Israel y Rusia o el arte del equilibrio diplomático

Vladímir Putin y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en un encuentro bilateral. Fuente: AFP / East News

Vladímir Putin y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu en un encuentro bilateral. Fuente: AFP / East News

Las relaciones entre Rusia e Israel se remontan a la creación del Estado judío. La URSS apoyó a los países árabes durante gran parte de la guerra fría, lo que supuso un distanciamiento. Desde la caída del régimen soviético y la llegada masiva de inmigrantes de las antiguas repúblicas socialistas a Israel la situación ha cambiado.Actualmente mantienen un significativo intercambio comercial y unas pragmáticas relaciones diplomáticas.

Desde la creación del Estado de Israel, Rusia jugó un papel tan importante en su creación como el de los EE UU. Ya en la Segunda Guerra Mundial, el peso del Comité Judío Antifascista en la URSS no fue nada desdeñable en el poder soviético.

Cuando la guerra acabó y se planteó la necesidad de un Estado –hecho que venía discutiéndose desde 1941– la URSS apoyó su creación, a pesar de que no aprobaban las tesis del movimiento sionista de Chaim Weizzmann.

Israel disfrutó desde 1949 del apoyo demográfico, político y militar de la Rusia de Stalin, a pesar de que ya por esa fecha, empezaron las purgas dentro del Partido contra los judíos soviéticos que pugnaban por el poder de la cúpula. Esta purga afectó directamente al Comité Judío Antifascista, siendo ilegalizado y muchos de sus miembros encarcelados o ejecutados. Por cierto, esta entidad soviética fue la que defendió con uñas y dientes la creación del Estado del Israel en la URSS.

Las relaciones entre estos dos pueblos se vieron todavía más afectadas por el apoyo lógico –en el contexto de la guerra fría– de la URSS a los países árabes. La época más espinosa fue la que comprenden los años de 1967 a 1988, hasta este último año no se restablecieron del todo las relaciones diplomáticas a pesar de varios intentos por ambas partes.

La realidad es que en la creación del Estado de Israel participaron en amplia representación muchos inmigrantes procedentes de la URSS. La historia del judaísmo en Rusia es tan rica y compleja como la de otros países europeos que acogieron la diáspora histórica de este pueblo.

La complexión rusófona del Estado de Israel

A pesar de las purgas –paradojas de la política exterior– Moscú apoyaba con armas al naciente Estado y como hemos señalado anteriormente su apoyo demográfico fue decisivo y podríamos decir que casi clave para su homogenización étnica.

Incluso cuando a finales de los 40 se produjo el éxodo de 700.000 palestinos árabes, la URSS culpó a los británicos, exonerando a Israel de cualquier responsabilidad por lo ocurrido.

Desde finales de los años 80, la población con doble nacionalidad –ruso-israelí– ha crecido hasta llegar al 15% dentro del propio Israel, una cantidad nada desdeñable. Desde que se desintegró la URSS llegaron al país mediterráneo alrededor de 1.250.000 personas. Tanto es así que Putin calificó recientemente a Israel como un “país rusófono”. Los rusos están integrados a todos los niveles en la vida económica, política y social del país, no olvidemos que el actual ministro de Exteriores –Avigdor Lieberman–, nació en la antigua URSS.

El turismo y el comercio en aumento

 No es ningún secreto que en la última década Israel se ha convertido en un destino muy solicitado por los rusos que no encuentran barreras de visado para viajar al país. De acuerdo con la Oficina Central de Estadísticas de Israel, alrededor de 380.000 rusos visitaron el país en 2012, y ostentan el segundo puesto en el ranking de visitantes después de los norteamericanos.

El comercio bilateral entre ambos países alcanzó en 2013 alrededor de los 10.000 millones de dólares, Rusia importa principalmente productos agrícolas y equipos médicos; Israel, diamantes e hidrocarburos, según datos aportados por el Servicio Estatal Ruso de Estadísticas.

Actualmente existe un grupo de trabajo con la Unión Aduanera (Rusia, Kazajistán y Bielorrusia) para avanzar en el libre comercio interregional.

Fuertes ligazones en el ámbito militar y energético

Otro sector de estrecha colaboración es el militar; ambos participan conjuntamente en un programa especial dedicado a los drones. Hace cinco años firmaron un contrato con la empresa Israel Aerospace Industries (IAI) para la compra de 12 drones de vigilancia con un coste de 53 millones de dólares. En 2012 volvieron a firmar otro contrato para la entrega de 400 drones más. Sin embargo recientemente Israel ha anunciado su intención de no suministrar más drones, restricción que no afectará a los aviones ya suministrados que seguirán recibiendo un tratamiento posventa y de mantenimiento.

