Se cumplen 20 años de la matanza en la Casa Blanca de Moscú

Las consecuencias de aquella crisis siguen influyendo en la Rusia actual. Poco después se aprobó la nueva constitución. Fuente: ITAR-TASS

Las consecuencias de aquella crisis siguen influyendo en la Rusia actual. Poco después se aprobó la nueva constitución. Fuente: ITAR-TASS

Estos días Rusia conmemora el 20 aniversario de la crisis constitucional que culminó el 4 de octubre de 1993 con una matanza en el Parlamento. Desde entonces el país sigue acusando las consecuencias de aquellos hechos. La nueva Constitución que se aprobó en diciembre de 1993 otorgó al presidente prácticamente los mismos poderes de un zar, de los que Vladímir Putin se ha valido en más de una ocasión. La derrota de la oposición llevó a la arena política a nuevos líderes que desde entonces ocupan escaños en la Duma Estatal.

La crisis constitucional del otoño de 1993 se debió al sistema de gobierno del país. Según la constitución vigente en aquel momento, el órgano superior del poder estatal era el parlamento, el Congreso de los Diputados del Pueblo elegido en 1990. Sin el visto bueno del Parlamento, el presidente Borís Yeltsin, elegido en 1991, no podía designar al Primer Ministro ni disolver el Parlamento, si este se negaba a validar la candidatura presentada por el presidente. A raíz de eso, el primer jefe del gobierno de la Rusia postsoviética, Yegor Gaidar, bajo cuya dirección en 1992 se suprimió el control estatal de los precios, tampoco fue autorizado por el parlamento, y durante todo su mandato ejerció su cargo “en funciones”.

En diciembre de 1992 el Parlamento se negó a autorizar a Gaidar como jefe de gobierno, obligándole a presentar la dimisión. En aquel momento muchos rusos odiaban a Gaidar porque lo consideraban el culpable de la hiperinflación que había reducido los salarios reales y había devaluado sus ahorros.

De esta manera, el Parlamento reconducía hacia sí las simpatías de los ciudadanos. En marzo de 1993 los diputados trataron de anunciar la destitución del propio Borís Yeltsin, que en aquel momento había perdido popularidad. Pero no consiguieron reunir los dos tercios de votos a favor. También fracasó el referéndum celebrado en abril sobre la confianza en el Presidente y el Parlamento.

En otoño de 1993 el propio Yeltsin pasó al ataque, tras firmar el 20 de septiembre el decreto de disolución del parlamento. Al día siguiente los diputados anunciaron que el decreto presidencial era inconstitucional y cesaron al propio Yeltsin, que había designado como jefe de Estado al vicepresidente Alexander Rutskói. 

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Después de esto, en la Casa Blanca (sede del gobierno) de Moscú, donde se encontraba el parlamento, se cortó la electricidad y el suministro de agua, y colocó alrededor un cordón policial que no permitía la entrada a nadie, salvo a los periodistas, y que obligó a los diputados a dispersarse.

La confrontación se prolongó durante casi dos semanas hasta que la mañana del día 3 de octubre los partidarios del parlamento, después de celebrar una reunión, rompieron el cordón que rodeaba la Casa Blanca.

Alexander Rutskói ordenó a la multitud que asaltara la alcaldía de Moscú y la torre de televisión de Ostánkino. Pero los dos asaltos fueron rechazados y a la mañana siguiente las tropas fieles a Yeltsin, tras abrir fuego con sus blindados contra la Casa Blanca, entraron en Moscú.

Según distintos datos, la cantidad de muertos fue de 123 a 157 personas. Arrestaron al vicepresidente Rutskói y los titulares del parlamento, pero en febrero de 1994 fueron liberados por una amnistía declarada para reconciliar a los implicados en las confrontaciones políticas.

En diciembre de 1993 la nueva Constitución se aprobó en referéndum y se celebraron elecciones parlamentarias. La constitución amplió los poderes del presidente: a partir de entonces no se podía designar a ningún alto funcionario sin su conocimiento, y sus decretos pasaron a tener rango de ley. Según la nueva Constitución, el parlamento pasaba a tener dos cámaras: la Cámara Baja –la Duma Estatal–, elegida mediante el sistema de listas de partido y por circunscripciones, y la Cámara Alta –el Consejo de la Federación–, formada por los representantes regionales.

En octubre de 1993, además del Congreso de los Diputados del Pueblo y el Sóviet Supremo, que asumía los poderes del parlamento entre congresos, también se eliminaron el resto de consejos de todos los niveles, desde los regionales hasta los rurales.

