El color de las granadas y otras intrigas visuales

Fragmento de la película 'La sombra de nuestros ancestros'

Fragmento de la película 'La sombra de nuestros ancestros'

Serguéi Paradzhánov pervive como maestro del templo del cine.

Serguéi Paradzhánov organizó una fiesta en Kiev en los años 60 y el único requisito para entrar era haber visto la película La infancia de Iván (1962) de Andréi Tarkovski. Aún no se conocían los dos genios del cine (¿soviético?), pero la fascinación que esta película le produjo quedará reflejada en su primer largo La sombra de nuestros ancestros (1964, en español Los caballos de fuego).

Escribir sobre Paradzhánov es triste, todo lo contrario que ver sus películas: sensuales, flamboyantes, mitológicas, arabescas, simbolistas, epatadoras… y es triste porque el genio caucásico sólo pudo desarrollar una mínima parte de su potencial creativo, como también le ocurriera a Eisenstein, Platónov, Bulgákov y tantos otros.

Es una falacia que la censura y el miedo agudicen el ingenio. Motivación y represión pocas veces van de la mano, particularmente en el arte. Si el primer film de Paradzhánov es comparable a La infancia de Iván, su segundo Sayat Nova. El color de las granadas (1968) también nos recuerda al Andréi Rublev (1966) de Tarkovski. Sus carreras creativas seguían líneas paralelas hasta que Paradzhánov fue condenado a cinco años de trabajos forzados, acusado de homosexualidad y contrabando de obras de arte.

Tras la protesta de figuras como Louis Aragon, Lilya Brik, Elsa Triolet, Pier Paolo Pasolini, Federico Fellini, Yves Saint-Laurent, Michelangelo Antonioni, François Truffaut o Luis Buñuel, Leonid Brezhnev decidió mediar y Paradzhánov fue liberado tras cuatro años y once días en el gulag. Sin embargo, se le prohibió hacer más películas y en 1982 volvió a ser condenado a la cárcel, tras asistir en Moscú a un homenaje a Vladímir Visotski en el teatro Taganka.

Trailer de 'Sayat Nova. El color de las granadas'

El verdadero nombre de Serguéi Paradzhánovera Sarkis Paradjanián, de padres armenios y nacido en Tbilisi. Él se definía como ‘un armenio, nacido en Georgia y encarcelado por nacionalismo ucraniano’. A pesar del tiempo y el lugar en el que le tocó vivir, sería inapropiado calificar a Paradzhánov como cineasta soviético. Un maestro bizantino, un mago de colores y collages, un zoroástrico así sólo pueden desafiar los cánones estéticos del realismo socialista.

Sus películas recuerdan los tableau vivant del cine mudo, con una puesta en escena teatral y alegórica. Más que películas, Paradzhánov hacía bouquets de intrigas visuales, con un trabajo de vestuario y puesta en escena milimétricos y desplazamientos de cámara febriles, viscerales. De hecho, sus historias no son contadas a través de una narrativa tradicional, sino como un agregado de viñetas, como un collage oriental, con aire decorativo y perspectiva renacentista.

Los juegos visuales de Paradzhánov tiene algo de Picasso, de Diaghilev, de Chagall, de Fellini, de Pasolini y por supuesto de Tarkovski. Pero también tienen mucho del surrealismo. Páginas de libros sagrados que repican y vuelan sobre los tejados; granadas que manchan un paño blanco de lino o granos escarlatas que caen sobre una mujer, como símbolo de fertilidad; uno, dos, tres peces vivos que se agitan sobre el mármol; pies frotándose sobre alfombras; los rebaños de ovejas que son recogidos como siguiendo una melodía de Debussy.

Paradzhánov murió de cáncer de pulmón en 1990 cuando rodaba la que iba a ser su quinta película, La confesión. Su primer film tenía motivos ucranianos, el segundo armenios, el tercero georgianos (La leyenda del fuerte de Suram, 1984) y el cuarto azerbayanos (Ashik-Kerib, 1988). Nos quedamos sin saber qué otras maravillas tenía en la chistera.

Trailer de 'La sombra de nuestros ancestros'

Se equivocaba Paradzhánov cuando le dijo a su amigo Tarkovski: ‘Lo que tú necesitas es un año en prisión; tu talento se hará más profundo y crecerá en poder’. Al verse imposibilitado para hacer películas durante gran parte de su vida, Paradzhánov puso su creatividad en dibujos, sketches, autoretratos, collages, miniaturas, objetos de decoración y guiones. La mayoría de ellos se exponen en Yereván, la ciudad donde murió, en un museo especialmente dedicado al autor.  

Tras su muerte se realizaron dos documentales, uno llamado Réquiem por Serguéi Paradzhánov (1994) y otro La islas Andréi Tarkovski y Serguéi Paradzhánov (1995). A finales de 2013 se ha presentado una nueva película llamada Paradzhánov. El pasado diciembre recibió el premio especial de la crítica en el festival de cine PÖFF de Tallín, donde disfruté de una breve charla con Serge Avedikián, director del film. Avedikián relató cómo fueron sus dos encuentros con Paradzhánov y reconoció que, sin ser un film del estilo del genio caucásico, él había intentado hacer una película sensual y experimental, del gusto Paradzhánov.

“En el templo del cine hay imágenes, luz y realidad. En ese templo Paradzhánov es un maestro”, dijo Jean-Luc Godard. En todas sus obras, el director de El color de las granadas jugó con los tonos y representaciones cromáticas, utilizó colores como metáforas y adoptó elementos naturales como ingredientes expresivos. Sólo nos queda disfrutar de sus películas; si vamos a Yereván visitar su museo; y si paseamos por Tbilisi buscar esta estatua desafiante de la ley de la gravedad.

 

Fuente: wikipedia