En la costa de Israel también se han detectado importantes yacimientos gasíferos en los que la empresa estatal rusa Gazprom participará activamente en su extracción. Todavía más, el año pasado la empresa rusa firmó un contrato con la empresa israelí LNG que permite la explotación del yacimiento gasífero de Tamar, en Haifa, por un periodo de 20 años, en ese sentido la alianza con EE UU en este sector ha quedado definitivamente rota.

El arte del equilibrio diplomático

Pero no todo es oro lo que reluce, Rusia disiente con Israel en el ámbito de la política exterior en tres cuestiones fundamentales. Irán, Siria y la cuestión palestina.

Rusia tiene intereses vitales en Irán, país al que ayuda a desarrollar su programa nuclear con fines civiles y pacíficos. Israel junto a EE UU está totalmente en contra de que desarrollen ni siquiera con fines civiles este tipo de tecnología con la excusa de que podrían desarrollar el armamento del que ellos mismos disponen.

Rusia ha declarado no solo con palabras sino también con hechos (resoluciones de la ONU) su rechazo frontal a que Irán desarrolle este tipo de armamento pero reconoce que no hay nada de malo en que mejoren su eficiencia energética con la ayuda de la energía nuclear, algo que hacen muchos países sin que nadie se lo impida. Paradojas del doble rasero con el que se tratan algunos temas en la arena internacional.

En cuanto a Siria y el apoyo de Rusia al Gobierno de Asad, que choca frontalmente con la rivalidad histórica entre judíos y sirios por los Altos del Golán, debemos decir que ha habido un cambio sustancial en la opinión de Israel al respecto, determinada en gran parte por la irrupción del Estado Islámico y la irakización del país. Es como si Asad, que en opinión de Israel tiene sus días contados, se hubiese convertido en un problema menor. No obstante, sigue existiendo un grave problema en torno al abastecimiento de armas a Siria por parte del Gobierno ruso, más que nada por el miedo a que muchas caigan en manos del grupo chií libanés Hezbollah, su peor y más potente enemigo cercano.

Por último, la cuestión palestina también es un punto de fricción, Rusia como antes la URSS ha apoyado la creación de un Estado palestino, dentro del marco de fronteras establecido en 1967, antes de que los israelíes se lanzasen a una desenfrenada campaña de invasión y ocupación de territorios tradicionalmente árabes.

Y ahora, ¿qué?

Recientemente, un alto cargo del Gobierno estadounidense llamó cobarde –exactamente “gallina”– a Netanyahu por no afrontar unas negociaciones serias con los palestinos. A esto se añaden los puntos de fricción en otras esferas como la pérdida de contratos en varios sectores como el del gas, mencionado anteriormente.

Puede que a pesar de estas tres divergencias Israel se acerque todavía más a Rusia, después de todo su Estado se formó en gran medida con inmigrantes soviéticos y ahora rusos, su relación con el gigante eslavo se basa más en la honestidad y sinceridad y no tanto en la creciente desconfianza con sus aliados tradicionales: motivos no les faltan.

Muestra de ello es el silencio guardado por Israel respecto al conflicto ucraniano, donde han mostrado su desconfianza por el Gobierno establecido allí después del Maidán por la inclusión de elementos neonazis en su gabinete –hace poco incluso alertaron del creciente antisemitismo en el país después del cambio–.

Por otra parte, Rusia parece que les devolvió el favor, guardando silencio en la última y devastadora operación israelí en Gaza que se saldó con 2136 muertos de los cuales más de un 75% correspondían a civiles. Este silencio, sin duda doloroso, si tenemos en cuenta la opinión de Rusia respecto a la cuestión palestina, está planteado dentro de su tradicional política de no intervención en asuntos relativos a la soberanía nacional de otros estados. Pero puede que esté dentro de una estrategia más amplia que desemboque en unas negociaciones más serias de las llevadas a cabo hasta ahora en el conflicto y que ponga las bases de una paz duradera, donde la intermediación de Rusia podría convertirse en vital –en oposición al fracaso constatado de EE UU como mediador en el asunto–. Rusia podría ser un interlocutor visto por ambas partes como objetivo y escrupulosamente neutral.

¿Será la próxima victoria diplomática rusa? El tiempo lo dirá.

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