Serguéi Belov, el jugador que bajó a la Tierra al baloncesto norteamericano

Tras una larga enfermedad ha fallecido a los 69 años el mítico jugador ruso, que participó en la final de los JJOO de Múnich, cuando los soviéticos ganaron a los estadounidenses por primera vez.

Estamos en Múnich 1972, en plena Guerra Fría, la URSS y EEUU se miden en una final olímpica, la palabra rivalidad se queda corta. Los norteamericanos se suponían favoritos, era su deporte, tanto como que en la historia de los JJOO no conocían la derrota en baloncesto. Por eso, por el oponente y por el dramático desenlace, victoria rusa con una canasta en el último segundo polémica arbitral incluida, no es aventurado calificarlo como uno de los partidos más relevantes de la historia del baloncesto. “Ahora sé que Dios existe”, comentó Breznev, Secretario General de la URSS.

El principal artífice del hito histórico de bajar por primera vez a la Tierra al baloncesto estadounidense fue un tal Serguéi Belov, máximo anotador de aquella final con 20 de los 51 puntos de la URSS (promedió 15 en el torneo).

Belov, siberiano de nacimiento, falleció ayer a los 69 en Perm, en los montes Urales, a donde se mudó hace 15 años. Afirmaciones como “icono del baloncesto” o “el mejor jugador ruso de la historia” pueden leerse hoy en las necrológicas de la prensa nacional. Conviene a este respecto recordar que aunque Tkachenko y Belostenni jugaron para la URSS, no son rusos sino ucranianos.

Además de ese célebre oro olímpico, el palmarés de Belov con la Unión Soviética es un primor: dos veces campeón del mundo y cuatro de Europa. A nivel de clubes, su currículum tampoco desmerece, ganó dos Euroligas con el CSKA de Moscú a las órdenes de Alexander Gomelski, con quien por cierto tuvo siempre una relación tirante (ambos era personas de fuerte carácter). Serguéi jugó un papel protagonista en todos sus equipos, primera opción ofensiva, por eso la trascendencia de su figura.

“Fue uno de los mejores de todos los tiempos, era imposible pararlo. Cuando daba dos botes hacia la derecha te dejaba en el suelo con su salto”, narra el norteamericano Clifford Luyk, con el que compartió muchos duelos.

Belov, que jugaba de escolta, es quizá la primera estrella del baloncesto europeo que prestó verdadera importancia al trabajo de gimnasio. Tres veces fue máximo anotador de la final de la Euroliga (por entonces Copa de Europa), con 21, 24 y 36 puntos, un hito sólo repetido por Toni Kukoc.

En los JJOO de Moscú’80, en los que por cierto fue el último relevista de la antorcha olímpica en la ceremonia de apertura, promedió 22 puntos y 4 asistencias. “El mundo del baloncesto ha perdido hoy a una verdadera leyenda. Belov fue una gran figura, un ejemplo de excelencia que allanó el camino y puso los cimientos del baloncesto tal y como hoy lo conocemos”, Jordi Bertomeu, presidente de la Euroliga.

Belov obtuvo también reconocimiento allende el mar. En 1992 fue incluido en el Salón de la Fama del baloncesto, un prestigioso club que por entonces contaba ya más de 100 miembros y 33 años de historia, pero que hasta Belov no había abierto nunca sus puertas a ningún no estadounidense.

Después de colgar las botas, Belov presidió la Federación Rusa (entre 1993 y 1998), entrenó a la selección nacional (tres medallas) y al CSKA de Moscú.

En 1998 dejó el ajetreo de la capital para regresar a su tierra, los montes Urales. En vez de retirarse de la primera línea y vivir de las rentas, Serguéi se remangó la camisa y se puso manos a la obra para reflotar el baloncesto en provincias, personificado en el hasta entonces humilde club Ural Great Perm.

Belov captó inversores y dirigió al equipo, tanto en los despachos como en la pista, guiándolo en 2001 y 2002 al título nacional. Un gran hito, las dos únicas temporadas en las 22 ediciones de la liga rusa que algún equipo logra romper la hegemonía del CSKA. En la esfera personal, Belov fue un tipo directo y ambicioso, pero también reservado, esquivo con la prensa.

Iván Dvorni compartió con él vestuario en la selección nacional en los años setenta: “Me inclino a la memoria de este extraordinario deportista. Serguéi fue un ganador, tenía un carácter fuerte, pero ante todo era un hombre de baloncesto, se dedicó a este deporte en cuerpo y alma durante toda su vida”.

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