¿Por qué la escasez de público en los mundiales de atletismo?

Las imágenes de las gradas medio vacías del estadio Luzhnikí en Moscú se han repetido estos días. Fuente: AFP / East News

Las imágenes de las gradas medio vacías del estadio Luzhnikí en Moscú se han repetido estos días. Fuente: AFP / East News

Pese a reducir a la mitad el aforo del estadio Luzhnikí la organización del evento no ha conseguido maquillar el problema de asistencia.

Las gradas medio vacías son el chascarrillo de atletas y periodistas extranjeros en los primeros días de los mundiales de atletismo de Moscú. ¿Cómo es posible semejante indiferencia hacia el evento más importante del calendario deportivo mundial de 2013? Para los que seguimos el deporte ruso habitualmente la escasez de público es un problema conocido, endémico, cuya raíz es tan evidente como dolorosa: la escasa cultura deportiva en la Rusia postsoviética, que cristaliza en el desinterés del ciudadano medio, especialmente acusado en la capital.

Una fiesta sin gente será siempre un fracaso, por mucho empeño que se ponga en la organización. El Mundial de Atletismo se había promocionado con profusión en la ciudad, desplegando una importante campaña publicitaria previa.

Desde hace meses resulta habitual cruzarse con anuncios de los campeonatos en la televisión nacional (Rusia 2), en periódicos locales y, lo que mejor funciona en Moscú para promocionar eventos, cartelería en inmobiliario urbano: marquesinas, estaciones de metro, etc.

Usain Bolt, Yelena Isinbáyeva y la guapísima saltadora de longitud Daria Klishina han sido los rostros de la campaña. Otro aspecto sería el papel de los representantes nacionales, que garantizan interés competitivo para el espectador local. En este caso la delegación rusa acude a los Mundiales con unas magníficas perspectivas de entre 15 y 20 metales, con los que incluso competirle a EE UU el primer puesto del medallero.

El sistema de venta de entradas por internet es sencillo y su precio es asequible. Si descontamos las zonas VIP y premium, el precio de las entradas para el turno de tarde (finales) oscila entre 7 y 15 euros, el doble en fin de semana, una cantidad moderada para un evento de esta magnitud en ciudad de más de 10 millones de habitantes donde tomarse un café en el centro cuesta cinco euros.

Días antes del comienzo de los campeonatos la organización anunció que se habían vendido ya el 80 % de las entradas, un dato en principio exagerado pero que nos remite a otro problema endémico de los eventos deportivos rusos, la reventa.

En Luzhnikí hay mucho más papel vendido que espectadores en las gradas porque algunas ‘agencias’ de reventa compraron masivamente entradas esperando hacer el agosto, aunque en este caso sobrevaloraron el interés del evento y ahora “se las están comiendo”.

Un problema que ya sucedió en la reciente Universiada de Kazán, eventos con todas las entradas vendidas y la grada medio vacía.

Para maquillar el previsible fracaso de asistencia la organización de los Mundiales de Moscú decidió limitar la capacidad del estadio Luzhnikí a menos de la mitad, de los 78.000 asientos de pago originales a unos 35.000. ¿Cómo? Con una generosísima zona de prensa y reservado para delegaciones, entre ambas ocupan el equivalente a 16.000 asientos.

Además, a partir del lunes se ha deshabilitado casi por completo la tribuna lateral Este, equivalente a seis sectores, donde se han colocado unas lonas azules corporativas y una torre para cámaras de televisión.

Pero el maquillaje no ha conseguido disimular la evidencia: “Esto está muerto, no hay ambiente. Compararlo con Londres el año pasado es como del día a la noche”, declaró el lunes por la mañana el dominicano Félix Sánchez, campeón olímpico de 400 metros vallas. Serguéi Bubka, leyenda del deporte soviético y miembro del COI, trató de quitar hierro al asunto: “Es agosto y hace calor, los moscovitas no van a los mundiales porque están en la dacha”.

Ya se vieron grandes claros en las gradas el primer fin de semana de competición, a pesar de que se disputaron varias finales. La ceremonia de apertura en la que participó el presidente Putin y la presencia del mediático Usain Bolt en la prueba de 100 metros consiguieron que un número razonable de moscovitas curiosos se acercase a Luzhnikí, que de todas formas apenas alcanzó el 60% del aforo.

La afluencia se desplomó el lunes hasta cifras paupérrimas, con apenas un cuarto de entrada en la sesión de tarde, pese a que Rusia se adjudicó dos medallas.

El lunes, más que moscovitas, en las gradas había grupos aislados de expatriados a la salida de la oficina (principalmente ingleses, alemanes y franceses), turistas de paso atraídos por el bajo precio de las entradas y un ruidoso grupo de ucranianos uniformados que ocupan dos sectores del estadio.

El martes por la tarde-noche la asistencia repuntó gracias al tirón de Isinbáyeva, pero las sesiones matinales y las pruebas urbanas (maratón y marcha) están estructuralmente desiertas, hay más periodistas y policías que aficionados.

Con los JJOO de Sochi a la vuelta de la esquina y el Mundial de fútbol en el horizonte, las autoridades deportivas del país bien deberían tomar nota, analizar las causas y poner en marcha medidas correctoras.

Si no se mejora el problema de la asistencia será difícil que en lo venidero Rusia pueda optar a la concesión de más grandes eventos deportivos, al margen de los que ya le han sido adjudicados.