Ron, vodka y el mamut

“Hay fósiles cinematográficos que son buscados por los paleontólogos de este arte y fósiles cinematográficos que sencillamente aparecen de manera milagrosa. Soy Cuba se cuenta entres estos últimos, ya que significó un hallazgo tan inesperado como hallar un mamut siberiano preservado bajo las arenas de una isla tropical”. J. Hoberman, citado en 'El mamut que se negó a extinguirse'. Carlos Espinosa. cubaencuentro.com

Corría el año de 1960 y en el Palacio de Bellas Artes de la Habana, mediante la inauguración de la Exposición Soviética de Ciencias, Técnica y Cultura, se confirmaba la reanudación de las relaciones diplomáticas Cuba-URSS, país este último que se convertía en el principal aliado de la isla caribeña frente a la rivalidad estadounidense surgida del triunfo de la revolución castrista.

En octubre del mismo año llegaba a la capital cubana en el marco del primer convenio de colaboración comercial cubano-soviético, el documentalista Román Karmen (considerado por muchos como el Leni Riefenstahl de la URSS), con el fin de asesorar a los cineastas cubanos. Al final acabaría dirigiendo Alba de Cuba, a la que rebautizó como Isla en Llamas tras la invasión de Playa Girón.

El otro cineasta soviético en rodar en la isla fue el director de Cuando pasan las cigüeñas, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1958, Mijaíl Kalatozov.

Llegó a la Perla de las Antillas en octubre de 1961 acompañado de su fiel director de fotografía Serguei Urusevski, así como del poeta Evgueni Yevtuchenko. Los tres tenían el encargo de Mosfilm, de acuerdo con el ICAIC cubano, de concebir un guión para la primera coproducción entre los dos países. El director y guionista autóctono, Enrique Pineda Barnet, había sido designado como guía “artístico e histórico” del grupo, aunque curiosamente el propio Kalatózov le pidió tras un viaje por la isla que participase como coautor cubano del guión.

Ni Kalatózov ni Urusevski conocían Cuba y solo Yevtuchenko la había visitado anteriormente como corresponsal del periódico Pravda, por lo que el grupo decidió explorar la realidad del país caribeño sin tener ni la más remota idea de qué se contaría en la película que debían rodar. 

Recorrieron La Habana Vieja y la capital a fondo, donde visitaron el Museo de Bellas Artes, asistieron a rituales africanos con el fin de conocer tradiciones locales, hablaron con Fidel o Raúl Castro entre otros jóvenes dirigentes revolucionarios y una noche fueron recibidos por el Che Guevara en su oficina.

La Habana les supo a poco y los cineastas iniciaron un periplo por la isla que les llevó a Pinar de Río, pasaron por Matanzas y Varadero, por Trinidad y Camagüey, Holguín, Bayamo y Santiago de Cuba. Llegaron hasta la mítica Sierra Maestra y salieron de la isla con las ideas bastante claras. En palabras de Enrique Pineda Barnet:

“Las conclusiones fueron, hacer un film poético sobre la lucha revolucionaria del pueblo cubano contra el régimen de Batista y el colonialismo. La heroína principal sería la Revolución; el héroe, el pueblo”. 

Soy Cuba dejaba así claro su clara pretensión poético-panfletaria. En una época en la que la gran utopía socialista parecía cercana, con una Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en su momento álgido y un sistema colonial en decadencia, estaba totalmente justificado un canto (en 35 mm) en honor de la violencia revolucionaria.

A través de cuatro historias la película narraba la evolución de Cuba, del régimen de Batista a la revolución de Fidel Castro mediante cuatro capítulos que refuerzan el ideal comunista frente al capitalismo. A lo largo de estos episodios, Cuba se libera de sus dependencias políticas para reafirmar su identidad, singular e independiente, con sus contradicciones y esperanzas. Como destaca el crítico cinematográfico Mirito Torreiro, se trata de una apasionante rareza “no tanto por lo que cuenta como por la belleza plástica, la inmortalidad de sus imágenes, entre las más bellas jamás filmadas”.

La primera historia presentaba el contraste entre  las masas cubanas indigentes y el esplendor en los casinos para gringos, junto a la prostitución en La Habana. 

La historia siguiente narraba la quema de un campo de caña de azúcar cuando el campesino que lo trabajaba descubría que la United Fruit Company iba a quedarse con su tierra. 

