Nacer en el gulag, la historia viva de los campos

El documental 'Los niños del gulag', dirigido por Romain Icard, nos lleva hasta la provincia de Karaganda para que oigamos la voz de los hijos de los zeks que fueron destinados a Karlag, el macrocampo penitenciario perdido en la estepa kazaja.

Fuente: TV3

La memoria viva de los acontecimientos más espeluznantes del siglo XX se va apagando con el paso del tiempo. El próximo 28 de julio de 2014 se cumplirá el centenario del estallido de la Primera Guerra Mundial. En 2011, murió en una residencia de Perth el último superviviente de los setenta millones de combatientes que participaron en ella. El año pasado también pereció la víctima más longeva de Auschwitz. En Rusia todavía pervive el aliento de los campos penitenciarios por el testimonio vivo de los niños que fueron deportados al gulag o nacieron allí.

Muchos no vivieron para contarlo. El documental 'Los niños del gulag', dirigido por Romain Icard, recuerda la historia de los hijos de los zeks en un campo de la estepa kazaja.

En Dolinga, población situada a 50 kilómetros de Karaganda, existe un dicho: “Todo aquel que posee rasgos rusos tiene algo que ver con la historia del gulag”. De 1931 a 1959 fue el corazón de uno de los numerosos campos penitenciarios diseminados por la Unión Soviética. Se calcula que por el Karlag pasaron un millón de personas.

Pero ni el NKVD ni sus sucesores han revelado la cifra de niños que acabaron corriendo la misma suerte que sus padres, declarados “enemigos del pueblo”, o que, adolescentes, fueron también deportados por cometer delitos menores en tiempos de penuria, como robar un saco de patatas. Ante el número de niños fallecidos en los confines del gulag la respuesta todavía es el silencio. Porque, durante su confinamiento, el NKVD les dispensó el mismo trato que a los adultos.  

Entre ellos algunos “niños de Rusia” españoles, como el caso de Francisco Bañuelos, condenado a una década de trabajos forzados por vender una alfombra de 25 rublos. Con 21 años, explica en el documental de coproducción catalana, fue enviado en vagones de ganado a Chukotka, en el extremo noreste de Asia, la región rusa más cercana al círculo polar ártico. “¿Quién hubiera ido a trabajar en esas condiciones? Por eso apresaban a la gente y la enviaban allí”.

Eran mano de obra gratuita para las explotación de las minas o la construcción de grandes infraestructuras. “Nos llevaron en barcazas a unos 6.000 como yo antes de que empezara el invierno. Al llegar la primavera sólo quedábamos 600”, narra otro “niño de Rusia” procedente del País Vasco que, con 17 años y por haber robado una prenda de ropa, fue deportado a las regiones extremas. Al llegar no tuvo más remedio que construir con sus compañeros de infortunio los barracones donde resguardarse de las temperaturas polares. “No teníamos nada para abrigarnos por la noche, sólo lo que llevábamos puesto. Por eso muchas veces, por la mañana, me despertaba con un cadáver a cada lado”.

Los más jóvenes no corrieron mejor suerte por su condición de menores. Acompañaron a sus padres en los trenes que cruzaban la Unión Soviética hacia el este o el norte. “Ella también responderá por los actos de su madre”, recuerda Galina Karpinskaia que dijo uno de los dos soldados que fueron a buscarla al colegio. Su madre era una campesina nacionalista. Ante la cámara no recuerda durante qué clase se presentaron, pero sí el detalle de las bayonetas de los fusiles de los soldados y que se llevó dos bolas del árbol de Navidad.

Lo normal es que todos los niños fueran separados inmediatamente de sus padres. Marat Aleksándrevich Nossov, deportado a los nueve años, era hijo de un alto cargo del Kremlin. Pero una noche, en el cénit de las purgas estalinistas, un mensajero llamó a su casa de noche para comunicar que se requería la presencia de su padre. Nunca más lo volvió a ver. A su madre la apresaron a los pocos días por no haber informado que su marido era un “enemigo del pueblo”. Por esto le endilgaron una pena de diez años de trabajos forzados.

Marat Nossov, en un campo de tránsito, fue separado de su madre y hermana. No volvió a saber nada más de ellos. Otros llegaban con sus familias a los campos de destino. Lo cuenta Dina Chulkevich, que con tres años conoció el gulag, junto a su madre y hermana. Los vínculos familiares se rompían al instante. Se separaban hombres, mujeres (que llegaron a ser una cuarta parte de la población de los gulags) y niños en barracones distintos. 

“Todo aquel territorio era una prisión”, explica Pavlina Ostpatchuk, que llegó a Dalinka en 1947. Unos vivían dentro de los límites marcados por los cables eléctricos, otros estaban abandonados a su suerte, sin nada ni nadie, para sobrevivir en Karaganda. Para todos ellos, los mismos inviernos gélidos y veranos calurosos. 

