Rusia, terreno abonado para el arte activista

El arte de protesta ocupa un lugar importante dentro de la escena contemporánea rusa. Pussy Riot es sin duda el ejemplo más famoso, aunque hay numerosos artistas y grupos. Destacan algunos grafiteros, entre ellos el recién fallecido P 183.

En Rusia no se puede hablar de un verdadero mercado del arte contemporáneo. La cifra de negocios anual del sector en Rusia es ampliamente superada en un solo trimestre en Nueva York o Shanghái. En el boyante 2005, aún anterior a la crisis, el movimiento monetario anual del mercado internacional del arte ascendió a 280.000 millones de dólares, mientras que en Rusia, si se contabilizan sólo las transacciones legales, fue de 3,7 millones de dólares.

A pesar de esta situación, el arte contemporáneo ruso da mucho que hablar. Es su trasfondo reivindicativo lo que lo hace atractivo. Si la obra Léxico fundamental de Grisha Bruskin  se vendió en Sotheby’s por casi un millón de dólares no fue por sus méritos artísticos sino por la moda fugaz que en Occidente suscitó la perestroika

Las últimas estrellas en brillar en el firmamento de esta nueva tendencia activista son, sin duda, las integrantes de la banda de punk rock Pussy Riot

En Occidente su caso hizo correr muchos ríos de tinta, y en Rusia, incluso demasiados. Lo ilustra esta anécdota: en la Wikipedia rusa hay 70 citas en la entrada de Lev Tolstói, mientras que en la de las Pussy Riot figuran 420. Ojalá esta excesiva atención de los medios no haga sombra a sus compañeras, jóvenes artistas que se dedican al arte activista y urbano destinado, según la curadora y famosa crítica de arte Nina Felshin, a que se produzcan cambios sociales positivos.

Uno de estos artistas, quizá el más conocido después de las Pussy Riot, es Artiom Loskutov de Novosibirsk, que también alcanzó notoriedad gracias a la represión policial. Fue a raíz de su  “Monstration”, una parodia de las manifestaciones soviéticas, cuando los trabajadores de diferentes empresas eran obligados a manifestarse “voluntariamente” para cantar las excelencias de la Unión Soviética y de sus dirigentes, llevando pancartas con eslóganes surrealistas que repartían entre ellos para la ocasión.

Cuando esta práctica volvió a aparecer en la década de 2000, Loskutov convocó su “Monstration”, un carnaval anual donde los jóvenes desquitan su cólera y frustración contra esas tradiciones absurdas. La policía siberiana, irritada por esa muchedumbre de jóvenes vestidos con ropas coloridas que inundaban sin autorización las calles gritando “¡Mamá, perdóname, pasaré el aspirador!”, “Los cerdos también son personas” o “Por una ciudad limpia, comed palomas”, se presentó en casa de Loskutov a hacer un registro. Quien se ocupó de llevar a cabo esta operación fue la subdivisión especial destinada a temas de terrorismo y crimen organizado, y, en circunstancias confusas, encontraron algunos gramos de marihuana.

El caso se alargó durante mucho tiempo y acabó saldándose con una multa. Con esta publicidad valiosísima, Loskutov se convirtió en una estrella en internet e incluso se popularizaron las “Monstrations” en Moscú.

Pero no se trata de criticar los métodos policiales rusos, pues sus colegas occidentales no tienen nada que envidiarles por lo que respecta a represión absurda. En Londres, por ejemplo, resulta normal meter en la cárcel a grafiteros teniendo como única prueba contra ellos manchas de pintura de aerosol en su ropa.

Muchos de los artistas activistas rusos actuales salieron de esos grupos de grafiteros relativamente más libres. Como el grupo 'Partisaning'  para los que Moscú es una casa enorme que necesita que la decoren y la embellezcan. Promocionan el arte de la calle en internet y en catálogos, pero su actividad principal sigue siendo el diseño ilegal urbano, como, por ejemplo, dibujar pasos de cebra en lugares donde faltan.

Los grafiteros, por lo general, suelen ser solitarios, no demasiado dispuestos a dialogar con la sociedad, pero cada vez hay más excepciones. Por ejemplo, el recién fallecido Pasha 183, venerado por la prensa occidental, quien se ofende cuando lo califican del Bansky ruso y se niega a exponer en galerías, aunque deje que le financien sus proyectos monumentales.

Buen dibujante y con grandes dosis de imaginación, adorna los espacios urbanos con sentido del humor. Placas de hormigón de una zona industrial de la capital se convierten en tabletas de chocolate y una construcción que estropea las vistas de una calle céntrica de Moscú, con ayuda de la pintura, se transforma en una casa de princesas que hubiese caído del cielo: todo como en un cuento de hadas, adornos en las ventanas, marquesinas de madera, florecitas en macetas, sólo que boca abajo.

No hay que olvidarse de Misha Most, líder del colectivo Zachem(¿Por qué?). Esta palabra, que lleva diez años apareciendo en diferentes edificios moscovitas, a veces suena como una pregunta filosófica; otras, como un reproche por la fealdad de cierta arquitectura. Su proyecto 'La Constitución' es muy elocuente. Al llevar a la calle artículos de la ley rusa, inicia a los ciudadanos en nociones jurídicas o les inculca sus derechos y deberes.

Estos artistas activistas aceptan con estoicismo que la mayoría de sus trabajos están condenados a desaparecer. Para ellos, es más importante la repercusión pública que la conservación.

Dicen que la integrante de Pussy Riot que obtuvo la libertad condicional se ha unido al colectivo activista Pust stiraiut (Que borren). Un nombre de lo más acertado, pues no es sólo un juego de palabras en consonancia con el nombre del famoso grupo inconformista sino también con el credo de todo arte urbano. Que borren la obra, perdurará en la memoria.