En aquellas elecciones a la Duma Estatal de 1993 la formación que se posicionó como el restablecido Partido Comunista de la Unión Soviética –el Partido Comunista de la Federación Rusa–, encabezada por Guennadi Ziugánov, y el Partido Liberal-Demócrata de Vladímir Zhirinovski, fundado en 1992, consiguieron superar el umbral electoral del 5 %. Desde entonces han seguido teniendo representación en la Duma Estatal, aunque nunca han conseguido la mayoría.

Los acontecimientos de otoño de 1993 consolidaron la dominación del poder ejecutivo sobre el resto de órganos y negaron a Rusia la posibilidad de construir una república parlamentaria.

Uno de los artífices de la Constitución de 1993, el vicepresidente de la fundación Informática para la Democracia, Mijaíl Krasnov, dice que en aquel momento aquello estaba justificado: “El Parlamento no debía impedir que el presidente Yeltsin llevara a cabo las reformas”. Aunque ahora, según las declaraciones de Krasnov, es preciso modificar esta Constitución del 'periodo de transición'.

“El presidente puede seguir actuando como estabilizador, pero el gobierno debe emprender un rumbo aprobado por el parlamento, y rendir cuentas ante ese mismo parlamento”.

Para Rusia la república parlamentaria es algo no habitual; lo normal es una fuerte autoridad presidencial o monárquica, objeta el director del Centro Panruso de Estudios de Opinión Pública, Valeri Fiódorov: “La política rusa, por naturaleza, no es competitiva. En cuanto aparece la competencia, toma un carácter destructivo. Por esto tanto la élite como el pueblo, llegados a este punto, huyen de esta competencia y buscan al líder único que será capaz de unirlos a todos”.

Lee el testimonio de los periodistas que fueron testigos del evento en la segunda página

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La CNN, la CBC, la BBC y otros en el octubre sangriento de 1993

 

Fuente: ITAR-TASS

Grigori Nejoróshev, corresponsal de la BBC en Moscú (1988-1995), explica lo que sucedió en la Casa Blanca y la torre de televisión de Ostankino durante el golpe de 1993

A altas horas de la noche del 24 al 25 de septiembre de 1993, estaba arrimado a la pared, sentado en el suelo de un pasillo de la Casa Blanca, esperando el destino. En los dos extremos del pasillo, a cien pasos de mí, unos jóvenes de entre 25 y 30 años, armados con fusiles Kaláshnikov y vestidos de camuflaje, ocupaban improvisados puestos militares. Eran los Soldados de la Unidad Nacional Rusa de Alexander Barshakov (movimiento paramilitar ultranacionalista).

Me arrestaron hacia las dos de la madrugada, cuando me disponía a salir de la Casa Blanca en dirección a la redacción de la BBC para entregar un informe sobre el cuarto día de confrontación entre el Sóviet Supremo de la Rusia Soviética y el presidente Yeltsin. Entonces los teléfonos móviles aún eran una rareza, y habían cortado las líneas del Sóviet Supremo, así que cada dos o tres horas tenía que salir a la calle, a la cabina telefónica más próxima para transmitir un reportaje, o acercarme a la redacción si había que “adelantar” a Londres la grabación de una entrevista con algún que otro representante del Parlamento sublevado.

Los primeros cuatro días no hubo problemas. Pero la tarde del día 25, por los pasillos del Parlamento aparecieron un centenar de soldados armados de la Unidad Nacional Rusa y empezaron a disponer nuevas normas. “Ajá, corresponsal de la BBC –dijo uno de los soldados, mirando la acreditación que me había expedido el Ministerio de Exteriores–. Habrá que fusilarte. Eres un enemigo. Y además, peligroso”.

Nadie atendía a explicaciones. Me registraron, me tomaron la bolsa con la grabadora y los documentos y me ordenaron que me sentara contra la pared, a la vista de dos soldados. Estuve allí tres horas y media, bajo la tenue luz de una lámpara de emergencia. También habían cortado la electricidad. Cortaron incluso el suministro de agua, por eso los lavabos desprendían un penetrante olor a heces.

Hacia las cuatro de la madrugada el soldado regresó: “Rustkói ha ordenado soltarte por la mañana. Has tenido suerte, por ahora seguirás con vida”. Me llevó a una especie de despacho donde, entre papeles dispersos con los logotipos del Parlamento, otros dos soldados dormían sobre las mesas. No tenía sueño. Me preguntó por qué yo, siendo ruso, trabajaba para el enemigo, para los ingleses. “Los norteamericanos y los ingleses son los principales enemigos de Rusia. Ya llevan muchos años tratando de destruir el régimen comunal secular de Rusia, porque temen su gran misión ortodoxa en el mundo. Tratan de pervertirnos con el porno y la permisividad. ¿Usted mira la televisión? Allí ahora todo es pornografía”.

