no estaba a la venta libre, se designaba con otro verbo: “sacar” (dostat). Por la oportunidad de “sacar” algo, normalmente se pagaba no sólo dinero, sino cualquier otra cosa que tuviera que ver con el servicio de “déficit”.

Este sistema de relaciones se encuentra descrito en el dicho popular “Tú a mí, yo a ti”. Como resultado, todos estaban interesados en el déficit.

Sin embargo, las tiendas tenían que destinar al menos una cuarta parte de las mercancías a la venta libre. Y, cuando se sabía que una tienda había recibido una partida de “déficit” (por ejemplo, pantalones tejanos) y que al día siguiente por la mañana se pondría a la venta ese “déficit”, la cola empezaba a formarse ya la tarde anterior: para que la gente no tuviera que hacer cola toda la noche se hacían “listas” (spiski). Todo aquel que lo deseara podía apuntarse en una cola, tras lo cual recibía un número de tanda que, para no olvidar, se escribía en la mano.

Hoy, en los tiempos de la sobreabundancia de artículos de consumo, el tipo tradicional de cola soviética, con sus “déficit” y sus “listas”, ha quedado desfasado; pero, aun así, algo de ello ha perdurado.

Así, en las policlínicas municipales, ante las consultas de los médicos, a menudo surgen conflictos respecto a cómo se deben formar las cosas: a veces, mediante lista (“por cita previa”, po zapiski); otras, por orden de llegada (“viva”, zhivaia).

Tampoco cesa la vieja discusión acerca de cómo hay que formular debidamente la pregunta: “¿Quién es el último?” (Para referirse al último, existen dos adjetivos: posledni y krayni). En la época soviética, sólo era normativa la primera palabra; la segunda se consideraba una muestra de provincianismo y de incultura.

Hoy, los partidarios de la segunda forma han pasado a la ofensiva, afirmando que la palabra “posledni” tiene un matiz despreciativo y que dirigirse así a una persona es humillante. Argumentos no les faltan: los pilotos, por ejemplo, nunca dicen “mi último vuelo” por una cuestión de superstición (para que el vuelo no se convierta realmente en el último). Con todo, aún hoy se utiliza más “posledni” para pedir la vez: Kto posledni? Ya za vami. (¿Quién es el último? Voy detrás de usted.)