De Ucrania a Chechenia, cuando el cómic interpela la historia

Ilustración para la cubierta de “Cuaderno ruso” Fuente: Igort.

Ilustración para la cubierta de “Cuaderno ruso” Fuente: Igort.

Charla con el dibujante Igort con motivo de la publicación en español de “Cuaderno ruso”, novela gráfica sobre el conflicto del Cáucaso.

Chéjov escribió en su diario que para narrar una historia sólo se necesitan dos cosas: un buen par de zapatos y una pluma. Ésta es la máxima que siguió Igor Tuveri (Cagliari, 1958), más conocido artísticamente como Igort, cuando decidió que su nuevo proyecto sería un libro sobre el escritor ruso inspirándose en las casas que habitó. Para ello viajó a Rusia, Ucrania y Crimea, pero lo que sintió paseando por sus calles transformó radicalmente la idea original. Acostumbrado a trabajar en el estudio, se enfrentó por primera vez al reto de convertir en material de trabajo todo aquello que experimentaba sobre el terreno. Empezó a hurgar en la memoria de los ucranianos, a entrevistar a la gente por la calle, a entender el presente interpelando el pasado comunista.'Cuaderno ucraniano', un emotivo ejercicio de reconstrucción histórica, se publicó en español en 2011 en la editorial Sins Entido.

Ese mismo año apareció en Italia Cuadernos rusos, un homenaje a Anna Politkóvskaia. Igort, de ascendencia eslava, recuerda en las primeras páginas de esta novela gráfica que quedó conmocionado cuando se enteró de su asesinato en 2006.

Durante su viaje al Este, tres años después de leer aquella noticia, habló con personas cercanas a la periodista de Nóvaya Gazeta. La figura de Politkóvskaia se convirtió en una suerte de guía para intentar responder las preguntas que se le acumulaban. Apoyándose en abundante material documental y trabajo de campo, plasma la cara oculta de la guerra en Chechenia.

RBHT charla con Igort a los pocos días de presentar en el Festival de Cine de Roma su último trabajo cinematográfico, el guion de la películaEl último verano.

Fragmento de "Cuaderno ruso". Fuente: archivo personal.

Los dos cuadernos suponen un cambio muy importante en su proceso creativo, también en los temas que aborda, más pegados al periodismo y la crónica.

El género documental está avalado por una sólida tradición que no necesariamente está ligada a la experiencia periodística. Me he inspirado en directores como Werner Herzog, Michelangelo Antonioni, Wim Wenders o Pier Paolo Pasolini. A ellos no les interesaba una noticia en particular sino el hecho de explicar una historia que emana directamente de la realidad.

Ha sido muy importante permanecer fiel al contenido de las entrevistas que realicé en Ucrania y Rusia para luego poder reconstruir los hechos históricos. El cómic como disciplina es, bajo mi punto de vista, la forma ideal para hacerlo porque el dibujo es un arte evocador, muy poético y autónomo, capaz también de plasmar los detalles más pequeños. Tengo experiencia en el mundo del cine y cuanto más trabajo en él más me gusta el cómic. La pobreza de medios es lo que te permite ser independiente. No tienes que pedir dinero a nadie, puedes moverte rápida y fácilmente. Lo único que necesitas es talento y una idea clara de lo que quieres explicar.

¿Qué posibilidades ofrece el cómic para enfrentarse a capítulos tan duros del pasado?

Si hubiera querido embarcarme en un documental para la pantalla que reflejara todas estas historias puede estar seguro de que habría necesitado el presupuesto de una película de Steven Spielberg. Con el dibujo puedes crear distintos niveles de abstracción, algo muy útil para evitar la exposición pornográfica de la violencia, cuestión que afecta a los medios de comunicación contemporáneos. Abordar estos temas es parte de un posicionamiento ético. Y también político. Los narradores actuales deberían involucrarse un poco más en la denuncia de las cosas que pasan a su alrededor.

Algunos opinan que la novela gráfica es la versión contemporánea del “nuevo periodismo”.

En todo caso es una forma moderna de literatura. A veces es, además, periodismo. Mi meta no es conseguir una exclusiva sino hablar de seres humanos que es, supongo, el propósito de la literatura.

Igort (Cagliari, 1958), considerado como uno de los autores más refinados de la vanguardia de la ilustración, fue uno de los fundadores del grupo Valvoline, a la vez que su obra llegaba a América y Japón. Inmerso en una frenética actividad, funda numerosas revistas: como Dolce vita, Fuego, Due, Black. Durante los años 90 publicó en Japón de forma regular, creando la serie Amore, ambientada en Sicilia, y Yuri, ambas editadas por la editorial Kodansha. En el año 1994 expone su creación en la Bienal de Venecia y en el 2000 funda y dirige la editorial Coconino Press. La obra 5 è il numero perfetto se ha publicado simultáneamente en Italia, Francia, EE UU, Canadá, Alemania, Holanda, España, Grecia y Portugal, y se llevará a la gran pantalla. Ha escrito obras de narrativa y guiones cinematográficos.

Sus viajes por el antiguo espacio soviético tenían un fin concreto: abordar la figura de Chéjov a partir de los lugares en los que vivió. ¿Qué le hizo abandonar su proyecto inicial y crear Cuaderno ucraniano y Cuadernos rusos?

