La enciclopedia rusófila de Daniel Utrilla

Daniel Utrilla sufre de rusofilia y madridismo terminal. No sólo eso, además presume de ello: “La pulsión visceral que me arrastraba a callejuelas oscuras en busca de un sport bar donde ver a esos once jugadores vestidos de blanco impoluto era del mismo tipo que la que me atraía de la Rusia más pintoresca. Es una pulsión y un escalofrío de origen estético nacido al calor de la infancia. Ese fue uno de los hallazgos del libro”.

Hablamos con Daniel y comentamos su biblia pagana de lo ruso, titulada A Moscú sin Kaláshnikov

Este libro es el Habla, memoria de un hombre que llegó como aprendiz de periodista y, tras caer en la rusopatía, se quedó en Moscú como escritor y reincidente. Una historia muy rusa que sólo puede acabar en un tren, un duelo o en las estrellas.

“En mis años universitarios participé en la fundación de una asociación de ‘amigos de Rusia’ en Madrid. Éramos un grupo de entusiastas de lo más dispar y disparatado: profesores, estudiantes, rusos afincados en Madrid… y en aquel tiempo, años 90, antes de la irrupción de internet, Rusia nos seguía pareciendo un lugar muy muy lejano”.

El que fuera corresponsal del diario El Mundo durante 11 años ha escrito una crónica sentimental de sus desventuras por tierras rusas, por las que cabalgó unas veces como Quijote y otras como Sancho Panza.

“En Moscú siempre pasan cosas… esa sensación de estar atrapado en un giro trepidante pero alegre… Este mareo vitalista en medio del parpadeo luminoso, de la electricidad, del centrifugado festivo que rebulle en el corazón triste de Moscú”. p. 216

“Es muy típico del expatriado despotricar contra la realidad que le rodea como si fuera la causante de todos sus males, y esto se acentúa aún más si cabe en Moscú, donde las incomodidades climáticas, burocráticas o de socialización son más evidentes, sobre todo si no se conoce el idioma”.  

Todos los niños rusos comen nieve fue el otro título que se barajó para este libro. Durante la preparación del manuscrito Daniel tuvo que huir tres veces a Yásnaia Poliana (paraíso tolstoiano), poniendo distancia con la vorágine moscovita y desintoxicándose del periodismo.

Dani Utrilla en el GUM de Moscú. Fuente: de Marina Tarásova. 

“La mirada del periodista es algo que no se pierde. Es una especie de visión nocturna que permite entrever reportajes allí donde otros ven situaciones cotidianas. De hecho este libro es un ejercicio de periodismo, es un reportaje en primera persona sobre mí mismo y mi circunstancia en Rusia durante los once años que fui corresponsal”.

“En Moscú la incomodidad es consustancial al día a día… Moscú te obliga a afrontar la vida de frente… En Moscú uno siempre tiene la sensación de que, para mal o para bien, siempre está a punto de ocurrirle algo… En Moscú se vive. Ocurren cosas constantemente. Confieso que he tenido que irme para poder escribir este libro”. p. 245

Casi podríamos colocar la estampa de Daniel Utrillov junto Gógol, Saltykov-Shchedrin, Doblátov e Ilf y Petrov, aunque entre este póker de humor sería un ruso muy intruso; alguien poco serio en este cementerio. Al final, A Moscú sin Kaláshnikov es una enciclopedia rusófila escrita por un soriano de Alcorcón, al que le gustan los shproti y bailar canciones lentas con Yulia, Natasha e Irina.

“En Occidente se racionaliza demasiado la vida en pareja, se planea todo mucho, se minutan los tiempos. Aquí el amor se vive, o se sufre, de una forma mucho más visceral. Se ama y se odia de forma extrema”.

Daniel nos presenta una Rusia caramelizada. Incluso cuando habla de experiencias tristes notamos un amargor como el de las bodas rusas, es decir que anuncia un beso.

