Viktor Shklovski: enjaulado en el no-amor

Víktor Shklovski. Fuente: archivo

Víktor Shklovski. Fuente: archivo

Fue uno de los grandes críticos culturales más influyentes del siglo XX, exiliado de la URSS, vivió en Helsinki y Berlín, pero no consiguió adaptarse a la vida fuera de Rusia.

Érase una vez un emigrado ruso enjaulado en un solitario zoo. Se llamaba Viktor Shklovski y estaba enamorado. Su amada -que no amante- respondía de forma lacónica al cortejo del entonces veinteañero: ‘Escríbeme si quieres, incluso ven a verme, pero no me hables de amor’.

Novena carta 

Me has dado dos encargos:

1) No telefonearte. 2) No verte.

Así que ahora soy un hombre ocupado.

Hay un tercer encargo: no pensar en ti. Pero ése no me lo has confiado.

Por supuesto que todas las cartas que Shklovski escribió a Elsa Triolet hablaron de amor; un amor nunca manifiesto ni correspondido. El autor lo disfrazaba con tácticas narrativas y divagaciones sobre la fauna rusa que encontraba en el Berlín de entreguerras, especies enjauladas en una sociedad que no comprendían y engullidas por la historia.

Cuarta carta 

La vida nos pone pruebas, intercambia a las personas como se combinan las prendas y se ríe cuando sentimos atracción por los que no nos aman. Todo es muy sencillo, como los sellos postales.

Zoo o cartas de no amor (Ático de los libros, 2010), es una novela epistolar futurista que Shklovski escribió en 1923. Detrás de los destellos de platonismo sentimental se esconden junglas de cultura rusa. No sólo porque los animales del zoo evocan a grandes figuras como Tsvetáieva, Chagall, Jakobson, Pasternak, Ehrenburg o Bely, también por el tono alucinado de las cartas y la forma de amar. Dice el académico Mijaíl Lotman que el amor en Rusia es una forma de pena, en la que uno de los amantes siempre siente piedad por el otro.

Decimocuarta carta 

"Vive, pero no me robes ni tiempo ni espacio" 

Y añade: "Aquí tienes el día, y aquí la noche; vive entre las pausas. Yo no me molestes ni por la mañana ni por la tarde". 

 

En Rusia, ’nosotros’ es más fuerte.

Este libro puede ser comparado a los trabajos autobiográficos de Walter Benjamin; por ejemplo con ‘Diario de Moscú’, en el que el autor alemán (fallecido en Portbou) cuenta su vida cotidiana en la capital soviética a la actriz letona Asja Lacis (quien acaba ignorándolo tras un breve romance).

Programa de Radio 3 sobre Viktor Shkovski

Shklovski tuvo que abandonar Petrogrado en 1922 para salvar el pellejo, aunque no por su activismo político. Había luchado en la Primera Guerra Mundial como conductor de carros blindados, y durante la revolución se alistó con los socialdemócratas. Todo eso fue obviado gracias a Maxim Gorki, quien le consiguió una amnistía oficial.

Shklovski comenzó a dar clases de poética en la universidad, creando grupos vanguardistas como ‘Opoyaz’ o la ‘Hermandad de Serapión’. De hecho, Shklovski acabaría siendo uno de los críticos culturales rusos más influyentes del siglo pasado por lo que escribió durante esos años. Sin embargo, el nuevo exilio de su tutor Gorki, el inicio de persecuciones violentas a vanguardistas rusos y una denuncia anónima de ser ‘informante contrarrevolucionario’ le forzaron a escapar a Helsinki y de ahí a Berlín.

Como tantos otros rusos, nunca se adaptó al exilio.

Trigésimo primera carta 

No soy capaz de vivir en Berlín.

Todos mis hábitos, toda mi experiencia me llevan a añorar la Rusia actual. Sólo sé trabajar para este país.

La revolución me hizo renacer, y sin ella no sé cómo respirar. Aquí sólo puede uno sofocarse.

Shklovski siempre mantuvo una posición ambigua dentro del régimen soviético. En 1930, y ante las represiones de Stalin, escribió un artículo en Literatúrnaia Gazeta retractándose de todas sus teorías ‘formalistas’. Publicó después centenares de artículos, docenas de libros y varios guiones de cine, aunque con un impacto decreciente. 

Uno tiene que ser atrevido en su juventud… después de todo uno empieza nuevos proyectos motivado por frivolidades”

Su trabajo ha sido probablemente más reconocido fuera de las fronteras de Rusia. En castellano podemos encontrar una decena de traducciones de sus libros. Además, referentes culturales como Bertolt Brecht, Tzvetan Todorov o Herbert Marcuse han tomado como base su concepto de extrañamiento.

Para Shklovski la función del arte es forzar nuevas percepciones del lenguaje y del mundo. Para ello, el crítico cultural ruso elaboró diversas estrategias y conceptos. Por ejemplo, el de ‘extrañamiento’ (volver a aprender con los sentidos, y no por repetición) o el ‘arte como artefacto’ (estratagema instrumental) que impide reconocimientos autómatas.

En su opinión, el artista piensa en imágenes, en formas. Shklovski equipara al artista con la figura del caballo en el juego de ajedrez, quien se mueve de forma diagonal y aplica su personal forma de entender el mundo sin ser totalmente libre (sin poder ir en línea recta). El propio Shklovski fue un personaje complejo, convenientemente enjaulado en el zoo cultural soviético.

Trigésima carta 

Estás violando el pacto.

Me escribes dos cartas al día. Se me han acumulado muchas.

He llenado el cajón de la mesa; los bolsillos y el bolso están saturados.

Deja de escribir sobre cómo, cómo, cómo me quieres, porque en el tercer “cómo” me distraigo y me da por pensar en otras cosas.

A veces más que querer a una persona parece que queremos querer y tener alguien a quién escribir. Shklovski nunca conquistó a Elsa Triolet, quien se acabó casando con Louis Aragon. De esta colección, la única carta que consiguió una respuesta fue la última, que pedía a las autoridades soviéticas poder volver a Rusia. Todo quedó pues en un amor alucinado y hermoso, volcado en un libro sarcástico y delicado.

Además de Zoo o cartas de no amor, Shklovski nos dejó provocadores ensayos, diversas biografías, un diario y guiones como el de ‘La cama y el sofá’, una de las mejores películas del cine ruso.

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