No tenía ganas de discutir, estaba asustado, por eso dije que yo me limitaba a trabajar de reportero, y que no entendía de cuestiones filosóficas. Mi trabajo consistía en explicar lo que había visto. Esto pasaba muy a menudo: los soldados de la Unidad Nacional Rusa arrestaron hasta tres veces al corresponsal de la agencia japonesa GGP, Danil Galperóvich.

A medida que se acercaba el trágico desenlace, la violencia contra los periodistas iba en aumento: ningún representante, ni de una parte ni de la otra, nos tomaba como observadores, sino como participantes activos de los acontecimientos. A menudo la agresión la infligían hasta los simples mirones, que aquellos días abundaban en la zona de la Casa Blanca. E incluso los habitantes de las casas adyacentes que, naturalmente, estaban muy cansados de lo que estaba sucediendo bajo sus ventanas.

Pero por una pequeña suma de dinero uno podía incluso alojarse por un tiempo en casa de alguien que viviera junto al lugar de los hechos. La CNN, ABC y la CBS improvisaron corresponsalías de la noche a la mañana en varios pisos de moscovitas que vivían en las plantas superiores. Por eso han quedado tantas imágenes magníficas del asalto del gran edificio, que entonces albergaba muchos departamentos municipales de Moscú, y de los enfrentamientos en las plazas cercanas a la Casa Blanca.

La tarde del 3 de octubre los acontecimientos importantes se trasladaron a la torre de televisión de Ostánkino, que los partidarios del Sóviet Supremo, armados, trataban de tomar. Entre la turba de asaltantes había un centenar de periodistas. De repente, desde el tejado de la estación de televisión los soldados de la unidad de operaciones especiales empezaron a disparar.

Recuerdo que a unos 200 metro de mí vi cómo el corresponsal de la agencia Reuters, Zurab Kodalashvili, y el corresponsal de AFP, Stephane Ventura, trataban de levantar del suelo al corresponsal de la AFP, Pierre Celerier. Traté de abrirme paso hacia él, pero la turba me empujó. Después supe que Celerier había resultado herido: una bala le alcanzó la espalda traspasando el chaleco antibalas.

Fue entonces cuando murieron el corresponsal de la compañía alemana ARD, Rory Peck, y el periodista francés del canal de televisión TF1, Yvan Skopan. Peck era un tipo sociable, todo el mundo tenía una relación amistosa con él. Había recorrido casi todos los “puntos calientes” de la antigua URSS cámara en mano.

Tras la noche de insomnio, la mayoría de los periodistas regresaron a la Casa Blanca: se propagó el rumor de que el asalto se produciría al amanecer. Efectivamente, a las seis se acercó una columna de tanques por la Avenida Kutúzovski. Empezó el tiroteo. Hacia el mediodía, después de haber transmitido una decena de reportajes por cabinas telefónicas, caí rendido.

De pronto recordé que un conocido mío estadounidense estaba alquilando un estudio en la última planta de uno de los altos edificios de la Avenida Novi Arbat. En el mismo piso estaba Paul Klebnikov, el corresponsal de Forbes, sentado en un sillón, cerca de la ventana. Durante unas horas estuvimos mirando por la la ventana, como si estuviéramos delante del escenario de un teatro, en silencio.

Klebnikov de vez en cuando anotaba algo en su libreta, y yo cada media hora iba a la cocina para transmitir un reportaje por teléfono. La Casa Blanca estaba frente a nosotros, se veía como en la palma de la mano.

Hacia las tres  de la tarde Novi Arbat se había cubierto de blindados. En los tejados, por todas partes, empezó a aparecer gente con fusiles y rifles automáticos. Los blindados abrieron fuego con las ametralladoras en dirección a los tejados. De pronto oímos que desde el tejado de nuestra casa respondían con disparos.

Salimos del piso corriendo hacia el pasillo y nos tiramos al suelo. En aquel momento una bala impactó en la ventana del pasillo, rebotó en el techo, salió volando hacia el suelo embaldosado y los fragmentos de los azulejos me rompieron el sobrecejo. Estaba sangrando. Se abrió la puerta del piso de al lado y los vecinos nos llamaron para que entráramos.

Un hombre, una mujer y un niño de siete años estaban sentados en el pasillo, la parte más segura del piso. Cuando nos acurrucamos en aquel pasillo, el chico vio la sangre y se puso a gritar: “¡Han matado al señor, mamá, han matado al señor!” Y de forma automática dije de pronto: “No me han matado, es que estaba borracho, he resbalado y me he caído”. El chico sonrió.

Klebnikov dijo: “He aquí el fin del Poder Soviético”. Aquel hijo de un emigrante ruso, descendiente del decembrista Puschin, regresó a Rusia al cabo de varios años para convertirse en el redactor jefe de la versión rusa de Forbes. Le mataron en la nueva Rusia, la no soviética.

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