Evocando a Tsvietáieva desde Tánger

¿Es posible volver a una casa que ha sido demolida? Marina Tsvietáieva se hacía esa pregunta, ya exiliada en Francia, en unos versos. Se refería a la Rusia transformada en un frío acrónimo que abandonó junto con su marido Serguéi Efrón, poeta y ex oficial del Ejército Blanco, y sus dos hijos. El autor Simon-Pierre Hamelin, en la actualidad residente en Tánger, reconstruye las voces interiores de los componentes de esta familia errante en la novela “101, rue Condorcet, Clamart”, tras haber descubierto que el mundo de su infancia, en la periferia parisina, había transcurrido en los mismos espacios que los de la poeta rusa expatriada. En la librería que regenta en el norte de Marruecos [Librairie des Colonnes], charlamos con Hamelin sobre su experiencia personal en Rusia, el doloroso exilio de Tsvietáieva en el país galo y la búsqueda de un icono religioso que en su día perteneció a Lev Tolstói.

 El escritor francés Simon-Pierre Hamelin. Fuente: archivo propio

La historia que es el germen de 101, rue Condorcet, Clamart habría podido inventarla Paul Auster, el escritor estadounidense cuyos personajes están guiados por el azar y las casualidades. Clamart, una comuna al suroeste de París, es, para los apasionados de la obra de Marina Tsvietáieva, el lugar donde la poeta vivió los días más lúgubres de su exilio en Francia. Sufrió por vivir lejos de sus lectores y de donde se cocinaba el futuro de las letras rusas que, según ella, no se hallaba  en los círculos de la emigración.

Además, los ingresos que le reportaban sus colaboraciones en publicaciones diversas menguaron drásticamente, hasta el punto de acabar sumida en la indigencia. La familia se vio forzada a dejar su apartamento en el nº 2 de la Avenue Jeanne d’Arc, en Meudon, y buscar un alojamiento más económico en Clamart, donde también había un número importante de residentes rusos.

Casi ocho décadas más tarde, Hamelin (París, 1973), encontró de madrugada entre las estanterías de su casa familiar una biografía de la poeta. Hojeando las páginas, averiguó que su infancia y adolescencia se habían desarrollado en el mismo edificio donde los Efrón se instalaron en enero de 1931.

Como bien saben los lectores de Auster, las llamadas telefónicas pueden ser el detonante de una trama novelesca. Hamelin llamó a su hermana para compartir aquel descubrimiento y, mientras le leía el capítulo, encontró otra dirección, el nº 12 de la rue de Buci de París, que, curiosamente, coincidía con las señas donde vivía su hermana y que, en tiempos de Tsvietáieva, fue sede de la Unión para el Regreso a la Patria, organización que frecuentó Efrón.

Para rizar el rizo, más tarde supieron que Pierre Léon, tío de Hamelin, había traducido parte de la obra de Tsvietáieva, por encargo de la editorial Gallimard, en el nº 12 de la rue de Buci. Así se cerró un triángulo de coincidencias.

Su primera novela responde, además de a las casualidades, a una precoz atracción por la cultura eslava, pues como afirma en el epílogo, sus “primeras representaciones de lo extranjero tuvieron un fuerte sabor ruso”.

El poeta sufí Ibn Arabi escribió estos versos: “Añoró el Oriente al ver por el Este el rayo, mas si por el Oeste hubiese lucido, el Occidente habría anhelado”. En mi caso, a una edad temprana, vi ese destello en el Este. Vivía rodeado de rusos emigrados de primera, segunda y tercera generación. Muchos de mis compañeros de clase tenían apellidos rusos, por la calle me cruzaba con símbolos ortodoxos y los domingos las ancianas rusas se congregaban en el parque.

Acabé sintiéndome más cerca de la Rusia de la emigración que de mis propios compatriotas. Desde entonces me he sentido acompañado por ese país que ya no existe, que más bien es fruto de la fantasía de los rusos con quienes me relacioné -unos ya habían nacido en el extranjero y otros recordaban un país del pasado- y de mi propia imaginación infantil.

Luego los sueños se hicieron realidad.

A los 18 años me fui de Francia en busca de ese destello, a Rusia. Pasé dos años, uno en Leningrado y otro en el campo, cerca de Pskov, alimentándome a base de patatas y de pan negro, pero fue suficiente para sentir que aquella era la cultura más cercana a mi sensibilidad.

Recuerdo que, en Leningrado, a principios de la década de 1990, en un mismo día podía asistir a una función de ópera, a una representación teatral en un apartamento o a un recital de poesía en un café. Y todo ejecutado con una energía muy distinta a la del consumismo cultural francés.

¿Viajó sin saber una palabra de ruso?

Lo poco que sé lo he aprendido sobre la marcha, por eso lo hablo mal. Cualquier aprendizaje, sobre todo el de lenguas, se alimenta de la pasión. Recuerdo mis esfuerzos por aprender palabras con la ayuda de un pequeño diccionario en la cocina de la familia con la que vivía… que, por cierto, se expresaban en un francés mejor que el mío.

Se daba el caso que yo les explicaba, a ellos y a otros amigos, una Rusia que no conocían -la de la emigración- y les hablaba de autores que no habían podido leer, como Berberova, Bunin o Tsvietáieva. Es interesante la fascinación de los rusos por Occidente, pues parte de un interés real. Bulgákov nunca estuvo en Francia, pero escribió una obra sobre Molière y el París del siglo XVII tan fidedigna como si los hubiera conocido en persona.

En su novela ¿quiere reivindicar el arte creado por el inmigrante y poner de relieve los obstáculos con los que se enfrenta? Tsvietáieva se sentía en tierra de nadie: en Rusia no la publicaban y en Francia no tenía lectores.

