Siberia, mon amour

1912, Bashkirio en las vías del Transiberiano, cerca del río Yuryuzan (Ust Katav). Fuente: Serguéi Prokudin-Gorski, archivo

1912, Bashkirio en las vías del Transiberiano, cerca del río Yuryuzan (Ust Katav). Fuente: Serguéi Prokudin-Gorski, archivo

En Rusia el territorio no sólo ha condicionado el desarrollo social del país, sino que también ha sido usado como un recurso natural simbólico tan precioso, y adictivo, como lo puede ser el gas y el petróleo para su economía.

Seleccionamos tres canciones y cinco películas que lo muestran. La primera es Moi Address Sovietski Soyuz (Mi dirección es Unión Soviética), la cuál presenta el territorio soviético como una construcción absoluta y abstracta. “Si quieres saber donde vivo no esperes ninguna dirección, calle, o edificio. Simplemente escribe: Unión Soviética”.

Existe un ansia histórica rusa por dominar el espacio, visible desde la creación de viviendas comunales a los programas espaciales, en los que los soviets se adelantaban a los estadounidenses en la exploración del cosmos y adoraban a Yuri Gagarin. Otro ejemplo del intento ruso de dominación del espacio fue la creación de San Petersburgo como capital por Pedro I en 1702.

La segunda es Dorogoi Dlínnuyu (Largo es el camino), que describe las enormes distancias de Rusia y la experiencia singular de viajar allí, una metáfora de la vida misma. De hecho, hay un viejo dicho ruso que asegura que en Rusia no hay caminos, sólo destinos.

De acuerdo con la investigadora finlandesa Katri Pynnöniemi, Rusia es un país caracterizado por el tránsito. No sólo por ser un corredor que conecta Asia con Europa, sino también por la experiencia liminal que conlleva el viajar allí: cambiando tiempos y ritmos de una forma litúrgica y epistemológica, como en la teoría del cronotopos de Bajtín

Viajar en Rusia no es hacer turismo, sino construir movimientos. Peregrinos, exploradores, santos locos y otros personajes errantes de los caminos son comunes en la cultura rusa, como podemos ver por ejemplo en el Dr. Zhivago de Pasternak o en Chevengur de Platónov. En Rusia, el viaje tiene algo de búsqueda de verdad y justicia.

Y la tercera es Shiroka straná moya rodnaya (Vasta es la tierra donde nací), la cuál presenta la extensión geográfica de Rusia como un atributo del que estar orgulloso y que posibilita la coexistencia de comunidades diferentes. ‘También es vasta mi alma’, dice la canción.

Ya desde la Kiev Rus’, en los siglos VIII, XIX y XX, Rusia se concibió como un conjunto de tierras (Rússkaya zemlya), más que un Estado. En este sentido, el desarrollo de Rusia como Estado no ha dependido de un acto político fundacional, una estrategia económica o una voluntad nacional, sino en una ocupación espacial.

La ocupación del territorio en Rusia ha sido y es una experiencia unificadora de la sociedad, basada paradójicamente en una diversidad y extensión fantástica.

El territorio ruso no es sólo vasto y grande, sino cualitativamente infinito, amorfo y contradictorio. Serguéi Medvédev, profesor de la Escuela de Economía de Moscú, lo describe como una aglomeración de periferias; en sí mismo, una especie de poliperiferia que agrupa culturas tan diversas y dispersas como la mediterránea, islámica, budista, turca, mongola, china, ugro-finesa, circasiana, eslava y más de 150 etnias.

La primera película es Shestaya chast mira (Una sexta parte del mundo, 1926), de Dziga Vertov. Un collage de viajes antropológico que llama a integrar diversidades periféricas, lo cuál dice sobre la tendencia rusa de mezclarse con otros pueblos.

En Potomok Chingis-Khana (Tempestad sobre Asia, 1928), Vsevolod Pudovkin evidencia una asunción extendida entre los rusos: ‘Hemos ayudado a muchos países a liberarse del imperialismo y la colonización’, mientras ignoran que la ocupación e integración de varios pueblos al imperio ruso también fue violenta y contra la voluntad de los mismos. En la película, una obra maestra de impresionantes paisajes y magnífica tensión narrativa, un descendiente de Gengis Kan lucha contra la supuesta dominación británica de Mongolia.

