Arte contemporáneo y equilibrios políticos a la rusa

La bienal de arte europea Manifesta 10 celebrad en San Petersburgo no ha estado exenta de polémica. Fuente: Reuters

La bienal de arte europea Manifesta 10 celebrad en San Petersburgo no ha estado exenta de polémica. Fuente: Reuters

San Petersburgo acoge la bienal europea Manifesta 10.

Rusia es un país poli-lógico, donde en el mismo día puedes ser cacheado por la policía tres veces, ver piezas de arte excepcionales, asistir a una cena donde te ofrecen vodka y caviar de primera calidad en el patio del Hermitage, ver cómo inmigrantes trabajan en la construcción por lo que tu gastas en un smoothie y luego ir a la fiesta exclusiva de Dasha Zhukova en la que los invitados se reconocen entre ellos y dicen “te recuerdo en la fiesta de Londres, o fue en Berlín?”.

Si leemos las crónicas publicadas sobre Manifesta 10 en la prensa, la primera conclusión es que los temas políticos (Ucrania, gais…) han convertido lo que era un evento ordinario (una programa de arte contemporáneo) en algo extraordinario (un acto a boicotear). ¿Pero qué hay de excepcional en una bienal europea de arte organizada en Rusia en 2014?

De junio a octubre se ha celebrado en San Petersburgo dicho evento. Recomendable por varias razones, pero polémica por otras tantas. La mayoría de los críticos de arte con los que hablé coincidía en que “la calidad de los trabajos es bastante irregular, con algunas piezas interesantes, pero otras prescindibles”, “la exposición está pobremente comisariada”  y “Manifesta 10 debería haber arriesgado más; esto no es un museo”.

La experimentación no parece haber estado entre las prioridades de la décima edición de la bienal, sino que la necesidad de alcanzar compromisos ha condicionado el evento. Y en esto radica su mayor interés, paradójicamente.

Como nos cuenta la galerista Olga Témnikova, no es posible entender la Manifesta  10 sin prestar atención a las circunstancias políticas (boicots de varios artistas tras lo ocurrido en Ucrania y por la ley que oprime minorías sexuales), económicas (los trabajadores han cobrado con dos meses de retraso); también de pluralismo y espacio público, además de las diferentes tradiciones culturales y cívicas que han tenido que negociar puntos medios donde gravitar.

Un ejemplo de ello es que los comunicados de prensa decían cosas diversas dependiendo del idioma (ruso e inglés). Además, el responsable europeo del evento –Kasper König– no habla ruso y parece desconocer también la sociedad y trayectoria del país. Por ejemplo, declarando gratuitamente que en Rusia no existe la sociedad civil

Igualmente, los creadores locales han mirado con recelo a “los invasores europeos” por no contar lo suficiente con ellos y por sospechar cierta mentalidad “colonialista”. Al final, organizaron un programa basado en equilibrios que parece no satisfacer a casi nadie pero que está sirviendo de plataforma para el diálogo, el intercambio de ideas y la difusión del arte contemporáneo.

Y es que el actual sistema político ruso no va durar para siempre y la sociedad que venga después tiene que ser  construida a través de las ideas y de los compromisos. En este sentido, el arte contemporáneo, caracterizado por la ironía, el pluralismo y la experimentación, puede ayudar a construir una convivencia mejor.

“El arte trata de crear discusión, diversidad de significados y voces. Esto puede cambiar algunas cosas; si agitamos la mente de algunas personas ya es bueno. Como artista, uno no tiene que crear una revolución, sino imaginarla”, comparte Kristina Norman, quien ha instalado un árbol de navidad ucraniano frente al museo del  Ermitage.

[Fotos] Paseo por Manifesta 10, la bienal de arte contemporáneo de San Petersburgo

Ekaterina Degot, crítica de arte local, se muestra más pesimista y explica que ella ha decidido no participar en lo que entiende “un lavado de cara” del poder político y económico del país.

El ayuntamiento de San Petersburgo ha aportado unos 150 millones de rublos (3,5 millones de euros) para la organización de Manifesta 10. Además, el evento ha contado con espacios artísticos excepcionales, como el museo del Eermitage, el edificio de la capitanía general, y el de los cadetes al lado de la universidad.  También están incluidos en el programa intervenciones en espacios públicos, bares y galerías como el Museo Kuryokhin, Taiga o Marata 33 (con unos recitales y charlas excepcionales).

Las obras de los artistas internacionales más conocidos se han expuesto en el Ermitage en un supuesto diálogo con las piezas de la exposición permanente. Esto coincide con el 250 aniversario del museo, y ha funcionado, de alguna manera, como regalo de cumpleaños.

La exposición central tiene lugar justo en frente, en el edificio de la capitanía general. De entre los trabajos contemporáneos destaca sobre todos el del artista holandés Van Lieshout, quien retomó la idea de Catalina la Grande de introducir gatos en el sótano del  Ermitage para eliminar a los ratones. Además de espectacular, tiene ciertas evocaciones políticas, como por ejemplo a las Pussy Riot

Otro trabajo con referencias políticas –éste en el Ermitage– es el realizado por M. Dumas, quien muestra retratos de grandes personajes con orientación homosexual. En el edificio de los cadetes, mi obra favorita es la de Aslan Gaisumov, quien ha instalado puertas de metal diseñadas con motivos olímpicos y agujereadas durante la guerra de Chechenia.

Las contribuciones de Gerhard Richter (Ema, desnudo en la escalera) y Thomas Hirschhorn (Abschlag, un apartamento destrozado que evoca múltiples formas de destrucción) han creado discusión por provocadoras. También las fotos de Wolfgang Tillmans por meticulosas y humanas.

 La exposición cuenta, además, con trabajos de Joëlle Tuerlincks, Ilya y Emlia Kabakov, Joseph Beuys e incluso de Henri Matisse, todavía transgresor y contemporáneo. De entre los artistas más jóvenes, caben destacar Pavel Pepperstein e Ivan Plusch por frescos y originales.

No obstante, los comisarios y artistas tuvieron que aceptar que algunas piezas conllevaran el signo “+16”, advirtiendo de lo que las autoridades locales entienden como contenido pervertido.  “Esta es una Manifesta sin manifiesto. Su propósito no es pronunciar ninguna verdad”, advirtió el propio director Kasper König.

Este tipo de contradicciones muestra la necesidad de hacer compromisos y de favorecer el diálogo al conflicto, además de hacernos reflexionar sobre la caducidad (o no) del arte contemporáneo.

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