La plaza mágica de las tres estaciones

Sobre otro lugar místico de Moscú, la encrucijada y escenario de una maldición que perdura. Fuente: ITAR-TASS

Sobre otro lugar místico de Moscú, la encrucijada y escenario de una maldición que perdura. Fuente: ITAR-TASS

Ya en el siglo XIV la ahora famosa plaza de las tres estaciones fue escenario de una maldición de la que hasta el día de hoy no se ha librado. Fuerzas desconocidas se entremeten en la vida de las personas y determinan su destino. Y los residentes de las casas vecinas reciben envíos del pasado. Aquí se cambia el curso del tiempo y aparecen trenes fantasma. Las personas que pasan por aquí sienten confusión y una inexplicable inquietud. Y no es casual.

La plaza Komsomólskaya es hoy en día encrucijada de tres estaciones de tren. Cuentan las leyendas citadinas que de vez en cuando vaga por este lugar un extraño y enigmático hombre que camina con ayuda de un bastón, vestido con harapos y la cara cubierta por la barba y el largo pelo blanco. No se apresura a ningún sitio y entre la afluencia de gente se planta al frente de la estación de Kazán y permanece como petrificado unos minutos. Después se arrodilla y se santigua como si rezara por un perdón. Termina su oración, se levanta y sigue su camino.

Cerca de 1000 trenes y algunos cientos de miles de personas llegan a la capital diariamente. El mayor movimiento de gente a la ciudad tiene lugar en la plaza Komsomólskaya, también conocida como la plaza de las tres estaciones. Todos los moscovitas al menos una vez en la vida, han pasado por aquí. Si alguien tiene asociaciones negativas hacia las estaciones, como suciedad, agitación y sienten miedo cuando se encuentran en una estación, aquí lo pasarán peor pues hay tres. Y toda esa energía negativa la recoge por tres lados diferentes la plaza. Esa inquietud que experimenta la gente está relacionada con el exceso de energía negativa de la que los propios raíles son fuente. Hay quien intenta no pasar aquí mucho tiempo.

En el lugar donde se encuentra ahora la plaza de las tres estaciones, a principos el siglo XVII, había unos pocos asentamientos de artesanos, ganaderos, etc., por en medio pasaba el río Chechora, que más tarde quedaría enterrado. Y alrededor había ciénagas inpenetrables en el lugar que ahora ocupa la estación de Kazán. En la primera mitad el siglo XVIII, los moscovitas empezaron a poblar esta zona, aunque de mala gana, pues temían a aquellas arenas malditas.

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Cuentan los veteranos residentes de estos lugares que hace mucho tiempo en ese lugar existió un monasterio que tras la maldición de un extraño personaje, quedó hundido bajo la tierra.

La leyenda dice que una noche de infortunio, los rayos hicieron temblar los muros del monasterio. Los monjes escucharon un grito de auxilio de un hombre que pedía desesperadamente que le abrieran la puerta y le dejaran calentarse. Los monjes se asustaron y desconfiaron de él, mientras el desconocido no cesaba de pedir ayuda y no le abrieron. La voz del desconocido de repente cambió, ya no era una voz que pedía auxilio, sino una voz que decía: “¡Que os trague la tierra, malditos!”. En ese momento todo empezó a temblar, y en el lugar del monasterio solo quedaron arenas y ciénagas.

Cuentan que tiempo después en el lugar se oían rezos de los monjes enterrados y entre las arenas y ciénagas, aparecía una luz verde a través de la cual se veía como caminaba en la oscuridad el extraño mendigo que pedía perdón a los monjes por su maldición.

