“Diario, guarda mi triste historia…”

A las puertas del verano de 1941, en una pequeña libreta marrón, una estudiante soviética de dieciséis años llamada Lena Mujina emprendió la escritura de un diario sin sospechar que, tan solo un mes después, pasaría de anotar las preocupaciones propias de una chica de su edad (los exámenes de fin de curso, su enamoramiento de un compañero de clase, el ideal de la amistad) a hacer una crónica del día a día en una ciudad sitiada, bajo la amenaza constante de las bombas y sin apenas reservas alimenticias para abastecer a la población.

Fuente: archivo

Este documento, que permanecía inédito hasta hace sólo unos años, fue descubierto por el historiador Serguéi Iarov, académico de la Universidad Europea de San Petersburgo, quien ha accedido a contestar unas preguntas para Rusia Hoy. 

“Descubrí el documento, creo recordar, en 2008, en el archivo estatal central de San Petersburgo. Fue donado al archivo soviético en 1962 y, a lo largo de cuatro décadas, algunas personas supieron de su existencia, aunque de pasada. Un pequeño fragmento del diario (unas dos páginas) se publicó después de la perestroika en una pequeña antología de difícil acceso. Enseguida me interesé por ese diario manuscrito del que no se había publicado nada más. Estaba ilustrado con dibujos y, con toda probabilidad, no había sido sometido a la censura que normalmente sufrían los documentos mecanografiados. Cuando leí el diario, al instante me di cuenta de que estaba ante una obra de gran valor que, por cosas del azar, había ido a parar al fondo del archivo. Su contenido me pareció brillante y emocional. Después recomendé a mis colegas que lo publicaran y gracias a una confluencia de circunstancias favorables pudo ver la luz”.

Serguéi Iarov, académico de la Universidad Europea de San Petersburgo, es autor de más de 120 obras, entre ellas 12 monografías y manuales didácticos. Uno de sus principales temas de estudio es el sitio de Leningrado al que ha dedicado numerosos artículos y su libro La ética del sitio, publicado hace un año. 

Las tropas de Hitler cercaron completamente Leningrado el 15 de agosto. Fue un largo asedio que duró 872 días y uno de los más mortíferos de la historia. El relato de Lena refleja con toda crudeza la situación desesperada en la que van sumiéndose la ciudad y sus habitantes, abocados a una muerte atroz por inanición y frío, con una voz a veces exaltada y un tono dramático que transmite de modo fehaciente las penurias de esos tiempos increíblemente despiadados. Es notable la metamorfosis que sufre la ciudad: surcada por trincheras, cada vez se asemeja más un campamento militar, a una fortaleza que, desde mediados de noviembre, queda sumergida en la oscuridad. 

El 21 de ese mismo mes, Lena escribe, refiriéndose a Hitler: “Yo, yo sufro, sufro igual que cientos y millones de ciudadanos soviéticos por culpa de ese, por la fantasía delirante de ese psicópata. Ha decidido subyugar al mundo entero. Sufrimos, tenemos el estómago vacío y una gran angustia en el corazón, todo un delirio demencial. Dios santo, cuándo acabará todo esto. ¿Es que va a acabar algún día?” 

Los editores pensaron que Lena Mujina había perecido durante el asedio, dado que la escritura del diario se interrumpe bruscamente. Pero gracias a la anotación de un nombre pudieron tirar del hilo y conocer cuál había sido su destino. Descubrieron que sobrevivió al cerco: a principios de julio de 1942 fue evacuada a Gorki y, aunque juró no volver a Leningrado, regresó en otoño de 1945. Tras sacarse el título de artesana de mosaicos, no pudo alquilar una vivienda por falta de recursos. Después de vivir en varias ciudades provinciales, finalmente recaló en Moscú en 1952, donde falleció cuatro décadas más tarde.

De entre los aspectos más relevantes del diario, Serguéi Iarov apunta el siguiente: “Antes que nada resulta interesante el hecho de que está escrito por una chica que se encuentra en el umbral de dos etapas vitales, en la frontera de la niñez a la juventud. Como adolescente percibe el mundo de un modo agudizado, sin suavizar sus impresiones, y transmite con brillantez las ofensas, alegrías e interrogantes inherentes a su edad. No sólo nos da a conocer cómo se desarrollaban los acontecimientos en el Leningrado asediado sino también en gran medida qué pasaba en las conciencias de las personas que sufrieron el cerco”. 

Los pasajes más perturbadores están relacionados con la falta de alimentos y la muerte, obsesivamente presentes. El hambre y las bajas temperaturas se alían en una ecuación letal y, a medida que avanza el primer invierno del asedio, Lena pierde a sus tres seres queridos más cercanos hasta quedarse sola. “Ayer por la mañana murió mamá. Me he quedado sola”. “Qué duro es estar sola. Solo tengo diecisiete años… Dios santo, cómo me las voy a arreglar sola”.

A partir de ahí el diario entra en una espiral de monótona obsesión. A Lena sólo le preocupa la comida: qué ha comido hoy y qué comerá  mañana, un inventario que apunta con escrupulosa minuciosidad. Serguéi Iarov define este gesto como un recurso de supervivencia. “El recurso de autoconservación más importante de los individuos, y esto es especialmente perceptible en el diario, es su aspiración a distanciarse de los signos más terribles del cerco por medio de la descripción interminable de la comida que ingerirán al día, lo que en cierta medida les ayudaba a atenuar los estragos del hambre”. 

Otra obsesión es la evacuación, partir a toda costa de Leningrado. “Es cierto que Leningrado es una ciudad maravillosa, preciosa, y estoy muy habituada a ella, pero no puedo verla más, ni mucho menos quererla. Es la ciudad donde he tenido que sufrir tantas penas, donde he perdido todo lo que tenía, donde me quedé completamente huérfana. La ciudad donde conocí el horror de la soledad”. 

Entre tanto abandono y desdicha, Lena sólo encuentra refugio en su apreciado cuaderno marrón. Esa búsqueda de amparo en la escritura, dice Iarov, permite ver que una persona sigue siendo “civilizada”, que no le han robado su humanidad. En una de las páginas blancas de esa libreta Lena escribe: “mi querido gran diario, mi diario. Sólo te tengo a ti, mi único consejero. A ti te confío todas mis penas, preocupaciones, inquietudes. Sólo te pido una cosa: guarda mi triste historia en tus páginas, y luego, cuando sea necesario, cuenta la historia…”. 

El diario de Lena, Ediciones B, traducido por Ana Guelbenzu de San Eustaquio. 

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