La última carta de Edward Snowden

Leonid Kaganov imagina cómo podría desarrollarse la vida de Snowden si se viese atrapado durante años en el aeropuerto. Fuente: AFP/East News

Leonid Kaganov imagina cómo podría desarrollarse la vida de Snowden si se viese atrapado durante años en el aeropuerto. Fuente: AFP/East News

El ex colaborador de la CIA Edward Snowden se ve obligado a quedarse en Rusia, en la zona de tránsito del aeropuerto de Sheremétievo. Rusia Hoy ha pedido al escritor de ciencia ficción Leonid Kaganov que imagine cómo podría desarrollarse su vida.

Edward Snowden lleva viviendo más de tres años en la zona de tránsito del aeropuerto Sheremétievo de Moscú. Durante este tiempo ha aprendido la lengua rusa y se ha convertido en una atracción local.

Tranquilo, sonriente y amable, es el favorito de los trabajadores de la zona de tránsito. La camarera le da chocolatinas. El vendedor de periódicos le regala la prensa del día anterior. La señora de la limpieza le lleva a lavar la ropa. Y los agentes de seguridad le ofrecen botellas de licor caro, agua mineral, tijeras de manicura y otros artículos prohibidos, confiscados a los pasajeros durante el control de acceso a la zona de embarque. Entre los pasajeros se difunde la creencia de que si tocan el talón de Snowden mientras duerme les traerá buena suerte: el vuelo transcurrirá sin ningún percance y sin sufrir retraso.

Una mañana, Snowden se presenta en el centro de Internet del aeropuerto y pide que le dejen un ordenador. Dice que quiere mandar una carta a The Guardian, The Washington Post y a algunos blogs rusos. Snowden se sienta ante la pantalla del ordenador alrededor de cuarenta minutos. Luego lo apaga, da las gracias al personal y se va corriendo a los lavabos. Nadie vuelve a verlo. Pero la carta se hace famosa y causa un auténtico revuelo en el aeropuerto de Sheremétievo. Reproducimos el texto íntegro:

"¡Pasajeros del mundo! ¡Me he desengañado en la zona de tránsito de Sheremétievo!

Me he llevado una desilusión enorme ante lo que he visto aquí. He reflexionado detenidamente sobre si divulgar o no los secretos de la zona de tránsito, quería asegurarme de que esto sirviera a los intereses legítimos de la sociedad. Y finalmente decidí actuar.

Hasta hace poco llevaba una vida bastante cómoda. Tenía un saco de dormir en una esquina al lado de un enchufe de pared, donde no había corrientes de aire, pero sí aire puro y unas hermosas vistas a los aviones que alzaban el vuelo de la pista de despegue. La comida no era mala y tenía acceso al lavabo. Tenía también trabajo: firmaba autógrafos a los pasajeros a cambio de dinero y los fines de semana, poniendo ante mí una caja para donativos, predicaba el advenimiento de una sociedad futura libre. Tenía una hermosa familia: la exespía rusa Anna Chapman compraba tres veces a la semana un billete aéreo con destino a los Estados Unidos y venía a la zona de tránsito. Como tenía prohibido volar a los Estados Unidos y no la dejaban subir al avión, perdía el billete y se quedaba haciéndome compañía hasta la mañana siguiente. Hace poco, incluso nos casó Gerard Depardieu, que, en viaje de París a Chechenia, se detuvo de repente junto a nuestro saco de dormir.

Pero todo esto forma parte del pasado. Sé que de ahora en adelante tendré que sufrir por mis actos. Los trabajadores de Sheremétievo comenzarán a darme caza, tratando de vengarse. Pero no me arrepiento. Estaré satisfecho si las leyes inmorales y la impunidad que reinan en las zonas de tránsito, que tanto amo, quedan al descubierto. Quiero realmente que mi carta esté en el centro de atención y espero que pueda dar pie a un encendido debate. Estoy dispuesto a sacrificarlo todo porque no puedo permitir, con la conciencia tranquila, que en las zonas de tránsito se sigan violando la intimidad, el confort y la libertad de los pasajeros de todo el mundo. Sé que estoy predestinado a pasar el resto de mi vida aquí, en una cabina de los aseos de hombres, encerrado desde dentro para evitar que los trabajadores del aeropuerto me hagan trizas. Estaré en la cabina número 1, o bien en la contigua, si es que la primera está ocupada en el momento en que ponga el punto final de esta carta. ¡Así que escuchadme!