La tercera película es Russkii kavchek (El arca rusa, 2002), en la que Alexander Sokúrov evoca una cierta continuidad en las rupturas históricas de Rusia y muestra durante un paseo por el Hermitage la compleja identificación, imitación y superación (?) de Rusia con Europa.

Como Europa periférica, Rusia pertenece al continente de forma contestataria y abierta. Paradójicamente, la estrategia europeizadora de Pedro I favoreció la extensión geográfica hasta el Pacífico. Así, lo que iba a ser una metrópolis europea con un puñado de colonias se convirtió en un imperio euroasiático con un centro vulnerable.

El antropólogo Nikolái Ssorin-Chaikov, de la Universidad de Cambridge, también ha apuntado que los perennes cambios en las relaciones Estado-ciudadanos en Rusia ha provocado un proceso de continuo desplazamiento, en el que el sistema siempre está en construcción, creando la sensación de desorden y manteniendo a la gente distraída con tareas inacabables.

Los intentos de modernización y extensión colonial limitada emprendidos por Pedro I, derivaron en campañas para crear ‘nuestro Perú’, ‘nuestro México’, ‘el Brasil ruso’ y ‘nuestra pequeña India’ y más tarde en amorfas y expansivas zonas fronterizas, estrategias de modernización siempre inacabadas y una confusa creación de periferias.

Durante siglos, las olas de migración y la extensión geográfica de Rusia fueron cambiantes pero continuas, lo cual, añadido a las rupturas políticas del país, provocaron inestabilidad social, incapacidad estatal de acabar proyectos y unas fronteras permeables.

La cuarta película es Sibir monamur (Siberia, mon amour, 2011). Recientemente dirigida por Slava Ross, aquí encontramos una Siberia cruda donde las personas se pueden comportar como perros salvajes con tal se sobrevivir. El proceso de transformación de Siberia en Rusia es complicado, y en la película se refleja a través de paisajes y escenas majestuosas, opresivas y distópicas.

La colonización rusa se produjo en tierras de clima severo, y poco favorables para la agricultura. Las migraciones no se dieron por motivaciones económicas, como en Estados Unidos, tampoco por falta de tierra, ya que la densidad de población de Rusia en la edad media era un 25% menor que en Alemania y Francia. Así, de acuerdo con el geógrafo Alexander Akhiezer, la colonización rusa estuvo sobre todo influida por pautas sociales de huida y decisiones extensivas a la hora de resolver problemas.

Además, influyeron otras circunstancias como la falta de barreras naturales, la desequilibrada distribución de la población, las malas carreteras y transportes, y una represiva organización institucional.

Serguéi Medvédev asegura que desde 1991 los desequilibrios se han acentuado, al igual que la irracionalidad y desorientación de la sociedad rusa. El profesor de la escuela de economía de Moscú ofrece dos explicaciones: una que es un síntoma de la situación terminal del imperio; dos, que es la venganza y última broma del escritor Nikolái Gógol.

Las fronteras están incrustadas en sociedades. La carga emocional de las fronteras está muy bien representada en la película The Borderline Effect (2012), que cuenta las historias de una pareja de jóvenes ruso-ucranianos que intentan casarse, una abuela que tiene que cruzar la frontera de Narva e Ivangorod todas las semanas si quiere ver a sus nietos y una mujer que consigue volver al pueblo donde vivía su padre, veinte años después, para ponerle una lápida en la tumba.

En Rusia, la noción de frontera llega hasta las puertas de Moscú, lo cuál dice sobre la construcción vertical del poder en el país.

Desde Moscú, la antigua periferia del imperio, regiones muchas de ellas ahora independientes, siguen siendo tomadas como tierras fronterizas.

Todos estos factores han permitido a Rusia extender sus áreas de control durante los últimos siglos, bajo el precio de ejercer una dominación menos sostenible.

El debate sobre fronteras y concepción del espacio sigue siendo relevante en Rusia. Todavía es un país con una gran extensión territorial, densidad de población baja, desigualdad social aberrante y dependencia económica de los recursos naturales.

En el siglo XXI, como en los precedentes, Rusia es un poder global con un estado débil. Nuevos espacios darían legitimidad al poder, recursos naturales a la economía y nuevas áreas donde escapar a la sociedad.

Posiblemente Rusia ha encontrado en el Ártico su nueva Siberia.