La mujer rusa sabe qué esperar

El autor ruso expone las características principales de de la literatura escrita por mujeres en la Rusia actual.

Dibujado por Natalia Mijáilenko. Haz click en la imagen para aumentarla

Para el lector occidental familiarizado con la literatura de Rusia, el concepto de “prosa femenina rusa” se asocia sobre todo a los nombres de Liudmila Ulítskaia, Tatiana Tolstaia y Liudmila Petrushévskaia, autoras todas ellas que irrumpieron en la literatura en la segunda mitad de la década de 1980.

Es difícil, y quizás incluso absurdo, tratar de establecer puntos en común entre estas tres grandes literatas. La lectura de sus obras, insólitamente vivificantes, deja una impresión pesada, a veces incluso lóbrega.

La explicación es sencilla: estas escritoras pasaron la mayor parte de su vida en la Unión Soviética y los recuerdos de ese periodo son en gran medida negativos. Así fue aquella época.

Zajar Prilepin es escritor. Recientemente se ha publicado en español Patologías, su primera novela. Ha recibido numerosos galardones, entre ellos el Premio Bestseller Nacional en 2008 por su novela Pecado. Además, es un activo miembro de la oposición y trabaja como periodista.

La siguiente generación de autoras serias, las de la década de 1990, ha dado menos nombres prestigiosos; es difícil continuar, después de una coma, la lista de Ulítskaia, Tolstaia y Petrushévskaia.

Tal vez la prosista más sólida de los años noventa sea Olga Slavnikova, un caso aislado, una heredera de la línea nabokoviana.

En conjunto, la prosa femenina de la década de 1990 se caracteriza por una libertad encarnizada, en el límite de la impudicia. Basta recordar las novelas de la escritora prematuramente desaparecida Natalia Medvédeva.

Las mujeres que escribían se esforzaban, del modo más riguroso y amplio posible, en distanciarse de la hipocresía soviética y de cualquier intento de limitar las libertades individuales (incluidas las femeninas).

Ya entonces, toda esta renovación literaria tenía el sabor de una tragedia inevitable. El poder soviético ya no está, desde que se desmoronó la URSS ha pasado un cuarto de siglo.

Sin embargo, creció una entera generación de nuevas escritoras que no conocieron de forma directa esa época pasada y se vieron obligadas a encontrar referentes en los nuevos tiempos, no menos poco atrayentes.

Para hablar sin ambages, toda una serie de escritores de la era soviética empleaba con frecuencia en sus obras un acercamiento bastante vulgar: todo lo malo que sus protagonistas tenían que soportar se explicaba sin reservas por los defectos del régimen soviético, que es como decir que si no hubiera habido el poder soviético, la gente habría sido por fuerza feliz en cualquier circunstancia, hombres y mujeres no se habrían dejado o atormentado entre sí, todos habrían gozado de una infancia plácida e incluso los animales domésticos habrían vivido cien años y la gente no habría caminado apoyando los pies en el suelo, sino flotando ligeramente.

Luego, en la primera década de nuestro siglo, se produjo un descubrimiento increíble: una vez acabado el régimen soviético, por mucho que a veces resultara terrible, la mujer no llegó a ser más feliz.

Parece que hoy incluso la vida les resulte más pesada. Esta pesadez tiene causas ontológicas y sociales.

Recientemente, he tenido la ocasión de hacer una antología de la última prosa femenina, en la que incluí relatos breves y largos de catorce escritoras cuyo rango de edad va de los 25 a los 40 años. Los nombres más interesantes de esta generación son Maia Kucherskaia, Marina Stepnova, Alisa Ganíeva, Anna Starobinets, Natalia Kliuchariova; sus libros se traducen a las principales lenguas europeas, así que cada cual puede confrontar sus propias impresiones con las mías.

Al seleccionar los textos para la antología no me puse ningún objetivo en especial: sólo escogí los relatos que me habían gustado de las escritoras más destacadas de nuestros días. Antes de entregar el manuscrito a la editorial, lo volví a leer de principio a fin y me sorprendió constatar que sobresalían algunas tendencias.

El apolitismo es un rasgo característico de la prosa femenina contemporánea. De pronto se ha hecho evidente que una persona puede estar bien o mal con independencia del sistema económico establecido en el país en que vive. En el mundo que rodea a la mujer queda poca cosa que sea épica. Hay que buscar algo eterno dentro de sí y no fuera.

Otra característica de esta prosa es la determinación de sus protagonistas a encontrar la felicidad, aunque es un esfuerzo destinado a no hacerse realidad. Ya no está Stalin, ni el NKVD, ya no hay que hablar de represiones de masas, e incluso la guerra en Chechenia  ha afectado a una parte de la población rusa no tan grande como cabría suponer.

Y, sin embargo, los personajes en las obras de las escritoras de hoy en día viven en un mundo que les parece difícil: el mundo es peligroso y malvado, dar a luz da miedo, es peligroso vivir.

Lo que en la década de 1990 eran trágicas premoniciones, en la siguiente se ha transformado en un diapasón: el sentimiento de desconcierto y dolor (como, por ejemplo, en Kliucharova) da paso a una sensación de inevitable horror (por ejemplo, en Anna Starobinets). 

Además, los valores que profesan las representantes de la prosa femenina son del todo tradicionales e incluso conservadores: la existencia y la vida cotidiana, la familia y la compasión, una religiosidad silenciosa, musitada, pero distinguible.

Pero lo que más me desconcertó de los textos de las autoras de la nueva generación fue la ausencia de hombres. No me refiero al hombre en calidad de proveedor de la vida cotidiana, sino que ni siquiera aparecía como personaje esporádico (y, menos aún, como protagonista). ¡En decenas de textos no aparecía ni un hombre!

Si se trata de feminismo,  es como si se le hubiera impuesto a la mujer: no lo desea, no lo necesita mucho. Pero no hay elección, y la mujer de la prosa rusa contemporánea crea una vida en soledad.

Es una mujer que vive con todas sus fuerzas y no se rinde hasta el último minuto.

Y parece que ahora está aprendiendo a escoger por sí sola si ser feliz o no. Las mujeres no pueden vivir a priori en aras de objetivos irracionales, es un lujo que sólo pueden permitirse los hombres; las mujeres, en cambio, conciben hijos, y eso significa que debe de haber un futuro y, por tanto, que debe de haber esperanza.

Hay esperanza, se siente, a pesar de todo. Si bien no he logrado entender dónde se oculta. A todas luces, la mujer es la esperanza. Y, bueno, eso ya es algo.