Casi 300 años este lugar estuvo vacío hasta que se abrió una cantera de la que recogían arena para la construcción y para fabricación de campanas de los templos más famosos. Pronto notaron propiedades extrañas, en las manos de los obreros aparecían llagas que permanecían largo tiempo sin curarse. Tras muchas elucubraciones, no encontraron explicación. Recordaron la maldición y se cerró la cantera que se empezó a llenar de agua de la ciénaga maldita y del río Chechora, y se convirtió en un enorme estanque. El lugar tomo otro color con el estanque y se empezó a utilizar como lugar de fiestas y de fuegos artificiales. El zar Alexéi Mijáilovich Románov quiso construir aquí un palacio de paso, sin importarle la famosa maldición. Pero curiosamente, tras la construcción nadie vivió en él, y los que lo habitaron temporalmente morían, enfermaban o desaparecían. De hecho, el zar solo estuvo en una ocasión. Estas desgracias las asociaron con el estanque y las ciénagas de las que emanaba un horrible olor. Más tarde, el palacio ardería en un incendio y el territorio quedaría yermo. A mediados del siglo XVIII el número de residentes en la zona se redujo drásticamente. La gente abandonó sus viviendas originales por miedo a la maldición y de cien patios de casas quedaron treinta y el estanque que en su día fue parte de un bonito paisaje se convirtió en un vertedero maloliente. En 1851 se inauguró el primer ferrocarril que unía Moscú y San Petersburgo. Los trabajos se aplazaban continuamente y nadie se interesó por las referencias del lugar. Decidieron construir dos estaciones más. En 1862 la estación de Yaroslavl y en 1864 la de Kazán. Durante la construcción ocurrieron cosas extrañas. Pero nunca se entendió por qué decidieron construir las estaciones precisamente ahí.

Aumentó la afluencia de pasajeros y el lugar dio un giro de 180 grados. Asimismo, los transeúntes empezaron a notar que sucedían cosas extrañas con el curso del tiempo y que había anomalías cronológicas. El tiempo se ralentizaba y lo que parecían minutos, resultaban ser  horas. Según los expertos, el secreto de estas anomalías parece ser la disposición y la energía negativa de la plaza. Desde una visión panorámica superior, semeja un triángulo. Los edificios de las estaciones proyectan su energía en el puente del ferrocarril, que hace las veces de base del triángulo. Se puede suponer que el puente sirve de portal cronológico que permite viajar tanto al pasado como al futuro. Cuentan que en el 2006, a una de las casas vecinas llamó a la puerta un visitante del pasado con un paquete que su amigo había dejado olvidado en su casa el día anterior, su amigo resultó ser un antiguo inquilino de la casa, ya difunto.

Y no se acaban con esto los sucesos extraños del lugar, en cierta ocasión, un emprendedor italiano, decidió construir un teatro de ópera para 300 espectadores. La ópera no duró mucho, el teatro ardió hasta tres veces, tras lo cual la compañía se alejó del lugar y el italiano emprendió camino a su patria pero no llegó, murió por el camino. De nuevo el lugar quedó baldío. Andréi Nikitin, el pintor que retrató a Lérmontov utilizó para sus cuadros pintura artesanal que combinaba con arena del terreno maldito y tuvo un trágico desenlace, así como el propio Lérmontov después de ser retratado por él.

Tiempo después, la maldición perduraba. Y a mediados de los años 30 del siglo XX, empezó la construcción del metro donde no faltaron desgracias.

También se habla de trenes fantasma. Dicen que a mediados de los años 90 del siglo XX  desapareció un tren con pasajeros. Durante dos días no se supo nada de ellos y solo al tercer día apareció en la estación de destino donde ya no lo esperaban. Los pasajeros no notaron nada inusual y se sorprendieron cuando les dijeron que habían buscado el tren durante tres días. Los maquinistas aseguraban que habían cumplido con su horario. Los instrumentos de la cabina de los maquinistas así lo demostraban.

Las investigaciones demuestran que esas desapariciones son debidas a un esquema inusual de vías de ferrocarril que existe entre las estaciones. Los numerosos cruces de líneas, unas con otras, hacen que determinados tramos no se reflejen. Se habla del efecto de la cinta de Möbius que posee solo una superficie. Y para caer al lado interno de la cinta no hace falta cruzar sus bordes. A veces la llaman el símbolo de la eternidad, ya que la superficie de esta cinta se puede recorrer eternamente. Según este principio, si el objeto se mueve por el lado exterior tarde o temprano caerá en el interior y después al exterior de nuevo, por eso, a partir del principio de la cinta de Möbius, el tren puede pasar tres días en la superficie visible y volver al lado no visible. Pero lo que ocurre entre la superficie visible y la no visible no lo han podido determinar.

Compruébenlo por sí mismos, cualquiera puede ser un pasajero del tren fantasma...

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