San Petersburgo conmemora el 150º aniversario de Alexander Golovín

Fiódor Chaliapin caracterizado como Borís Godúnov, Aleksandr Golovin Fuente: Museo Ruso

Fiódor Chaliapin caracterizado como Borís Godúnov, Aleksandr Golovin Fuente: Museo Ruso

Si a primera vista el nombre del pintor y escenógrafo Aleksandr Golovín (1863-1930) resulta desconocido bastará con nombrar uno de sus trabajos más famosos, en especial para todos aquellos que hayan visitado San Petersburgo y para los amantes de la ópera y la danza: el exuberante telón del teatro Mariinski, convertido en uno de sus emblemas, que se encarga de recibir a los espectadores y se levanta, silencioso, con cada inicio de función. El Museo Ruso recoge en una muestra todas las actividades a las que se dedicó este polifacético artista con motivo del 150 aniversario de su nacimiento.

Una figura de mirada amenazante intimida a los paseantes que recorren el canal Griboyédov en dirección a la Perspectiva Nevski o a la Catedral de la Resurrección de Cristo. Sostiene un cetro en la mano derecha, mientras que la izquierda reposa sobre su pecho, adornado con lujosa pedrería. Es la imagen más famosa del bajo ruso Fiódor Chaliapin, caracterizado como Borís Godunov. Su interpretación de la partitura de Músorgski en París, una de las primeras producciones del empresario teatral Serguéi Diághilev en el extranjero, lo catapultó a la fama internacional.

El autor de este y otros famosos retratos, así como de emblemáticos diseños escenográficos para los Ballets rusos y los Teatros Imperiales de la ciudad, es Alexander Golovín, a quien el Museo Ruso dedica una retrospectiva con 150 obras cedidas por diferentes museos de San Petersburgo.

Fuente: Marta Rebón

En ellas, se aprecia la mezcla de tradición rusa y modernismo europeo, marca distintiva del círculo artístico que se formó alrededor de la revista Mir Iskusstva [Mundo del Arte], así como su maestría con el color, la textura y los acabados.

El Mariinski, cuyo gran taller bautizado con el nombre del artista -donde se crean y preparan los decorados y que se encuentra debajo de la cúpula-, también ha cedido varios diseños escenográficos y de vestuario de la época.

Golovín, además de por su técnica, era conocido por su productividad y derroche imaginativo, pues era capaz de realizar múltiples bocetos para el diseño de una escena y varios vestidos para un mismo actor. Sus colegas calificaban sus trabajos de “poemas plasmados en tejido”.

El teatro, en especial el Mariinski, es, sin duda, el espacio de la ciudad más íntimamente ligado a Golovín, con el que mantuvo una relación profesional que se prolongó casi treinta años. En el foyer del tercer anfiteatro aún hoy se contempla su autorretrato.

 

Fuente: Marta Rebón

Golovín llegó a ser la máxima autoridad en cuanto a estilos históricos distintos, especialmente por lo que respecta a vestuarios y mobiliario. No había una sola producción operística que no pasara por sus manos. Y es que este moscovita fue nombrado pintor-decorador jefe de los Teatros Imperiales de la entonces capital. Su nombre ha pasado a la historia en el diseño de las producciones tanto clásicas como contemporáneas de la época. Tal es el caso de El pájaro de fuego o El ruiseñor, estrenados por Diághilev.

La imagen de Chaliapin que aparece en el cartel de la exposición, pero esta vez ya la original, recibe a los visitantes cuando entran a las salas del ala Benois dedicadas al pintor moscovita. La imponente presencia de Godunov es uno más de los ejemplos de la maestría de Golovín para expresar el mundo interior de los personajes escénicos.

En esta y las siguientes salas, se encuentran representaciones de paisajes, naturalezas muertas y una galería de personajes del mundo intelectual y artístico ruso, como el también célebre retrato de Meyerhold. La mayoría de modelos pertenecían al grupo de colegas y artistas que lo acompañaron: técnicos teatrales, pintores, mecenas, directores, actores y cantantes.

 

Fuente: Marta Rebón

Para ello, aprovechaba el estudio que tenía en el Mariinski, donde los hacía posar muchas veces ataviados con los trajes que se procuraba de los almacenes del teatro. Después de la Revolución, aunque muchos de sus colegas pintores emigraron, él continuó colaborando en las óperas del Mariinski, las producciones de Meyerhold y el Teatro de Arte de Moscú.

En la retrospectiva también destaca la galería de retratos de mujeres españolas, fruto de sus viajes por Europa, impregnados del exotismo de principios de siglo. Tanto en unos como en otros, la rica y exuberante policromía, la fantasía espacial y la sensación de movimiento pictórico embriagan al visitante y lo atraen a un territorio a medio camino entre la leyenda y la realidad que propugnaba el círculo artístico Mir Iskusstva.

Entre sus componentes figuraban Alexandre Benois o Léon Bakst, quienes, junto a Golovín, diseñaron las producciones de la primera etapa de los Ballets Rusos, que desembarcaron en la capital francesa. En la búsqueda de un nuevo estilo neorromántico inspirado en el arte y en las leyendas populares rusas, con especial atracción por otras técnicas que no eran el óleo, revolucionaron el diseño teatral y pusieron en el mapa internacional escenarios como el del Mariinski.

Esta tendencia a teatralizar la realidad se observa en buena parte de los cuadros que integran la exposición. Por un lado, las obras paisajísticas, tratadas con los mismos parámetros de luz y espacio, parecen estudios para decorados. Por otra, incluso los retratos y naturalezas muertas se asemejan a puestas en escena y los modelos se presentan como un elemento decorativo más dentro del conjunto.

Las composiciones tienen un equilibrio muy medido, como no puede ser de otra manera para quien tiene que combinar su arte con lo que sucede en un escenario. La mayoría de estas obras están pintadas con materiales que no son óleo, sirviéndose de técnicas como el guache o el pastel, que imprimen una mayor luminosidad y colorido al conjunto, cercano al que se percibe sobre las tablas de un escenario.

Sin ser Golovín un seguidor a ultranza del impresionismo, el espectador puede descubrir en sus pinturas deslumbrantes fragmentos con superficies donde los punteados coloristas, propios de la corriente francesa, hacen acto de presencia.

Para quien no pueda visitar San Petersburgo, pero sí Moscú, puede acercarse al Hotel Metropol de la capital y apreciar los mosaicos que adornan sus paredes, obra de Golovín en colaboración con Mijaíl Vrúbel.