Shirókov: fútbol, alcohol e incontinencia verbal

Roman Shirókov, en uno de sus últimos partidos con el Zenit. Fuente: fc-zenit.ru

Roman Shirókov, en uno de sus últimos partidos con el Zenit. Fuente: fc-zenit.ru

Román Shirókov, capitán de la selección, tiene clase y llegada, es probablemente el mejor centrocampista del fútbol ruso, pero hoy no vamos a hablar de su juego, sino de su truculenta historia y su carácter indomable.

Hasta hace tres semanas era el hombre orquestra del Zenit, el mejor club del país, pero a finales de febrero tuvo una fuerte bronca con el entrenador, Luciano Spalletti, en una concentración del equipo en Israel durante el parón invernal.

No debió ser el primer desencuentro, dado su temperamento caliente y su lengua afilada, pero sí el más grave, la gota que colmó el vaso. Tanto como que, pese a sus 10 goles en 19 partidos este curso (¡siendo centrocampista!), el Zenit lo envió inmediatamente de vuelta a Rusia y negoció su salida del club, que llegó en forma de cesión al Krasnodar, un equipo de clase media, poco menos que un destierro para un jugador de su estatus.

Para que se hagan una idea de la trascendencia de la noticia en el fútbol ruso, es como si el Barcelona cediese a Xavi Hernández al Levante por un broncazo con el ‘Tata’ Martino. La cesión de Shirókov es hasta final de temporada, pero se trata de una mera formalidad, la fórmula más a mano que se encontró para agilizar el trámite. Su contrato con el Zenit expira el 30 de junio y a sus 32 años difícilmente volverá a vestir la camiseta del equipo de San Petersburgo.

Shirókov tuvo una infancia complicada, hijo de una madre viuda y producto de Dedovsk, una pequeña localidad 40 kilómetros al Oeste de Moscú. Un lugar sórdido en la década de los 90 en Rusia, tras la caída de la URSS, y que coincidió con la adolescencia de Román. Desde una edad temprana forjó su afición por el alcohol, por otra parte, nada inusual en su pueblo en aquellos días, donde los jóvenes tenían pocas expectativas.

Se formó como futbolista en la cantera del CSKA de Moscú, que en 2001, con 20 años, lo cedió al Torpedo para que se foguease. Ya en su nuevo club, se marchó un buen día de barbacoa con amigos y pasó casi dos meses desaparecido. Cuando se dignó a dar señales de vida, se presentó con una pierna rota y una historia harto inverosímil.

Tenía todos los visos de un ‘zapoi’, palabra rusa para definir borracheras en las que el protagonista deambula acompañado por ‘amigos’ durante días o hasta semanas. “Siempre tomábamos cerveza, vodka y a veces todo junto bien mezclado. Una vez perdí el control y estuve dos meses ausente del mundo. Fue caótico, la primera vez que entendí mis problemas con el alcohol. Estaba listo para terminar con mi hobby del fútbol y mi idea era conseguir otro trabajo”, reconoció el jugador años después. El Torpedo no compró su historia y lo empaquetó de vuelta al CSKA.

El CSKA, que ya se sabe, es el club del ministerio de Defensa, lo envió al Ejército para que enderezase el rumbo con unos meses de disciplina castrense. “Mi madre quiso que aprendiera, le había decepcionado y allí me obligaron a cambiar. Tuve que pintar paredes en la base de Vatutinki, cavar trincheras y ayudar a tender cables eléctricos. Dormía en barracones y a las seis de la mañana estaba en pie. Cuando salí de allí, el CSKA no quiso saber nada de mí. Ese fue mi castigo”, explica el futbolista, al que la ‘terapia militar’ le sirvió de más bien poco.

Inició entonces un periplo por equipos de segunda fila, época en la que además de a la bebida se dio al juego. La carrera de Román en el fútbol de élite estaba prácticamente sentenciada. No fue hasta 2004 que salió del círculo vicioso, cuando conoció a Katya, que después se convertiría en su esposa. “Acabé dejando el alcohol por respeto a mí mismo”, relata el propio Shirókov.

También resultó clave en su recuperación la figura de Viacheslav Komárov, amigo de la infancia y entrenador del modestísimo Istra, que le dio una última oportunidad. “Komárov me supo ayudar, me hizo respetarlo y a partir de ahí empecé a reconstruir mi carrera, que había tocado fondo por culpa de la bebida. A los pocos meses, por motivos económicos, tuve que salir del club, pero había logrado dejar el alcohol. Algo cambió dentro de mí, había perdido tiempo pero todavía no era demasiado tarde para enderezar mi carrera”.

Y efectivamente la suerte de Román cambió. En 2008 los astros se alinearon para concederle una oportunidad en el todopoderoso Zenit. Aunque su demarcación es mediocentro, una lesión y una venta en el equipo le abrieron las puertas de la titularidad en el centro de la defensa. Ocasión que aprovechó.

En comparación con los estándares del fútbol contemporáneo, la suya fue una eclosión tardía, a los 27 años. Sea como fuere, las siguientes cinco temporadas fueron las mejores de su carrera, en las que se erigió en pieza clave del Zenit, con el que ganó dos ligas rusas y una Copa de la UEFA. En clave individual, el curso pasado fue elegido ‘Futbolista del Año’ en el campeonato nacional.

Pese a que Shirókov dejó atrás su relación con el alcohol, se ha convertido con el tiempo en el jugador más polémico del fútbol ruso, merced a su incontinencia verbal. En junio tuvo que cerrar su cuenta de Twitter (227.000 seguidores), cuyo éxito radicaba en su sinceridad brutal.

En sus publicaciones, siempre polémicas, Román disparaba en todas direcciones, desde la organización de la liga hasta los aficionados de su propio equipo. En cierta ocasión se encaró con el periodista Víctor Gusev y también fue célebre el desencuentro con su compañero Viacheslav Malafeev, con el que pasó un año sin hablarse.

Así, genio y figura, a nadie sorprendió del todo la reciente bronca de Shirókov con el técnico de Zenit que le ha costado el destierro en Krasnodar. Sin embargo, y salvo catástrofe, este verano lucirá el brazalete de capitán en el Mundial de Brasil,  una guinda a su singular carrera.