La clase media del tenis ruso hace las maletas

Yaroslava Shvedova, una de las rusas nacionalizadas kazajas. Fuente: FTT

Yaroslava Shvedova, una de las rusas nacionalizadas kazajas. Fuente: FTT

En los últimos años ha surgido un fenómeno inaudito en el tenis ruso, el de jugadores que cambian de nacionalidad para poder obtener el patrocinio y el apoyo federativo que se les niega en su propia patria, un último recurso para dar viabilidad económica a su carrera profesional.

Uno escucha las cifras de ingresos de los Federer, Sharapova o Nadal y supone que el tenis es un deporte muy lucrativo, lo cual es cierto pero sólo para unos pocos privilegiados, los que forman parte de la gran élite. Para el resto, la mayoría, los profesionales de clase media, participar en el circuito profesional viajando alrededor del mundo puede ser inasumible sin el apoyo de patrocinadores. Y al parecer son eso, patrocinadores, tanto públicos como privados, los que escasean en Rusia a pesar de la bonanza económica presente.

Significativo es el caso de 6 rusos (3 mujeres y 3 hombres) que adoptaron la nacionalidad kazaja, país vecino sin la más mínima tradición tenística pero cuyo presidente de la federación es el multimillonario Bulat Utemuratov, empeñado en popularizar el deporte en su tierra. A cambio de competir bajo la bandera de Kazajistán y defender los colores de la selección, Utemuratov se encarga de los gastos de viaje y paga un salario fijo (en algunos casos puede alcanzar el millón de dólares anual, según caché), el sueño de estabilidad de todo tenista profesional de clase media. La Federación Rusa en general da luz verde a la marcha de estos jugadores pues no se trata de primeros espadas, aunque no todos los casos son tan claros. “Estoy decepcionado y enfadado con su decisión, nunca la podré entender”, declaró el año pasado el entrenador jefe de la Federación Rusa, Vladimir Kamelzon, al conocer la nacionalización por Kazajistán de la prometedora Ksenia Pervak, con sólo 20 años, por entonces nº39 del ránking WTA. Shamil Tarpishchev, capitán del equipo ruso de FedCup se mostró más condescendiente: “Hay un acuerdo de colaboración entre federaciones, en Rusia el problema es encontrar financiación para tantos buenos jugadores, así que no tengo nada en contra de que busquen oportunidades en Kazajistán, y de paso ayuden al desarrollo del tenis en aquel país”.

Las primeras en abrir camino fueron las moscovitas Yaroslava Shvedova y Galina Voskoboeva, que cambiaron su pasaporte en 2008. “En el tenis femenino ruso hay muchísima competencia, yo era la nº 15 del país por ranking WTA, lo que suponía que sería imposible participar en los JJOO o la FedCup. Entonces llegó la llamada de Kazajistán y me dije: ¿por qué no?”, explica Shvedova, una gran doblista, que ganó Wimbledon y US Open en 2010. Todos los tenistas rusos nacionalizados kazajos tienen su residencia fiscal en Astaná, aunque en realidad no tienen obligación de vivir allí habitualmente. Sólo acuden durante algunas semanas al año para entrenar, pues la federación local les ofrece buenas instalaciones y entrenadores.

“Los dirigentes en Kazajistán han entendido que los deportistas pueden ser los mejores embajadores para el país”, explica Voskoboeva. Entre los homólogos masculinos, tres en total, encontramos a Evgeny Korolev, primo de la célebre Anna Kournikova. "Lamentablemente en Rusia mi carrera no le interesaba a nadie y no recibía ningún apoyo”, relata Mikhail Kukushkin, que el año pasado por estas fechas alcanzó el top-50 del ranking ATP. “Kazajistán me ayudó en todo, me proporcionó apoyo económico, instalaciones y entrenadores. Estoy muy agradecido”.

Aunque Kazajistán es el destino prioritario, no es el único para los tenistas rusos de clase media. En su primera participación en el Abierto de Australia, allá por 2002, Anastasia Rodionova quedó prendada del país y decidió solicitar el permiso de residencia, como paso previo a la obtención del pasaporte. La ley australiana exige residir durante al menos 9 meses al año durante dos años para pedir el cambio de pasaporte, pero Rodionova no podía cumplir ese requisito pues debido a las exigencias del calendario WTA pasaba gran parte del tiempo viajando, de torneo en torneo. Anastasia adoptó finalmente la nacionalidad australiana en 2009 tras una larga batalla burocrática que se alargó durante 7 años. Vive en Melbroune con su hermana menor, Arina, que es también tenista profesional, tiene permiso de residencia australiana pero en su caso conserva el pasaporte y sigue compitiendo por Rusia.