Las claves de la posición rusa ante el conflicto de Siria

A pesar de las numerosas críticas por parte de occidente, el país eslavo se ha convertido en un actor clave para la resolución del conflicto. Fuente: Reuters

A pesar de las numerosas críticas por parte de occidente, el país eslavo se ha convertido en un actor clave para la resolución del conflicto. Fuente: Reuters

Tras años de críticas por su apoyo al régimen de Al Assad, Rusia se ha convertido en un actor clave para la resolución del conflicto.

En estos momentos se está desarrollando la conferencia de paz sobre Siria en la ciudad suiza de Ginebra, organizada por Estados Unidos y Rusia bajo los auspicios de Naciones Unidas. Aunque es muy improbable que se alcance una solución definitiva al conflicto, dado lo enconado de las posiciones y el enorme número de muertes producidas, no cabe duda de que al menos se podrían lograr acuerdos parciales, que permitan un alto el fuego para facilitar la llegada de ayuda humanitaria a los civiles y un intercambio parcial de prisioneros.

En todo caso, se trata de un escenario más positivo que el de hace medio año, cuando tras el uso de armas químicas en un suburbio de Damasco parecía inminente un ataque estadounidense y británico.

Sin embargo, y aunque ni los respectivos parlamentos ni la opinión pública estaban a favor de entrar en el avispero sirio, el factor decisivo que impidió el ataque fue la propuesta rusa para destruir el arsenal químico de Bachar al Assad, plan aceptado por Damasco y que se está ejecutando conforme a los plazos previstos

Esto se ha considerado un gran éxito de la diplomacia rusa, algo que no deja de ser paradójico si se considera que desde que comenzó el conflicto en Siria la posición del Kremlin ha sido objeto de todo tipo de críticas desde Occidente.

El anuncio de que Rusia vetaría cualquier resolución del Consejo de Seguridad que autorizase el uso de la fuerza le valió acusaciones de connivencia con el régimen sirio, en base a oscuros intereses geopolíticos y económicos. No obstante, esa visión simplista oculta una realidad mucho más compleja. 

La posición de Rusia y los intereses geopolíticos

Sería absurdo negar que Rusia tenga importantes intereses en juego en el conflicto de Siria. Por una parte, se trata del único aliado que le queda en Oriente Medio desde la época de la Unión Soviética, lo que se materializa en el existencia en el puerto sirio de Tartus de unas instalaciones de apoyo logístico que le permiten desplegar sus unidades navales en el Mediterráneo, algo que vuelve a producirse con asiduidad tras dos décadas de ausencia.

Además, las empresas rusas han realizado inversiones millonarias en el mercado sirio. De hecho, Damasco firmó un acuerdo el pasado mes de diciembre con Soyuz Naftogaz (compañía controlada por el Banco Central de Rusia) para la exploración y explotación de petróleo en sus aguas territoriales. Se trata del primer permiso de explotación offshore que Siria da a un país extranjero, y la inversión inicial rusa alcanzará los 90 millones de dólares.

También es significativa la venta de armamento ruso al régimen sirio. La industria de defensa es para el Kremlin un sector estratégico, que da empleo a unos dos millones de personas, y el negocio exterior resulta clave para su viabilidad.

En todo caso, no se debe exagerar su importancia, ya que las ventas a Siria representan una cantidad pequeña frente a las compras de otros países como la India o Venezuela. 

Por último, hay que recordar que el terrorismo del Cáucaso Norte ha recibido tradicionalmente apoyo de radicales islamistas suníes, cada vez más presentes entre la oposición siria, por lo que la caída de Al Assad sería muy perjudicial para la seguridad de la propia Rusia.

Además, está acreditada la presencia de chechenos en el bando rebelde, que de lograr la victoria regresarían triunfantes para continuar su particular yihad contra Moscú.  

La posición de Rusia y el derecho internacional

Pero más allá de la geopolítica, la posición de Rusia en el conflicto de Siria tiene una dimensión que afecta a los principios mismos de las relaciones internacionales, tal y como quedaron configurados tras la Segunda Guerra Mundial.

Esos principios se recogen en la Carta de la ONU, que establece en su artículo 2, los parámetros que deben regir la relación entre Estados: igualdad soberana; arreglo de las controversias por medios pacíficos; abstención de interferir, recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la independencia política de otros; y no-intervención en los asuntos que son esencialmente de su jurisdicción interna.

La violación de ese principio de no-injerencia se autoriza sólo bajo dos circunstancias: para ejercer el “derecho inmanente de legítima defensa en caso de ataque armado” (Art. 51), o cuando bajo el Capítulo VII de la Carta el Consejo de Seguridad determine que se ha producido “una amenaza a la paz, quebrantamiento de la paz o acto de agresión”, pudiendo adoptar las acciones que sean necesarias para restablecer la paz y la seguridad internacionales.

Por otra parte, en 2005 la Asamblea General planteó el concepto de la 'responsabilidad de proteger' en base a tres pilares: la responsabilidad que tiene todo Estado de proteger a sus habitantes, la de la comunidad internacional de alentarlos a cumplir con ese deber y, en su caso, de usar todos los medios necesarios para proteger a las poblaciones de crímenes de guerra y de lesa humanidad. En el trasfondo estaba el recuerdo de masacres como las de Ruanda o Srebrenica en los años 90 del pasado siglo.

El problema es que la injerencia apelando a la responsabilidad de proteger, sin el respaldo de una Resolución del Consejo, sigue siendo totalmente ilegal, ya que dependería de la decisión arbitraria de un solo país o grupo de países.

Ese respaldo se obtuvo en 2011 en el caso de Libia, gracias a la abstención de Rusia, pero el Kremlin interpretó que Occidente había llevado el mandato de la ONU mucho más allá de lo necesario para proteger a la población civil, por lo que no estaba dispuesto a repetir el mismo patrón en Siria.

En resumen, se puede concluir que la posición rusa desde 2011 con respecto a la crisis en Siria ha sido siempre coherente con la legalidad vigente, y que esa posición ha sido finalmente asumida por el resto de la comunidad internacional, ante la constatación de que no existe una solución militar al conflicto.

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