Vladímir Makanin: “Escribir es como jugar al ajedrez con piezas negras”

Fuente: ITAR-TASS

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Como cualquier persona, el autor Vladímir Makanin sabe lo que es vivir en varios sitios a la vez. Uno de los lugares marcados por su presencia es una silenciosa casa familiar cerca de Rostov del Don con jardín, columpios y una acogedora terraza que invita a charlar plácidamente de literatura.

Usted es matemático de formación. ¿La habilidad de pensar sintéticamente y con rigor aporta algo al escritor?

La ciencia matemática es una disciplina hermosa, perfecta, pero, a mi modo de ver, un tanto fría. Sacaba buenas notas. A decir verdad, era un estudiante sobresaliente, pero las matemáticas no provocaban en mí emoción alguna.

A mí, en tanto que individuo, no me formó la universidad sino los años transcurridos en la escuela, el tiempo que pasé jugando al ajedrez. De niño, jugaba con mis tíos mayores. Dos o tres movimientos antes de perder la partida, mi tío se ponía a sudar, a removerse en la silla, a fumar (en aquel entonces todavía se podía fumar en los torneos), mientras que yo, un chaval, permanecía tranquilo y me regocijaba en silencio. No era en absoluto ese sentimiento insustituible de la lucha, que tan útil me resultó en

la vida. Me refiero, antes que nada, a la lucha con el texto. Su deseo sencillo y, diría, jovial de ganarme cuando yo ya no era un crío, me hacía sudar, removerme y fumar. Y en el ajedrez, antes que nada, hay mucha lucha. Y concisión de pensamiento. Y filosofía.

Vladímir Makanin nació en Orsk, en 1937. Estudió matemáticas en la Universidad Estatal de Moscú y dio clases en varios institutos superiores. Publicó su primera novela, Línea recta, en 1965.  En 1993 ganó el premio Booker, le otorgaron el Pushkin (1998) por el conjunto de su obra, el premio Penne (Italia) y el Premio Europeo de Literatura en 2012. En español ha publicado El profeta, (Marbot, 2011), Un río de rápida corriente (Alfaguara, 1988), Solo y sola (Alfaguara, 1989),El pasadizo (Siruela, 1992) y El prisionero del Cáucaso y otros relatos (Acantilado, 2011).

Aquí se puede aplicar, por ejemplo, una famosa regla del pensamiento muy certera: la amenaza es más fuerte que el hecho de que ésta se haga realidad. Basta con que una pieza presione en una posición, que amenace (sólo eso), y el adversario, por sí solo, dará un paso en falso.

Da la impresión de que escribe con facilidad y desenvoltura. ¿Es una sencillez aparente?

Recurriré de nuevo al ajedrez. Me parece que fue Alejin (o Lasker) quien dijo: “Gana quien sabe hacerlo jugando con las negras”. Ganar con las blancas es como escribir emulando a alguien, es demasiado fácil sumar puntos.

Pero cuando escribes un relato o una novela moviéndote en un espacio no trillado y con nuevos tipos de héroes es como si jugaras con las negras. Y, en este caso, no se puede pensar en la victoria, quererla enseguida… No, tienes que comprometerte con la posición de las piezas no para ganar sino para que algo mágico, algo único de ti se pierda en el tablero de ajedrez.

Cuando juegas con las negras, no deseas un empate. Te poseen los signos ocultos de un combate cuerpo a cuerpo único y humano que no conoce reglas. 

¿Escribe sus textos siguiendo un orden?

No, los escribo por fragmentos. Redacto las escenas clave sin un orden establecido. A veces incluso empiezo por el final. Es como en la cocina. Para obtener un buen guiso, primero hay que tener algunos trozos de carne de primera.  

¿Leyó mucho en su juventud?

Cuando yo era joven no había tantos libros como ahora. Pero tuve suerte, mi madre era maestra de escuela. En el curso noveno o décimo cayeron en mis manos libros de Bunin, Kuprín y Leonid Andréiev. Leí mucho. La lectura no era un goteo sino un río.

En la universidad entonces gozaba de gran popularidad Tres camaradas de Erich Maria Remarque. Leía también a Shakespeare. Tenía una edición muy buena, pero me robaron el libro y me imagino que fue a parar a una librería de segunda mano. Los estudiantes estaban medio muertos de hambre, ¿qué le iba a hacer? No me da pena ya, por supuesto, pero pienso que ahora miraría ese libro con gran interés, había escrito muchas notas en él.   

Casi todas sus novelas suscitan interés y controversia. ¿Es posible predecir el éxito de una obra?

Hay dos procesos: la creación y el consumo. El autor es responsable únicamente del primero. Puede escribir una novela, una obra de teatro, pero cómo reaccionará la sociedad es algo que no sabe y no está en su mano decidirlo. La sociedad consume lo que tú haces. Puede reconocerte mañana y al cabo de un mes pisotearte. O reconocerte cuando ya hayas muerto. O no reconocerte nunca. Pero esto, insisto, no es problema del escritor, su preocupación ha de ser crear.

En una introducción a Asán se lee está frase: “Makanin es capaz de penetrar en el mundo de la moral más profunda…”

Sin negar la moralidad, está dicho con buen tino, pero no me compete a mí determinar quién es mejor y quién peor. Es simplemente la vida, tal cual es. Dicen que en Asán logré mirar de otra manera un fenómeno como la guerra. Para ser honesto, no tenía ese propósito, me salió así. La guerra de trincheras no era para mí, eso es todo. Sí, y además allí no había guerra de trincheras. Había una de ladrones, de mercado, así es cómo me salió. La prosa no está allí donde disparan, sino donde bulle la vida interior.

Da la sensación de que hemos comenzado una nueva era. ¿Es capaz de discernir algo en este espacio?

Sí, es una nueva era. Y discernir algo no es fácil, al igual que no lo es escribir la secuela de una novela... No entiendo mucho de política pero, de todos modos, no pienso que el futuro sea apocalíptico.  

¿Qué nos salvará? ¿La belleza?

La belleza lo intenta. Sin descanso. La belleza te apela una y otra vez. Vives, vas tirando, y de repente te das cuenta de que vives inmerso en un lodazal. Y de pronto esa omnipresente belleza te da una lección que sacude toda tu alma. ¿Qué? ¿Finalmente lo has entendido todo? ¡Ay! Al cabo de un mes la vida sigue su curso y todo cae en el olvido, hay que construirlo todo de nuevo. Las cosas siguen como antes. Pero hubo un rayo de esperanza. Siempre hay un rayo de esperanza. 

Artículo publicado originalmente en ruso en Rossíykaya Gazeta.