Además de los niños que se separaban de sus padres o que venían al mundo durante el viaje en tren, como Lutzean Dolinsky, cuya madre murió seis meses después, el NKVD se encontró con el problema no previsto de los niños que nacían fruto de las relaciones entre zeks (aunque vivían separados, hombres y mujeres compartían a veces el tiempo de trabajo) o de las violaciones de los mandos. 

Anna Markova, enfermera deportada con 20 años, asistía en los nacimientos con la ayuda de otros médicos y enfermeras presos. Relata como las más jóvenes eran las presas predilectas del NKVD. Pavlina Ostpatchuk sufrió esos abusos en carne propia. “Me volví indiferente a todo, era eso o que te hicieran algo peor. Al final di a luz a un niño al que quise con locura pero al que no tenía ni con qué vestir”. Rotos durante años los vínculos con el mundo, y a pesar de las circunstancias de su concepción, cada nacimiento era recibido entre los presos como un milagro. 

El aumento de la población infantil se convirtió pronto en un inconveniente. No existían infraestructuras para su cuidado y educación, y los medios para alimentarlos eran escasos. No hubo más remedio que organizar jardines de infancia en los mismos campos. Allí pasaban sus primeros años de vida, pero en cuanto dejaban de necesitar la leche materna, eran apartados de sus madres, ingresados en orfanatos y utilizados con fines propagandísticos. 

Las madres no acostumbraban a saber dónde habían ido a parar sus hijos, y a sus peticiones de información por correo la respuesta era siempre la misma: “Devolver al destinatario”. Pavlina Ostpatchuk recibió sólo una vez una carta de un orfanato y una foto de su hijo, pero nunca más supo de él, explica a sus 81 años con un dolor que todavía le remueve las entrañas. Dina Chulkevich no sabe quién es su madre. Tampoco pudo recuperar a su hermana, a la que estuvo años buscando. En los orfanatos se cambiaban las fechas de nacimiento y los apellidos para hacer más difícil las búsquedas. 

Zoya Skludova, confinada entre 1940 y 1945, tampoco tiene ningún recuerdo de su madre. Corrobora que a los niños se les dispensaba el mismo trato inhumano que a los mayores. Tatiana Nikólskaya recuerdan cuando los llevaban de paseo, escoltados por soldados y perros, “ni un paso a la izquierda ni a la derecha, siempre de frente, ni a la derecha ni a la izquierda… vestidos como espantapájaros”. 

La situación empeoró con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La comida escaseaba, luego empezaron a engrosar los campos los alemanes deportados con sus hijos así como detenidos de otros rincones de Europa como Polonia, Moldavia o los Países bálticos. Aquello desbordó la administración de los campos. Tatiana Nikólskaya recuerda la escasez de alimentos: “Tenía siempre unas ganas locas de comer.

Soñaba con un trozo de pan. Incluso hoy no puedo sentarme a la mesa sin tener un pedazo de pan”. Las partidas destinadas a los orfanatos muchas veces se desviaban a los campos de los mayores. Dina Chulkevich recuerda que “se comía incluso la hierba, como si fuéramos bestias, por eso muchos estaban siempre enfermos del estómago”. 

Con la muerte de Stalin, muchos campos penitenciarios cerraron pero la etiqueta de “enemigos del pueblo” no se borraba de la vida de los exconvictos. Muchos de esos niños habían conocido únicamente el gulag, creían que esa era la forma normal de vida. Y de repente fueron puestos en libertad, a su suerte, con el  coloquialmente llamado pasaporte del lobo (volchiy bilet), un documento de identificación que no les permitía residir en las grandes ciudades de la región. Por eso muchos han continuado viviendo en Karaganda. 

Algunos pudieron volver con sus familiares. Otros tuvieron un reencuentro frío. Eduard Kocherguin, que ingresó con tres años en el campo porque su madre se había casado con un polaco, trae a la memoria cuando volvió a verla. “No hubo ningún tipo de afecto, estábamos en igualdad de condiciones, los dos habíamos pasado por el gulag”. Algunas madres recibían certificados de defunción de sus hijos, pero ninguna información de donde descansaban sus restos. 

Tatiana Nikólskaya, al final del documental, recuerda el artículo 53 de la Constitución rusa: “Cualquier persona tendrá que el derecho a recibir una compensación por el daño infligido por acciones ilegales (u omisiones) de los órganos estatales o sus oficiales”. Ninguno de los niños de esta generación de infancia robada ha recibido ninguna compensación. Las leyes no son retroactivas.

Los niños del gulag

Dirigido por Romain Icard

Guión de Madina Djoussoeva y Guillaume Vincent.

Producción de TV3, France 5, Les Films en Vrac, France Télévisions.

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