Las mil aventuras de Fiódor Kóniujov, el Willy Fog ruso

Fiódor Kóniujov a bordo de un velero. Fuente: Konyukhov.ru

Fiódor Kóniujov a bordo de un velero. Fuente: Konyukhov.ru

Este navegante de 61 años ha vivido innumerables aventuras. Ha dado cuatro vueltas al mundo en velero y sus viajes han inspirado una vasta producción artística, más de 3.000 pinturas y lienzos.

“Sólo en el mar puede entenderse lo preciosa que es la vida, sólo después de una aventura aprendes a valorar la felicidad de una vida sencilla”. Fiódor Kóniujov, hijo de un pescador, nació hace 61 años en Chkalovo, una minúscula aldea de la actual Ucrania a orillas del mar Negro. Debido a un conflicto con un superior durante el servicio militar, fue enviado dos años a Vietnam, como marinero, donde colaboró en el suministro de armas al Viet Cong durante la guerra. De vuelta a la civilización, una vez concluido el servicio militar, Kóniujov se concentró en una de sus vocaciones, el dibujo. Así, en 1983, con 31 años, se convirtió en el más joven de la historia en ser admitido como miembro de la Unión de Artistas de la URSS. 

Al caer el bloque adoptó la nacionalidad rusa, claro que en su caso la nacionalidad es apenas una anécdota, su patria son el océano y la montaña. “No viajo alrededor del mundo para batir ningún récord deportivo sino para dar sentido a mi vida”, declaró a RIA Novosti. A lo largo de sus viajes, Kóniujov ha cultivado unas profundas creencias religiosas, tanto que en 2010 fue ordenado sacerdote. Conviene a este respecto recordar que la Iglesia ortodoxa sí permite el ordenamiento de hombres casados, siempre que el matrimonio sea previo. Es el caso de Fiódor, casado con una profesora de derecho, padre de tres hijos y abuelo de cinco nietos.

Las aventuras de Fiódor Kóniujov son casi incontables. No una sino cuatro veces ha dado la vuelta al mundo, siempre en velero. Por cierto, que en cierta ocasión se lo robaron unos piratas filipinos, y es que los peligros de sus travesías no son sólo naturales. Kóniujov cruzó Groenlandia en trineo tirado por perros, cubriendo una distancia de más de 800 kilómetros.

También cruzó dos veces el océano Atlántico, una de ellas en bote de remos, una travesía que le llevó 46 días. Fue el primer ruso que escaló las famosas Siete Cumbres, es decir, el pico más alto de cada uno de los siete continentes. De hecho, formó parte de la primera expedición rusa que coronó el Everest (1992), y repitió en 2012, ya con 60 años de edad. Además de coronar el pico más alto del mundo, Kóniujov conquistó el Polo Norte, el Polo Sur y el Cabo de Hornos, convirtiéndose en el primer ruso en completar algo así como el ‘Grand Slam’ de los aventureros. “Tras más de 40 años viajando he entendido que en el mundo no hay soledad. Después de todo, junto a ti en el océano están las ballenas, los delfines, las focas o en el cielo las aves”, comentó en una reciente entrevista.

Sus viajes por el mundo han inspirado una vasta producción artística, más de 3.000 pinturas y lienzos. Fiódor tiene tres principales vías de ingresos para costearse sus viajes. La primera, a través de las ventas de sus libros. Ha publicado nueve, algunos de ellos considerados verdaderos manuales de supervivencia en situaciones extremas. Segundo, haciendo cameos ocasionales en publicidad. Por ejemplo, en 2010 fue el rostro de los anuncios de televisión de una marca de pasta precocinada. Tercero, gracias al patrocinio de inversores privados, mecenas anónimos.

Uno de sus retos más arriesgados fue rodear la Antártida en solitario, en 2004. Lo hizo a bordo de un velero de 85 pies, una aventura que le llevó 102 días y que le obligó a cruzar el Cabo de Hornos, quizá el rincón más difícil de navegar de todo planeta debido a la mezcla de oleaje, viento e icebergs. Cerca de la isla de Kerguelen se vio sorprendido por una tormenta bíblica: vientos de 120 kilómetros por hora y olas de hasta 18 metros de altura. Incluso un viejo lobo de mar como él no había visto nunca nada parecido, según confesó por radio.

La tormenta se alargó durante una semana y rompió el mástil, obligándole después a una parada técnica para repararlo. Kóniujov prefiere navegar a la vieja usanza, pero en aquella ocasión tuvo que ponerse en manos de la técnica: “El modo de autonavegación me salvó la vida, hubiese muerto congelado en cubierta”. A su llegada a puerto confesó: “He navegado más de 16.000 millas. Ahora mismo estoy pensando en un filete de carne roja, una ducha, sábanas limpias y 12 horas de sueño ininterrumpido. Suena muy básico pero eso es exactamente lo que necesito”. Los años, la edad y los peligros no han amedrentado su espíritu, más bien lo contrario: “Cuando navego siento miedo, a la soledad o a un huracán, pero ese miedo es un tesoro, significa que estás vivo”.

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