El singular zoo de las letras rusas (I)

Los animales ocupan un lugar destacado en la literatura rusa. No son un simple adorno vistoso. Tampoco se limitan a actuar de comparsa de los protagonistas, ni se contentan con ser un mero recurso estilístico. Como reflejo de la estrecha relación que el arte eslavo ha tenido con el folclore, muchos escritores rusos han dirigido su mirada a perros, gatos, leones, caballos, lobos, osos o gansos para descubrirnos aspectos sutiles de la naturaleza humana.

Una persona puede ser un completo enigma para otra, dijo Wittgenstein, aunque se comuniquen en el mismo idioma. Quizá por eso los escritores no escatiman esfuerzos de imaginación y recurren a nuestros hermanos los animales para abordar situaciones tan complejas como la guerra, el totalitarismo o las pasiones. Así lo han hecho Vasili Grossman, Mijaíl Bulgákov o Isaac Bábel. Lejos está de acabarse con ellos la lista. 

Vera, la protagonista infantil de El zoo trágico, de Lidia Zinoviéva-Annibal, se caracteriza por su fijación por el mundo animal, que constituye la puerta de entrada a su mundo interior. Turguéniev se preguntó sobre la muerte en el poema en prosa El perro. Los insectos pueblan las pesadillas literarias de Anna Starobinets. Un perro de Pomerania que corre siempre delante de su ama da título a uno de los cuentos más famosos de Chéjov. Las criaturas de dos y cuatro patas comparten el frío y la lucha por la supervivencia de Varlam Shalámov en Relatos de Kolimá. Los animales tienen mucho que decir en los cuentos y las novelas rusas, como demuestran también estos otros cinco ejemplos. 

Aventuras de un mono de Mijaíl Zóschenko 

Uno de los más acérrimos defensores del realismo socialista, Andréi Zhdánov, responsable de los ataques personales contra artistas como Shostakóvich o Eisenstein, la emprendió por esta obra satírica con Zóschenko, hasta entonces considerado un autor “inofensivo” de literatura infantil. En Aventuras de un mono se narran las cómicas peripecias de un primate que lleva una monótona existencia en el pequeño zoológico de una ciudad rusa del sur cuando un día, tras un bombardeo, logra salir ileso de su jaula y enfrentarse al sinsentido de la vida soviética. Sólo cuando vuelve a su vida recluida, el simio se siente “en libertad”. Y es que nuestros remotos antepasados demuestran ser más civilizados que algunos homínidos. 

No es de extrañar que una crítica tan directa le valiera a Zóschenko la expulsión de la Unión de Escritores. Como quedó plasmado en las revistas literarias Zvezdá y Leningrad en 1946, a Zhdánov no le gustó que el mono prefiriera volver al zoo a seguir en libertad y que le resultara más fácil respirar preso en una jaula que suelto entre soviéticos. 

El camino de Vasili Grossman 

En la cubierta del último título de Vasili Grossman aparecido en español, Eterno reposo y otras narraciones, compuesto por una selección de cuentos escritos a lo largo de su vida, aparece un soldado que coge las riendas de un equino. La imagen no es fortuita. 

El protagonista del relato El camino, Dzhu, es un mulo al servicio de un regimiento de artillería en la península itálica. A pesar de ignorar la situación política que se respira, Dzhuse muestra sensible a todos los cambios que se producen un día antes del solsticio de verano de 1941, la víspera de la invasión de la Unión Soviética por parte de las fuerzas militares alemanas. Después de una vida como bestia de carga bajo el sol del sur de Europa, Dzhues transferido al frente de Stalingrado, “donde se había ido gestando una noción totalmente nueva para él, la del infinito, concebida mucho tiempo atrás por filósofos y matemáticos y que se plasmó en la llanura rusa”. 

Allí experimentará “en su propia piel, empapada de la fina lluvia de otoño, el frío intenso y la tiritera que éste provoca” y acabará pasando a manos de un ruso. Con la llegada del invierno, las penalidades que sufre Dzhuson un reflejo de lo que pasaron los hombres y mujeres destinados a Stalingrado. Grossman concentra en la experiencia de este animal y en su mirada todo el horror del Frente Oriental magistralmente desarrollado en Vida y destino. 

Al final, después de contemplar el paisaje después de la batalla, Dzhurecupera las fuerzas de vivir gracias al afecto (y al amor) que recibe de una yegua de Vólogda. “Cierto encanto maravilloso emanaba de aquellas dos criaturas confiadas, tiernas y unidas en medio de una llanura castigada por la guerra, bajo un cielo gris de invierno”, escribe Grossman. 