He querido dar a conocer esa etapa de Tsvietáieva, muy poco conocida por los franceses -que siempre han mostrado un interés superficial por Rusia-, y así hacer justicia, a través de la literatura, a los rusos que emigraron a Europa.

Tsvietáieva vivió a 300 metros de Iván Bunin, también fue su vecino el filósofo Nikolái Berdiáyev… Son nombres destacados que da la impresión de que nunca vivieron en Europa.

En Francia, Tsvietáieva vivía para y por Rusia y, tal vez por esa razón, ella misma se impuso un doble exilio: no quiso relacionarse con la emigración Blanca ni con los intelectuales soviéticos y occidentales de la década de 1930, porque el ambiente estaba muy politizado. Lo que he intentado es cambiar la mirada de los lectores hacia la emigración, en general, y hacia sus artistas, en particular. También para equilibrar un interés no siempre correspondido con Rusia.

Como se ha constatado con la publicación de El cuaderno rojo (cuaderno escolar que acompañó a la poeta rusa en 1932-33), Tsvietáieva habría podido ser una autora en lengua francesa por su dominio de la lengua.

En una carta Rilke le escribió que no podía traducir sus propios versos. Ella le respondió que la poesía ya es de por sí traducción, traducción de una voz interior. Tsvietáievase apenaba cuando la reducían a 'poeta rusa'. Creo que compartía ese orgullo de los grandes poetas de serlo para todos los lectores, no sólo para aquellos con los que se comparte una lengua.

¿Cree, entonces, que en Europa hay cierta actitud monolítica con respecto a ciertas culturas?

Es cierto que hay un importante consumo de cultura rusa –hablo de Francia-, pero siempre desde el exotismo, algo muy francés, por cierto, como pasa también con el mundo árabe. A los tangerinos, que hablan tres o cuatro lenguas, si se lo pregunto, son capaces de nombrar intelectuales franceses o rusos, a pesar de la limitada libertad de expresión y los problemas de distribución editorial. Pero, en general, si a un europeo le pido el nombre de un intelectual árabe no sabrá qué contestar. La traducción, por sí sola, no crea un vínculo.

Rusia está haciendo un esfuerzo de diplomacia cultural con la creación de canales de noticias en varios idiomas y la subvención de traducciones literarias.

Rusia tiene una relación compleja con su europeidad. Siente que tiene que hacer un esfuerzo por legitimarse, por mostrarse como una sociedad 'civilizada' y no como unos bárbaros orientales. Aunque ahora ya estamos todos inmersos, tanto Este como Oeste, en esa cultura que entiende el arte como un objeto de consumo.

En el escaparate de la Librairie des Colonnes nunca faltan autores rusos, clásicos y contemporáneos.

Siempre que viajo he encontrado mi 'Rusia' particular y, por eso, en parte, me siento bien en Tánger, porque son dos culturas con puntos en común. Si hay dos países que aprecien realmente la poesía son Marruecos y Rusia, y no sólo por su fuerte tradición oral.

No sé si hay lenguas con una musicalidad especial para la lírica, pero ambos países han sustentado su cultura en la expresión poética y musical. Los árabes son muy buenos lectores. Si además tenemos en cuenta que los autores rusos han llevado la novela más lejos que nadie y que el marroquí, por la limitación de recursos económicos, quiere adquirir obras de mucha calidad, el resultado es que lo que más vendemos es literatura rusa.

Además, para un árabe, el encuentro con Dostoievski es una revolución. Y, por qué no decirlo, es más fácil entender psicología con Crimen y castigo que con Freud o Lacan. 

Marruecos también fue un importante destino de emigración rusa.

Casi tan importante como Europa, y esa emigración rusa, junto con las personas que fueron a estudiar a la Unión Soviética y luego volvieron, ha conformado una pequeña comunidad con la que puedo practicar mi ruso imperfecto. El antiguo Imperio zarista tuvo una gran vinculación con el mundo oriental y la tradición musulmana. ¿Qué es lo primero que encuentras en las casas rusas? Tapices.

¿Cuáles son sus proyectos en Tánger, después de tomar las riendas de esta librería mítica en la vida cultural de la ciudad?

Cuando llegué era poco más que un museo: algunas fotos, unos pocos libros… No había mucha competencia para trabajar aquí. Me pareció estimulante difundir la literatura en un sitio donde es difícil hacerlo.

Fundé una revista literaria, Nejma, que sigue su andadura descubriendo a nuevos autores autóctonos. También organizamos el festival de literatura Correspondances de Tanger. Para la edición de este año, en octubre, hemos invitado a Vasili Golovánov y a Luba Jurgenson, la traductora de Shalámov al francés y de muchos otros autores rusos. Dará una charla sobre la literatura que nace de la experiencia carcelaria, algo que los intelectuales marroquíes también conocen de primera mano.

La mezcla es una de las riquezas de Tánger: es un Babel más o menos armonioso donde se habla árabe, inglés, francés, ruso o español y cada día resulta de lo más enriquecedor si uno decide atravesar esas capas. Tras viajar mucho he decidido que sea el mundo ahora el que venga a mí.

Y aparte de mis indagaciones sobre la música y la literatura marroquí, ando buscando el icono que Tolstói entregó a uno de sus hijos, que murió en Marruecos en 1944. Compró su propiedad de Marrakech la millonaria Barbara Hutton, que luego se la regaló a Basile, su dama de compañía rusa. Finalmente, la propiedad fue adquirida por el dueño de Hermès… Pero, de momento, sigue sin aparecer el icono.

Más información en la Librairie des colonnes.