Chejóv es, para mí, un padre espiritual, alguien que me enseñó a ver y observar. Durante mi estancia por las antiguas repúblicas soviéticas y Rusia empecé a darme cuenta de que el “sueño comunista” no había sido tal sueño, ni mucho menos, sino más bien una pesadilla. No es necesario ser una persona muy sensible para llegar a esta conclusión.

Así que decidí trabajar al aire libre, como los pintores impresionistas a finales del siglo XIX. Empecé a rastrear historias personales, a parar a la gente por la calle y preguntarles. Mi objetivo era contar los hechos históricos a partir de las consecuencias que tuvieron en la vida de las personas normales y corrientes.

En Rusia fue más complicado dado el clima de violencia que se vivía. El día que llegué acababan de asesinar al abogado Stanislav Markélov y a la periodista Anastasia Babúrova no muy lejos del Kremlin. Visité también el apartamento de Anna Politkóvskaia. El ambiente era más bien tétrico.

En Cuaderno ruso alude en distintos momentos a la indiferencia de la sociedad civil rusa.

Rusia es el país más extenso del mundo y tiene su propia visión de las cosas. Con bastante frecuencia me encontré allí con la opinión de que la democracia es un invento europeo, un constructo literario, una farsa, algo imposible de alcanzar. Es cierto que no se debe caer en la generalización, pero la mayoría de personas que conocí preferían tener un “hombre fuerte” como líder.

¿Y qué opiniones escuchó acerca de la figura de Politkóvskaia?

Es difícil de decir. Hay quienes la tienen por una persona honesta y luchadora, pero son aquellos que han preferido no consumir propaganda. Pero son los menos. La mayoría la considera una utopista y eso me entristece.

En esta novela gráfica se siente la presencia de Tolstói y Dostoievski. Además de que eran las lecturas de Anna Politkóvskaia, aparecen como vestigios de un pasado en el que existían ciertos referentes morales y un crédito a la palabra.

La Rusia contemporáneo está muy lejos de la antigua Rusia literaria. Sólo unos pocos intelectuales como Galia Ackerman -ensayista, periodista y traductora al francés de Anna Politkóvskaia- parece que conserven cierta visión moral de la vida.

Para ser francos, durante mi viaje pude corroborar lo que Anna Politkóvskaia quería decir con “prohibido hablar”. La gente se incomodaba realmente cuando tocaba el tema checheno. Algunos literalmente huían y otros negaban incluso que hubiera habido una guerra. En este sentido fue un viaje bastante amargo.

Leemos en Cuaderno ruso que “la crueldad humana estimula la imaginación” para explicar de alguna manera actitudes bárbaras contra la población civil chechena.

He intentado describir las torturas cometidas por el Ejército ruso y sus fuerzas especiales a los prisioneros civiles. Mi único objetivo es dar voz a las víctimas de la manera más desnuda y directa posible, sin narcisismos.

Cita el libro de Arkadi Bábchenko, La guerra más cruel, en el que se explica el proceso de degradación moral por el que pasaron los jóvenes soldados rusos destinados a Chechenia. Al principio de Cuaderno ruso estos soldados aparecen como ejecutores sin escrúpulos pero al final muestra también la corrupción espiritual que antes sufren a manos de sus superiores.

No pretendo erigirme en juez, son los lectores quienes deben extraer sus propias conclusiones. En mis últimos libros me sitúo como mero observador.

Fabrizio Gatti, uno de los mejores periodistas italianos y valiente reportero, me dijo una vez que la clave es actuar como una mosca, no alterar la escena. Nunca lo había visto de esta manera y ahora me parece una gran lección que, instintivamente, he intentado llevar a la práctica.

Al final de Cuadernos rusos hace un viaje en el tiempo, de Chechenia y Moscú se pasa a Siberia, durante las deportaciones estalinistas.

Es un vínculo con Cuaderno ucraniano y el resultado de las políticas hegemónicas rusas. Cada individuo o pensamiento que se consideraba no alineado con la doctrina oficial tenía que extirparse. Esta praxis política permanece a pesar del cambio de gobiernos. Hay otros 200 periodistas asesinados o heridos de gravedad durante la era Putin. Es una triste letanía que parece no tener fin.

¿Tiene previsto publicar otro trabajo como resultado de su experiencias rusa?

Para empezar, he actualizado Cuaderno ucraniano con lo que está sucediendo actualmente. Mantengo contacto diario con gente que vive allí, con blogueros rusos como Elena Vasileva. Al igual que he intentado explicar lo que había sucedido en Chechenia, ahora informo sobre esta otra “guerra invisible”.

He añadido, a sugerencia de Art Spiegleman, un post scriptum de dieciséis páginas dado que lo que cuento en Cuaderno ucraniano no deja de ser la raíz de un conflicto que pone de manifiesto la hipocresía europea. Además estoy preparando Cuaderno místico, otra novela gráfica en la que intentaré mostrar el paisaje oculto del Cáucaso. Esta región no es sólo un territorio rico en petróleo y montañas sobrecogedoras.

¿Qué sentimientos le provoca Rusia?

Amo la cultura rusa y su gente, pero me desagrada la política hegemónica que intenta imponer, su deseo de borrar las diferencias. Lo que intento decir es que el conflicto en Ucrania, tanto ayer como hoy, es un conflicto identitario, de redefinir los límites de la gran madre Rusia. Es la estrategia del “divide y vencerás” aplicado por los antiguos gobiernos imperialistas.

 

Cuadernos rusos de Igort. Salamandra Graphic. Barcelona, 2014. Traducción de Regina López Muñoz. 184 páginas. Más información en www.igort.com