Los animales también están presentes en otro de los cuentos incluidos en esta edición, Tiergarten: los protagonistas son los habitantes del zoológico de Berlín, espectadores asustados de los bombardeos. “Si entre los animales del zoo había cundido la alarma fue porque advirtieron la llegada de algo nuevo, de una transformación”, advierte Grossman en el arranque de este texto.  

El cocodrilo de Fiódor Dostoievski 

De nuevo nos encontramos con un animal, esta vez un cocodrilo, que procede de un parque zoológico metropolitano. 

El reptil que da nombre a uno de los cuentos más cómicos y grotescos del autor de Crimen y castigo se abre paso en las letras rusas después de tragarse al funcionario Iván Matvéich en el Passage de San Petersburgo, una de las primeras galerías comerciales del mundo. Epicentro histórico de la vida social y cultural petersburguesa, en este complejo situado en la Avenida Nevski 48 se organizaron lecturas públicas con los más célebres literatos de la época. 

El esperpento está servido en este corto relato cuando el funcionario decide quedarse a vivir en el buche del cocodrilo y conocemos por su amigo Semión Semiónich, que ejerce de narrador, las distintas reacciones ante esta situación surrealista: la mujer del funcionario quiere pedirle el divorcio, el dueño del reptil se muestra convencido de que la nueva situación le reportará pingües beneficios y Matvéich, cegado por la avaricia, también sopesa las ventajas de su nuevo habitáculo. “Si no llego a ser un Sócrates, seré un Diógenes”, afirma el funcionario desde las entrañas del cocodrilo. Dostoievski prefigura la incipiente sociedad consumista que todos conocemos hoy y la condimenta con la anquilosada burocracia zarista en la mejor tradición gogoliana. 

El maestro y Margarita de Mijaíl Bulgákov 

Posiblemente el animal más conocido de las letras rusas sea Behemot, el inolvidable gato creado por Bulgákov y que ha protagonizado la mayoría de las cubiertas de las ediciones de esta obra. Junto con el can de Corazón de perro, escrito en 1925 pero que no fue publicado en su versión original hasta la glásnost, forman la pareja más extravagante de la literatura fantástica. 

Behemot es un gato inmenso como un hipopótamo que se pasea a sus anchas por Moscú poniendo la capital patas arriba, cortando cabezas e infligiendo duros castigos a los ciudadanos soviéticos. A este animal capaz de ejecutar acciones propias de los humanos -camina erguido sobre sus patas traseras, paga su billete para viajar en el tranvía o utiliza los cubiertos para comer- pertenece una de las famosas réplicas desternillantes de esta obra clásica. Una ciudadana le espeta a Koroviev, miembro de la banda diabólica de Woland, que él no es Dostoievski. Éste le responde con un ambiguo “quién sabe” a lo que la mujer contesta que el gran escritor lleva tiempo muerto. Behemot, irritado por esta afirmación, protesta: “¡Dostoievski es inmortal!”. 

Mi primer ganso de Isaak Bábel 

La sinrazón y la violencia gratuita en el contexto de la guerra se encarnan en un ganso por obra y gracia de la pluma de Bábel.

El narrador de este relato perteneciente al ciclo que conforma Caballería Roja, alimentado por las experiencias del escritor cuando acompañó a un regimiento cosaco capitaneado por Semión Budionni durante la guerra polaco-soviética, es un soldado judío que se convierte en blanco de las burlas de sus compañeros cosacos. 

“Aquí tenemos una verdadera calamidad con la gente con gafas. Nuestros hombres no la dejan en paz”, le advierte el sargento a su llegada. La manera que encuentra este universitario de Petrogrado con anteojos para demostrar su hombría y su derecho a pertenecer al regimiento es aplastando cruelmente contra el suelo a un ganso, sintiendo como su cabeza cruje bajo su bota. La imagen de la inocente ave “yaciendo estirada en el estiércol” es una potente metáfora de los desastres de la guerra, de las víctimas inocentes, del horror que se inocula en el corazón y la mente de todos los que participan en ella, voluntaria o involuntariamente. 

De noche, con las piernas entrelazadas con los otros soldados para entrar en calor, el estudiante, a pesar de soñar con mujeres, siente como su corazón “suspira y sangra”. Algo en él ha muerto con el ganso.

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