La animación rusa busca maneras para desarrollarse

El sector ha salido del coma y ha entrado de súbito en el mercado mundial de la producción de dibujos animados, aunque aún no está claro cuál será el siguiente paso.

El festival de Súzdal de animación es el certamen más relevante de la industria rusa. Tal y como aclaró el director del festival Aleksandr Guerasímov, “Súzdal aporta una imagen global de lo que ha producido la animación rusa en un año, pues apenas desechamos ninguna película”.

La XVIII edición demuestra que se ha comenzado a salir de la crisis en la que se entró hace más de veinte años. Así lo muestran, entre otras cosas, las cifras del festival. El número de películas enviadas, 179, batió un récord. Además, por primera vez los largometrajes tuvieron un concurso por separado: nunca antes se habían lanzado al mercado tantas obras nacionales. También hubo gran cantidad de series de dibujos animados. Además, por primera vez, aunque fuera de concurso, se proyecta animación para adultos.

El interés por la animación de producción nacional ha aumentado tanto entre el público como entre las autoridades gubernamentales y las empresas, que cada vez invierten más medios en estas películas. 

De modo que la animación rusa se encuentra, tal y como sucede en sus amados cuentos rusos, ante tres posibles caminos:

El primero sería seguir el sendero trillado del hermano mayor, el cinematógrafo nacional. Aquí la fórmula es sencilla: hacer realizaciones a gran escala con fondos del gobierno, que fracasan constantemente en el mercado. Si se desea ganar dinero con la película, se pueden invertir los fondos en comedias malas de bajo presupuesto. Desde luego, no faltan premisas para esto. Así, de los cinco largometrajes presentados en el concurso de Súzdal, sólo salió rentable El zarévich Iván y el Lobo Gris, una adaptación cómica al cine del cuento popular ruso. Por su parte, Smesháriki. El origen, un remake de la famosa serie de dibujos animados para niños, y La reina de las nieves no recaudaron la mitad de la suma necesaria para resultar rentables (aunque La reina de las nieves sí lo hizo en el mercado extranjero). “Ot vintá!” y Las aventuras del valeroso soldado Shveik recaudaron una miseria.

El segundo camino sería la formación de una industria rentable de pleno valor, como en el caso de EE  UU, Japón, Corea, Francia, China y otros países líderes del mercado de la animación. El punto de partida es suficiente, pero hay que superar gran cantidad de problemas. Los dibujos animados soviéticos nunca fueron una industria. Tal y como solía decir el gran dibujante Aleksandr Tatarski, "Soyuzmultfilm" era manufactura manual, con todos los pros y contras de este tipo de producción”.

La crítica de animación María Tereschenko calculó que la producción anual de animación de todos los estudios de la Unión Soviética juntos sumaba una duración de unas 30-40 horas. Hoy en día se hace aproximadamente la misma cantidad: en el festival de Súzdal la duración de las películas que participaron en el programa del concurso sumaba 19 horas, y si se añaden la animación para adultos proyectada fuera de concurso y las series no proyectadas, el total es mayor.

Pero estos volúmenes en el mundo actual, donde la cantidad de películas de animación se ha multiplicado, no son en absoluto suficientes. Una temporada estándar de una serie de animación consta de 22 episodios de unos 22 minutos cada uno. Eso ya son ocho horas. Y en los países donde la animación es una industria, se hacen decenas, o incluso cientos, de estas series.

De acuerdo, multiplicamos la producción. Incluso recibimos dinero para ello. Pero aun así no va a haber apenas trabajo para nadie. Iliá Pópov, presidente de la Asociación de cine de animación, dio las siguientes cifras en el festival: la asociación reúne más de 30 estudios en los que trabajan más de 700 personas.

En Guildiya Animatory hay una plantilla de 130 personas. Y en China, según dijo Louie Wan, presidente de la Asociación de Asia y Pacífico de animación y cómics, solo los estudiantes que estudian profesiones de animación ya suman más de 100 000. China produce más de 250.000 minutos de animación al año.

Cierto, las cifras no son más que cifras, y el célebre director Dmitri Guéller, que trajo al festival su nueva película El pequeño estanque a los pies de la Gran Muralla desde China, donde ahora trabaja como profesor, dijo que el nivel de enseñanza especializada allí por el momento es bastante bajo. Pero señaló también que sus estudiantes aprenden muy rápido.

“Nuestra situación con los dibujantes de animación”, según Irina Mastusova, directora de la Asociación de cine de animación, “es una completa catástrofe”. No es de sorprender, por lo tanto, que en los nuevos episodios de Smesháriki, que ahora son en 3D, los rusos sean solo directores, y se dibujen en China.

Hay un tercer camino: ya que nuestro fuerte siempre fueron las obras maestras sueltas y de poca tirada, podríamos volver a nuestras costumbres soviéticas, resucitar la legendaria Soyuzmultfilm,  darle un respaldo total del estado y volver a relanzarlo. Los primeros pasos, por cierto, ya están tomados: por mandato directo del presidente se han cancelado todas las deudas de Soyuzmultfilm, se le ha inyectado una considerable cantidad de fondos, y se le ha devuelto la colección de películas clásicas para que el estudio recaude las ganancias.

Sin embargo, ya han pasado los tiempos en los que las obras de autor rusas ganaban con frecuencia premios en festivales importantes. Cada vez estamos más desplazados a un segundo plano. Cierto es que el año pasado hubo dos grandes éxitos (la película He visto cómo los ratones enterraban un gato de Dmitri Guéller se llevó el Gran premio del Festival de Hiroshima, y la película Chinti de Natalia Mirzoyán se llevó el premio especial del jurado), pero son una bonita excepción y no una tendencia estable.

Queda una cuestión importante más sin responder: ¿cómo rentabilizar los cortometrajes? En el concurso de Súzdal proyectaron la fantástica película de animación Aldar y el Lobo Gris de Rim Sharafutdínov, que hizo reír a carcajadas a toda la sala. Pero vender esta maravilla de 13 minutos es casi imposible. En su minúsculo estudio de Ufa, el autor hace prácticamente él solo una película al año, y esto se considera un ritmo frenético de trabajo, así que no tiene tiempo de crear un paquete televisivo.

Y para los directivos de televisión es más fácil comprar un bloque de muchas horas de series de dibujos importadas, que sale tres veces más barato, que correr por todo el país recopilando buenos dibujos rusos grano a grano. 

Artículo publicado originalmente en ruso en Ogoniok. 

Todos los derechos reservados por Rossiyskaia Gazeta.