Las manos de un ruso en la cabeza de Quiroga

Fuente: ITAR-TASS

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Un día de 1876, quien sería el renombrado escultor ruso Stepan Erzia nace en un pueblito llamado Bayevo, cerca del río Volga. Allí vio de niño cómo los hombres talaban los espesos robles y abedules y los lanzaban al Volga para que la corriente los trasladara río abajo. Allí comenzó su afición por la talla y la escultura. Dos años después, en 1878, en la lejana ciudad de Salto, Uruguay, nacía en el seno de la familia Quiroga, de clase alta, un niño al que bautizarían con el nombre de Horacio.

A pesar de la distancia espacial, estos dos hombres tendrían un encuentro peculiar. En 1927, Quiroga ya era un escritor reconocido en el Río de la Plata, donde recibía contratos con revistas y editoriales de renombre. Pero el escritor despreciaba la fama urbana de Buenos Aires y había preferido las inmensas soledades ocres del Chaco argentino, donde tuvo un emprendimiento algodonero con un hermano, y luego las inmensas soledades verdes de la selva de Misiones.

Ese mismo año de 1927 vería arribar al puerto de Buenos Aires a un artista consagrado que se había iniciado en la talla de madera, que se había formado en academias de arte de Moscú, donde descubrió la piedra y había tenido su pasaje obligatorio por París donde domesticó el fino mármol de Carrera. Luego Erzia participó en varias exposiciones internacionales por Europa, donde logró gran reconocimiento.

Cuando arribó a Argentina era un escultor con todas las letras, maduro, que se encontraba en una gira mundial de promoción del arte de su país, que desde una década atrás se llamaba Unión Soviética. A Erzia lo atrajo tanto Buenos Aires que decidió quedarse a vivir y trabajar, y enseguida trabó contacto con el ambiente cultural porteño.

Es extraña la forma en que el destino barajó sus cartas, una década después. En ese tiempo, Erzia tomó contacto con un elemento que volvería a hacer dar un giro a su obra: se reencontró con la madera. Pero claro, el nuevo continente le ofrecía nuevos árboles, nuevas texturas y resinas, una nueva materia prima para sus creaciones. Erzia comenzó a experimentar básicamente con quebracho y con algarrobo, que crecen sobre todo en la zona del Chaco. Aprovechando la sinuosidad y la resistencia de las raíces de esos dos árboles, el escultor encontró un nuevo campo de expresión de sus formas.

Cuando el 19 de febrero de 1937 Quiroga bebió el vaso de cianuro con que terminó con su vida, sus restos fueron incinerados, tal cual eran sus deseos. Entonces un grupo de escritores encabezados por el también salteño Enrique Amorim le encomendó a Erzia que confeccionara una urna funeraria para esas cenizas.  

“Se le encargo al escultor Erzia la urna de Quiroga y él la confeccionó en una raíz de algarrobo de buenas dimensiones. Es una cabeza de Quiroga de cerca de 90 centímetros de altura, y dentro de la cabeza se alojó la urna, que es un tubo tapado, con las cenizas”, explicó Leonardo Garet, subdirector de Cultura de la Intendencia de Salto y vinculado desde su creación en 2004 a la Casa Quiroga de la ciudad de Salto, donde se encuentra la escultura de Erzia.

“Se trata de una imagen de madurez, de un hombre adusto, que reproduce solo la cara, porque Erzia dejó el resto de la madera virgen. Es una cara de Quiroga de la época misionera”, dijo Garet.

Si bien el encargo a Erzia provino de Enrique Amorim, que lo conocía de ambiente cultural, quien debía hacerse cargo del pago de la obra era el gobierno uruguayo. Pero por motivos que desconocen, nunca se le pagó a Erzia, según contó Garet.

Cuando la escultura estuvo pronta, una delegación de escritores argentinos cruzó el Río de la Plata, para realizar una ceremonia de recepción y homenaje en Montevideo, desde donde partió un tren hacia Salto donde se sumaron escritores uruguayos al cortejo. Este viaje de tres días porque fue parando en diferentes pueblos, donde se le hizo honores al escritor.

El primer lugar de reposo de la urna fue el panteón familiar de los Quiroga en el cementerio central de Salto. Tiempo después pasó al Museo Histórico. En diciembre de 2004 se crea del museo en la Casa Quiroga, una antigua casa patricia que se usaba como casa de veraneo en las afueras de la ciudad, propiedad que perteneció al padre del escritor, Prudencia Quiroga. En 1902, la familia vendió esa casa, cuando Quiroga ya vivía en Montevideo y escribía poesía.

En 1936, la casa la compra Instrucción Primaria y allí se forma la primera escuela al aire libre del Uruguay, una escuela “de tiempo completo” de la época. En 2004 la intendencia salteña construye hace una escuela en el mismo predio y el Consejo de Primaria le cede la antigua casona para que se cree un museo en honor a Quiroga, con la biblioteca completa con sus libros y primeras ediciones, entre otros objetos personales. También se traslada allí la cabeza de algarrobo tallada por Erzia. “Como allí están los restos de Quiroga, aparte de casa y museo, también es mausoleo”, acota Garet.

Paralelamente, en Rusia se vivió un proceso de revisión y revaloración de la obra de Erzia en el mundo. En Moscú se creó una fundación para la divulgación de la obra del escultor, que además se volvió muy cotizado. Fuera de Rusia, existe obra de Erzia en Chaco, en Buenos Aires, en algunos museos europeos y en la ciudad de Salto.

Hace unos años la fundación Erzia tomó conocimiento de la obra funeraria de Quiroga y le pidió a Garet un informe sobre el estado de la escultura. “Les dije que no estaba en buen estado”, dijo Garet. Cuando las autoridades de la fundación llegaron a Argentina, viajaron a Salto y constataron el deterioro de la obra, que tenía orificios en la madera.

Entre febrero y marzo de 2013 comenzaron las tareas de restauración. La fundación le encomendó la tarea al restaurador Alexander Tolokín, quien estuvo un mes trabajando en la cabeza de Quiroga. Le inyectó un producto especial a través de los orificios de la madera para restituirle la dureza original. Además, se llevó un molde para hacer una réplica en Moscú.

“Fue un placer trabajar en esta obra de Erzia, llevó un molde de la obra para hacer una copia de la misma que quedará en Moscú”, dijo el restaurador Tolokín en declaraciones a la Radio Tabaré de Salto, y agradeció el trato que recibido por la gente de la Casa Quiroga.