Tania Sávicheva: diario infantil del sitio de Leningrado

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Dibujado por Natalia Mijáilenko

Durante el asedio nazi de Leningrado, Tania Sávicheva, de once años, comenzó a escribir un escueto pero estremecedor diario sobre las muertes de sus familiares. Comparada, forzosamente, con Ana Frank, su fugaz obra sirvió como prueba en los Juicios de Núremberg contra los nazis.

La noche del 12 de septiembre de 1941, la ciudad de Leningrado –actualmente San Petersburgo– desprendía un intenso aroma a chocolate y azúcar fundido con la suave brisa del Nevá. Hubiese sido un sueño para cualquier niño de haberse producido en una situación distinta a la que en realidad fue, ya que el almacén de comida Badayev, el más grande de la ciudad, fue bombardeado por las fuerzas nazis en la invasión a la Unión Soviética.

Tatiana Sávicheva, de once años en el momento del sitio de Leningrado, no tenía tiempo para detenerse y maravillarse en lo que, según un testigo, eran “ríos de chocolate que fluían por las calles” de la ciudad.

Más conocida como Tania, era hija de Nikolái Rodiónovich Sávichev y Maria Ignátievna Sávicheva, un panadero y una costurera en Leningrado, respectivamente. Tuvieron cinco hijos en total: la propia Tania, Zhenia y Nina, y dos niños, Mijaíl y Leka. Sin embargo, Nikolái Sávichev falleció cuando Tania tenía sólo seis años.

La familia tenía pensado pasar el verano de 1941 en un pueblo cercano a Gdov, en el óblast de Pskov, junto al lago Chúdskoye, en la frontera entre Estonia y Rusia. De hecho, Mijaíl sí fue allí, pero el resto de la familia decidió quedarse ya que el 22 de junio estalló el Frente Oriental, la Segunda Guerra Mundial.

Cada uno de los miembros de la familia ocupó sus fuerzas en asistir al Ejército Rojo en actividades propias de tiempos de guerra. La pequeña Tania ayudaba a abrir trincheras y sacaba las bombas incendiarias. 

Un regalo, el cuaderno

En diciembre, con el invierno ya plenamente instalado en toda Rusia, el transporte se hizo imposible a causa de la nieve. Zhenia trabajaba en una planta de armamento, situada a unos siete kilómetros de su casa, donde realizaba dos turnos de trabajo consecutivos y a la que debía ir caminando. Falleció la mañana del 28 de diciembre de 1941 a causa del frío y el cansancio.

Tania, que había recibido un diario en blanco de su hermana Nina, comenzó a escribir en él. Se ha comparado, en ocasiones, a Tania con Ana Frank, la niña judía que escribió su famoso diario durante la ocupación nazi. Lo cierto es que Tania era menor que Frank –Tania tenía 11 años, por 13 de Ana Frank– y lo escribió antes. Sin embargo el diario de la niña petersburguesa sólo cuenta con nueve frases en sus páginas.

La primera entrada en el diario de Tania Sávicheva rezaba lo siguiente: “Zhenia murió el 28 de diciembre de 1941, a las 12:30 horas”. El resto del diario fue escrito del mismo modo, con escuetas pero sinceras palabras.

La familia Sávichev quiso enterrar a Zhenia en el cementerio Serafímovskoe, que era el más cercano a su casa, pero la situación de los cadáveres allí era lamentable, con cuerpos hacinados por los combates, y decidieron llevarlo al de Smolenski. Allí, la madre despidió a su hija: “Ahora te enterramos a ti, hija, pero ¿a nosotros quién nos va a enterrar?”. Un mes más tarde falleció su abuela.

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Su hermana Nina despareció al ir a trabajar el 28 de febrero de 1942, pero Tania jamás la registró en su diario cuando todos la daban por muerta, pues albergaba la esperanza de que no hubiese fallecido. En cambio, en un lapso de tres meses, desde marzo a mayo, Tania tuvo que anotar en su diario las muertes de Leka, tío Vasia, tío Lesha y de su madre Maria Ignátievna, fallecida el 13 de mayo a las 7:30 horas.

Fuente: RIA Nóvosti

La muerte de su madre fue la última de las muertes que Tania registró en su diario, pero no fue la última entrada que escribió. Haría tres más. “Los Sávichev están muertos”, “Todos han muerto”, “Sólo queda Tania”.  

Descubrimiento del diario

Tampoco Tania pudo sobrevivir al asedio nazi y, al igual que Ana Frank, tampoco pudo ver a las fuerzas del Eje derrotadas. La pequeña Tania, de doce años, fue encontrada en situación crítica por enfermeras voluntarias en una operación de rescate junto a 140 niños que se encontraban bajo los escombros en agosto de 1942.

Fue evacuada junto al resto de niños y llevada a un orfanato en Krasni Bor, en el óblast de Nizhni Nóvgorod, a 1.300 kilómetros de Leningrado. La enfermera Nina Seredkina recuerda que Tania después de algún tiempo “era capaz de caminar con muletas y, más tarde, agarrándose a la pared”.

Su delicado estado, junto a la escasez de alimento y medicinas, la llevaron a un asilo de ancianos a 25 kilómetros de Krasni Bor. Allí fue atendida por Anna M. Zhurkina: “Me acuerdo de esta chica. Su rostro era delgado y sus ojos muy abiertos. No me aparté nunca de ella, pero la enfermedad era implacable. No puedo recordarla sin lágrimas”. Falleció el 1 de julio de 1944 a la edad de 14 años a causa de una tuberculosis intestinal.

Nina Sávicheva, su hermana, apareció después de la guerra y descubrió el diario de Tania entre las ruinas de su casa. Lo llevó a un periodista del Komsomólskaya Pravda y, posteriormente, fue utilizado como prueba de genocidio en los Juicios de Núremberg contra los responsables nazis. Su hermana, como informa RIA Novosti, no vivió para saber que no todos los Sávichev habían fallecido, como la propia Nina o Mijaíl.

En 1972 se construyó un memorial en su honor en la localidad de Shatki, donde falleció. La historia de Tania llegó, también, al mundo astronómico ruso, recientemente de actualidad tras el meterorito de Cheliábinsk, ya que un cinturón de asteroides fue nombrado 2127 Tania por su descubridora, Liudmila Chernyj, en 1971, según el Diccionario de Planetas Menores.

Actualmente el diario se exhibe en el Museo de Historia de San Petersburgo, que sirve para recordar a los fallecidos –más de dos millones entre militares y ciudadanos– en el asedio y con la esperanza de que los niños de San Petersburgo vuelvan a ver ríos de chocolate por sus calles mezclándose con el dulce aroma del azúcar en la brisa del Nevá.