“Perdidos” en Siberia

Dieciséis concursantes de un programa de telerrealidad aceptan aterrizar en un rincón apartado de la taiga siberiana para pasar el invierno con lo que llevan puesto. El último que resista en un antiguo asentamiento abandonado en extrañas circunstancias se embolsará un suculento premio de 500.000 dólares. Hasta aquí nada anormal, pues someter a grupos de desconocidos a las más dispares situaciones y grabar sus reacciones las 24 horas del día ya no es ninguna novedad. Pero, ¿qué pasaría si la realidad irrumpiera de repente en una programa de televisión que simula esa “realidad”?

Las series y programas televisivos son ya fenómenos globales, cuando no franquicias. El formato de Supervivientes, comprado por cadenas de más de 45 países (la versión rusa, Last Hero, se emitió por el Canal 1), se creó en la década de 1990 y se basó en Robinson Crusoe, la novela de Daniel Dafoe, a modo de inspiración. El único inconveniente que tenía el original es que un náufrago solitario no era un señuelo lo suficientemente atractivo como para mantener la atención de la audiencia las veinticuatro horas del día. La solución pasó por enviar a una isla paradisíaca a un grupo de pseudorobinsones que antes pasaron por un casting. El programa estaba servido: nada más imprevisible y adictivo (los datos de audiencia no engañan) que las relaciones humanas sometidas a situaciones límite.

Si a este formato le añadimos unos toques de Lost, la críptica serie creada por J. J. Abrams en la que los supervivientes de un accidente aéreo acaban en una isla donde algunos sucesos desafían la lógica, obtenemos la fórmula de la recién estrenada Siberia, la serie que firma Matthew Arnold.

En ella, las localizaciones no son playas paradisíacas de aguas cristalinas. Los concursantes se enfrentan al aislamiento psicológico y físico de la taiga y sus crudos inviernos en la zona central de Siberia, en Krasnoyarsk. Y el origen de los sucesos fantásticos y extraños –desapariciones, ruidos inexplicables, luces nocturnas en el cielo– parece que, a medida que avanza la serie, puedan tener alguna relación con el suceso de Tunguska.

Según la teoría más aceptada, un cometa o fragmento compuesto por hielo y polvo provocó una explosión antes de tocar tierra superior en potencia a la bomba de Hiroshima, arrasando 2.000 kilómetros cuadrados de bosque. Por supuesto, los concursantes, al llegar a Siberia, ignoran que el asentamiento tiene este historial y tampoco saben que los evenki, la etnia autóctona, no parecen estar muy de acuerdo con su visita. Si es que son ellos quienes acechan el asentamiento.

Más allá del clima de terror y de los fenómenos paranormales propios del género que van in crescendo capítulo tras capítulo (el suceso de Tunguska ya mereció un episodio en Expediente X), lo más interesante de Siberia es, de momento, la duda permanente a la que se somete al espectador: ¿qué es parte del guión y qué es realidad?

El formato nos resulta familiar y ésa es la principal baza de su creador: cámaras siguiendo a los concursantes en todo momento; apartes donde éstos, a modo de confesionario, cuentan su visión de la realidad, las motivaciones y las percepciones que se mezclan con lo que las cámaras captan de forma aparentemente objetiva y un cóctel humano donde nunca se sabe si las personas son sinceras o no, si buscan el bien común o la ventaja personal, si las palabras se dicen sinceramente o con una intención oculta.

Ya en el capítulo piloto, el presentador que les da la bienvenida a Siberia deja claro que en el concurso no hay reglas, toda estrategia es bienvenida. Así que el dilema está servido cuando se presentan los primeros heridos, se avistan tigres siberianos donde no tendría que haberlos, surgen luces verdes en el cielo o los productores desaparecen de su campamento dejando un rastro de sangre.

Llegados al meridiano de esta, de momento, primera temporada de Siberia,  el espectador puede que encuentre interesante esta vuelta de tuerca sobre los formatos televisivos y nuestro creciente alejamiento de los “hechos reales” en favor de los simulacros. 

El equipo técnico y ejecutivo que hay detrás de esta serie, tanto camarógrafos como productores ejecutivos, están curtidos en programas como Survivors. Los actores que hacen de personas «normales» se llaman por sus nombres reales y las biografías tienen puntos en común, en algunos casos, con la ficticia. No es así en el caso de la actriz siberiana Sabina Akhmedova (Sabina en la serie), que interpreta a una militar retirada del ejército israelí y que, en la vida real, es una actriz formada en el Teatro de Arte de Moscú.

¿Qué les espera a los concursantes, abandonados a su suerte, sin entender nada en absoluto de lo que está pasando? Por lo pronto, enfrentarse al invierno que, parece, llegará antes de lo previsto. Rodada en Canadá, Siberia es un pequeño descubrimiento por su mezcla de géneros, que deconstruye nuestra forma de entender el espectáculo televisivo.

Mientras tanto, los vídeos promocionales así como los capítulos en el sitio web oficial de la serie, están bloqueados para su visionado en Rusia: un texto sobre una pantalla en negro avisa que no está disponible desde esa localización. Otro fenómeno paranormal.    

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