“Intento combatir la mirada periodística con la que Occidente encañona a Rusia, una mirada dostoievskiana, centrada en los lados oscuros y las zonas trágicas. Frente a ella he intentado que prevalezca una mirada más épica, más luminosa. Más tolstoiana”. También “he intentado rebajar el contenido político lo más posible, pues creo que la política, la coyuntura política, es lo más pasajero de un país y lo que más rápidamente vuelve a los libros caducifolios. Mi referencia siempre ha sido Julio Camba, que hace cien años escribía artículos sobre Estados Unidos, Alemania o Inglaterra sin mencionar a sus líderes políticos y que a día de hoy siguen siendo actuales”.

Yo conocí a Daniel cuando ya se había afeitado el bigote de Gógol. Todos mis amigos de Moscú (incluida la mítica Nadiezhda) me decían que tenía que encontrarme con él, cosa que me hizo sospechar y evité durante años; como cuando tus compañeros de trabajo te recomiendan una película o tu madre te obliga a beber leche. Una de las veces que volví a Moscú, bajo de defensas, le escribí para hacerle una entrevista para televisión. Tras casi una hora hablando me di cuenta que no había pulsado el botón rojo de ‘grabar’, así que tuvimos que volver a empezar. Dani estuvo aun más simpático. La entrevista nunca se llegó a emitir, pero ese día cerramos el bar.

“Que escriban su libro trágico, de mirada dostoievskiana (otro más) y lo titulen A Moscú con Kaláshnikov. Si alguien se molesta, entonces querrá decir que el libro ha conseguido su objetivo, que es desenmascarar la imagen siniestra que los medios occidentales han creado de Rusia. Siempre he creído que hacer llorar, mostrando dramas, penurias y cochambre, es mucho más fácil que hacer reír. En este libro he renunciado a pontificar, que es el deporte favorito de los periodistas”.

Tiene mérito haber escrito un libro interesante para aquellos que saben mucho de Rusia y para los que no saben nada. Más que texto, A Moscú sin Kaláshnikov tiene textura; Daniel nos lleva a un Moscú manoseado, de sudor, resbalones y flores impares. En fin, una ciudad llena de lunáticos, de amores totalitarios y una (ir)realidad que te envejece por fuera y rejuvenece por dentro.

De hecho, el libro tiene algo de aquelarre. Además de coleccionar tarados y acumular caídas sobre el hielo, Daniel ha conseguido poner ‘sentimental’, ‘Putin’ y ‘periódico’ en una misma línea, y que suene a poesía. Si escribiera versos estoy seguro de que el 'továrisch Utrillov' haría pareados con tocino-Gagarin, Real Madrid-kommersant y Stroganoff-nanotecnología.

Si les gusta Julio Camba y Chaves Nogales compren el libro. Si lo suyo es Nabokov y Tolstói, cómprenlo también. Pero si lo que de verdad les gusta es reír y se sienten identificados con Alfredo Landa no pierdan un minuto y háganse con A Moscú sin Kaláshnikov, aunque sea por lo criminal.

PS

- Dani, he oído que estás escribiendo una nueva novela que empieza con Putin jugando al ajedrez…

“Te han informado mal. De todas formas, creo que voy a tener que echarte más polonio en el té”.

Cierra los ojos e imagina que tienes la oportunidad de entrevistar a Lev Tolstói, ¿Qué le preguntarías? Pero sólo una pregunta.

“Déjame hacerle dos, que una oportunidad así no se da todos los días:

*El mundo vive sumido en una profunda crisis de valores, sobre todo tras la crisis financiera: ¿a través de qué canales o de herramientas cree que podría la Humanidad alcanzar un grado de conciencia superior? ¿O considera que esa batalla está perdida?

*Usted, o al menos algunos de sus personajes como Levin, trasunto suyo en Anna Karénina, sostienen que solo se puede cultivar el bien en el campo. ¿De verdad cree que no hay esperanza moral para los habitantes de la ciudad? ¿No es posible hallar en la ciudad la ramita verde de la felicidad universal, esa que buscaba de pequeño con sus hermanos en el claro azul del bosque?

¿En el césped del Bernabéu tampoco?”

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