Rusia como chivo expiatorio de los males de Occidente

Plaza de Europa en el centro de Moscú.

Plaza de Europa en el centro de Moscú.

Viktor Velikzhanin / TASS
Las críticas contra el Kremlin se han agudizado en estos años. ¿Por qué hay ese doble rasero y se escoge Rusia y no países como Arabia Saudí o Turquía?

Hace viente años, cuando la economía rusa estaba hecha jirones durante la turbulenta presidencia de Borís Yeltsin, pocos podían imaginar que en poco más de dos décadas Rusia sería el centro de todos los focos como uno de los principales agitadores de Occidente.

Actualmente muchos critican a Rusia debido a los abusos de derechos humanos y por su política exterior. Es algo natural, al menos porque el país se ha convertido en un actor relevante a nivel global.

No hay duda de que las políticas exterior e interior de Rusia son muy polémicas, pero esa no es la única razón por la que Occidente ha lazado su aparente cruzada contra el Kremlin. Hay expertos y políticos que dirigen sus acusaciones contra Rusia independientemente de lo que ocurra en realidad. Es como si las escondidas maquinaciones del presidente Vladímir Putin estuvieran por todos lados y su influencia fuera omnipresente.

Queda por saber si esas acusaciones son ciertas o no y debería llevarse a cabo una investigación competente y que sean los tribunales quienes se pronuncien. En cualquier caso, hay una cosa que queda clara: tras esta campaña contra Rusia está la necesidad natural de Occidente por encontrar un adversario que suponga una amenaza existencial.

La soberbia occidental

No es un secreto que tras la caída de la URSS, en el mundo liberal occidental surgió la idea del “final de la historia”, promovida por el profesor de Standford Francis Fukuyama. Los miembros de la OTAN comenzaron a creerse invencibles. Así, Occidente estimuló a otros países a aceptar su sistema de valores y en ocasiones trató de imponer sus normas.

La operación militar en Afganistán fue solo el principio. Le siguió Irak. La intención de Occidente por expandir su influencia en el espacio postsoviético fue interpretada por el Kremlin y sus apoyos como un intento por orquestar una serie de “revoluciones de colores”, bien en Georgia (2003), Ucrania (2004) o Kirguistán (2005). La primavera árabe en Túnez, Egipto y Yemen de 2011 fue otro eslabón en los intentos de Occidente por difundir sus valores.

Finalmente, la cima de esta cruzada occidental fueron los intentos por derrocar a los regímenes políticos de Siria y Libia, que se han convertido en unas guerras civiles de difícil final.

Irónicamente, Occidente no consiguió sus objetivos. Lejos de convertirse en lugares más democráticos y estables, los países se han enfrentado a severas crisis. Se hizo obvio que el escenario occidental no podía hacer frente a la dura realidad. Esto desacreditó los valores democráticos y la propia democracia, como herramientas de política exterior.

Cuando Barack Obama accedió al Despacho Oval la imagen de EE UU había sido dañada y el nuevo presidente tenía la tarea de restablecerla. Aunque no fue capaz de hacerlo y no cumplió sus promesas electorales como el cierre de la prisión de Guantánamo o la retirada de las tropas de Irak y Afganistán.

Es más, no paró los intentos de EE UU de interferir en la política de otros países. Esto afectó a la propia imagen de Obama y a su partido y creó un territorio fértil para que emergieran figuras populistas como la de Donald Trump, que finalmente se ha hecho con la presidencia del país. Este presidente promete detener la cruzada democrática en el exterior y centrarse en los problemas domésticos.

Rusia, detrás de todas las polémicas

En esta situación, y aunque resulte paradójico, Rusia podría desempeñar un papel importante en devolver a las fuerzas liberales al poder en Occidente. Rusia ya ha comenzado a unir a los políticos occidentales, pero no como algo positivo sino como una amenaza.

Según la narrativa mainstream, que ya circula abiertamente en EE UU, todo está claro. Putin y los hackers rusos contribuyeron a la victoria presidencial de Trump y al Brexit. A esto se suman las próximas elecciones en Francia y Alemania, donde los medios ya hablan de una posible victoria de candidatos 'prorrusos' como Marine Le Pen y especulan sobre el posible fracaso de Angela Merkel, conocida por su dura e intransigente postura contra el Kremlin.

Sin embargo, surge una pregunta importante. ¿Realmente tuvo Rusia tal impacto en todos estos procesos políticos? ¿Por qué Rusia y no otro país? Como China, por ejemplo. Rusia está lejos de tener un nivel económico y militar similar al de EE UU. Los ataques de hackers son un lugar común, han tenido lugar y seguirán teniéndolo por ambas parte. Es algo normal.

Por lo que respecta al Brexit. Las élites locales fueron incapaces de reconocer la indignación de los votantes.

De la misma manera, si las fuerzas liberales y políticamente correctas sufren una derrota en Francia y Alemania, su derrota se deberá a los procesos políticos de esos propios países. En Alemania, por ejemplo, la crisis de los refugiados puede desempeñar un papel clave.

Los beneficios de atacar a Rusia

Evidentemente, en un contexto como este, es políticamente beneficioso dirigir las acusaciones contra Rusia. Además también influye la memoria histórica. Todo el mundo recuerda el “miedo al rojo”. Así que es bastante fácil crear desconfianza frente a Rusia.

Pero hay más, Occidente puede criticar a Rusia sin esperar serias implicaciones para sus intereses a largo plazo, porque la lista de sus aliados estratégicos incluye a Arabia Saudí, a los países del Golfo o a Israel, pero no a Rusia.

En otras palabras, la críticas al Kremlin no minan necesariamente los intereses estratégicos de Occidente. Esa podría ser la razón por la cual Riad y Doha pueden bombardear civiles en Yemen sin esperar sanciones por parte de Occidente. Por eso Israel puede seguir construyendo asentamientos en Palestina a pesar de las quejas de los musulmanes. Esa podría ser la razón por la que el presidente Erdogan de Turquía se siente inmune para encarcelar a miles de ciudadanos a lo largo del país.

Finalmente, Rusia es lo suficientemente fuerte como para presentarse como “el coco”. Puede suponer una amenaza aunque es posible tratar con ella. Por eso Occidente escoge el Kremlin y no Catar o Arabia Saudí (que supuestamente financia el terrorismo y ha estado implicada en el 11S), no Ucrania con su caos político o China con su poder económico global. Rusia es los suficientemente grande y fuerte a primera vista. Debido a su débil economía y a su adicción al petróleo es un buen objetivo que hay que contener.  

En resumen, Occidente necesita criticar a Rusia para así poder encontrar explicaciones a su propio retroceso geopolítico y a sus males. Al mismo tiempo, esta táctica es bastante segura, porque apenas supone una amenaza para sus propios intereses nacionales.

Archil Sikharulidze es investigador  y uno de los fundadores de Centre for Systemic Political Research (CSPR) y es profesor invitado en la Univerisdad Estatal de Tbilisi (Georgia).

Publicado originalmente en inglés en Russia Direct.

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