 1. ¡La camarera vende a los clientes azúcar usado! Coloca junto a cada taza de café tres terrones, pero si un pasajero los deja en el platillo, los devuelve a la caja y se los da al siguiente.

 2. ¡La señora de la limpieza friega los lavamanos y las tazas de váter con el mismo trapo! ¡Sí, sí, el mismo!

 3. ¡Los agentes de seguridad no respetan las normas de su servicio! Durante el control confiscan a los pasajeros objetos que no se pueden llevar en el equipaje de mano y luego no lo apuntan en el inventario al final de la jornada. ¡No! ¡Se atizan las botellas de licor caro después del trabajo! ¡Regalan los cortaplumas a sus amigos! ¡Las tijeras de manicura se las dan a mujeres y gays! Los petardos y las bengalas de Año Nuevo, en cambio, se las llevan a casa para sus hijos.

 4.¡El vendedor de periódicos hace negocio con los mapas de Moscú! No marca los precios en el escaparate, lo he comprobado. Los compra en otro sitio y los vende a un precio más alto, embolsándose la diferencia.

5.Y ahora lo más importante. En toda la zona de tránsito hay cámaras de seguridad pero ¡algunas están escondidas! Además de las cámaras principales, que se ven claramente colgadas en el techo en el centro de cada sector, hay también algunas ocultas. Vigilan en secreto a los pasajeros, que no son conscientes de su existencia. ¡Algunas cámaras están camufladas como sensores de fuego, otras parecen la cabeza de un tornillo fijado en la pared! La administración de la zona de tránsito espía todos vuestros movimientos ¡y vosotros no os dais cuenta!  

Esto es todo lo que quería deciros. Estaré en una cabina del lavabo de la zona de salidas de Sheremétievo hasta que no me concedan asilo en la zona de tránsito de cualquier aeropuerto, ya sea en Ecuador o en Honduras. De no ser así, ¡estoy dispuesto a revelar, aunque tenga que gritarlo a través de la puerta del baño, la posición exacta de todas las cámaras escondidas en las salas de espera! No tengo más remedio que decirles la verdad a los pasajeros. No me considero un héroe, porque estoy actuando también en aras de mis propios intereses: no quiero vivir en la zona de tránsito, donde reina la ilegalidad y las personas son sometidas a vigilancia secreta. ¡Que mi carta sea leída por los pasajeros del mundo entero!"

Cordialmente, Edward Snowden, 30 de julio de 2017.

Rusia, Moscú, aeropuerto de Sheremétievo, zona de tránsito.

Pasaron tres días. Como mostraron las cámaras de vigilancia, la cabina permaneció cerrada y de allí no salió nadie. De vez en cuando se oía salir suspiros dolorosos de su interior. El cuarto día emergió de la cabina una voz sofocada, pero firme:

"Visitantes de los lavabos. ¡Me he desengañado de las cabinas de baño! Lo que he visto aquí me ha robado todas las ilusiones que tenía puestas en los retretes. No puedo permanecer callado. Tengo mucho que perder, no lo he pasado mal estos días. La cabina estaba bastante seca. Tenía donde sentarme. Disponía de agua y papel. Pero esto ya forma parte del pasado. Y no me arrepiento de nada. Usuarios de los lavabos, tenéis que saber esto: ¡el papel higiénico nunca se rompe por donde debería! ¡Os han engañado! ¡Decídselo a todo el mundo!

¡Adiós!".

Se oyó el chasquido al tirar de la cadena, el ruido del agua corriendo y pronto todo quedó sumido en el silencio. Forzaron la entrada del baño, pero ni rastro de Snowden.  Desde entonces nadie lo ha visto. Sólo los pescadores del río Moscova cuentan que vieron a alguien parecido a él nadando en el sentido de la corriente, en dirección a Ecuador. Pero, por otra parte, ¿quién cree a los pescadores?.