El tercer segmento trataba la represión de estudiantes revolucionarios en la Universidad de la Habana y la parte final la historia de los trabajadores agrícolas que ayudaban a los guerrilleros en la Sierra Maestra a entrar triunfalmente en La Habana proclamando el triunfo de la Revolución. 

Para la concepción plástica de la misma, Kalatózov hizo visionar a sus colaboradores el material realizado por nada menos que Eisenstein durante su experiencia mexicana.  También reclutó a un joven cubano becado por entonces en el Conservatorio Chaikovski de Moscú, Carlos Fariña, para que se encargase de la música de la película.

Sin embargo gran parte del prestigio de Soy Cuba es mérito del director de fotografía Urusevski, que dotó al film de sentido y de un ritmo visual adelantado 30 años a su tiempo. Usó técnicas fílmicas innovadoras, tales como sumergir una cámara y añadirle lentes herméticas con un periscopio especial y además empleó material en infrarrojos casi para la mitad del film.

“El poema requiere unas imágenes muy claras, muy definidas que penetren rápidamente en la imaginación. Por eso quisimos que la película fuese como un poema romántico. Partiendo de esa opinión, surgió mi idea de filmar con material infrarrojo. (…) El infrarrojo es un material que comunica luminosidad y penetración a la forma”.

Durante el rodaje, dominado por una obsesión por la exquisitez técnica,  se realizó un impresionante despliegue de recursos económicos (algunos en Cuba lo calificaron de “obsceno”), empleándose además a  un número desmesurado de personal de filmación. La leyenda afirma que más de un millar de soldados fueron trasladados a un remoto lugar para filmar una escena mientras se desarrollaba la crisis de los misiles.

Todo esto chocó con la propuesta cinematográfica que propugnaba el ICAIC, alzándose las primeras voces críticas contra aquella suerte de mamut cinematográfico ruso-cubano. El crítico de la revista Bohemia, Luis M. López hizo una dura una reseña titulada No soy Cuba en el que soltaba algunas perlas como:

“Esta obra, de la que esperábamos algo, ha resultado una total defraudación, un estrepitoso fracaso artístico (…) Su reconstrucción es falsa y sobre todo, pueril (…) Kalatózov violenta los hechos rudamente.”

La película no fue bien recibida por el público cubano ni por el ruso, en Cuba por mostrar supuestamente el lado más estereotipado de los isleños, y en Moscú por considerarse naïf y no lo suficientemente revolucionaria, así que la cinta de Kalatózov fue completamente olvidada en solo unos meses.

Pasaron los años, 30 nada menos. Soy Cuba criaba telarañas entre algún archivo moscovita y alguna proyección aislada en festivales, cuando en 1994 un amigo de Martin Scorsese le invitó a un visionado privado de la cinta. El director se enamoró de la película. Especialmente le impresionó el plano secuencia ya legendario en el que el movimiento de una cámara aparece mostrando en un primer plano un sepelio público para luego ascender hasta lo alto de un edificio, atravesar diversos balcones y adentrarse en una fábrica de tabaco para luego salir por la ventana y levitar por encima de la multitud, una proeza de composición y originalidad.

Scorsese, asombrado por la magistral secuencia, aseguró que no quería morirse sin saber cómo fue realizada.

Precisamente por aquel entonces, una pequeña compañía distribuidora radicada en Nueva York (y especializada en recuperar para los amantes del séptimo arte títulos olvidados, perdidos o malditos); Milestone Films, había tenido acceso a través del Festival de San Francisco a una copia en VHS y sin subtítulos, habiendo mostrando su interés por adquirir los derechos de distribución en Rusia.

Contactaron con Scorsese para invitarle a la presentación de la cinta de Kalatózov (fallecido en Moscú en 1973) a lo que el director italoamericano accedió entusiasmado. Otro de los presentes, admirador declarado de Soy Cuba era Francis Ford Coppola.

El mamut había resucitado.

 

La película completa, aunque con los diálogos superpuestos en ruso, puede disfrutarse aquí y sin ellos en este otro link

Para saber más: Los cineastas que llegaron del frío (capítulo incluido en Intrusos en el paraíso. Los cineastas extranjeros en el cine cubano de los sesenta, de Juan Antonio García Borrero, Ed. Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Fundación El legado Andalusí y el Festival de Granada Cines del Sur, 2009)

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