Mardái o las ruinas del imperio soviético

Era un lugar de extracción de uranio que cerró definitivamente en 1995 y quedó abandonado. Walter Benjamin recuerda que el encuentro con las ruinas nos confirma que la historia no es neutral.

 

Fuente: Fran Martínez

En octubre de 1989, tras varias medidas de transparencia inspiradas por la glásnost soviética, el gobierno mongol reconoció la existencia de la ciudad de Mardái, donde unos 50.000 ingenieros y mineros rusos se afanaban en la extracción de uranio.

Mardái fue montada en 1981 y contaba con tiendas rusas, escuelas rusas, policías rusos, arquitectura soviética y libros de Lenin. No obstante, lo que más sorprendió por entonces a los pocos visitantes locales fue ver gimnasios, tiendas con fruta, campos de fútbol, ring de hockey hielo, una pista de aterrizaje y una piscina en medio del desierto estepario.


Darnog. Región mongola en la que se encuentra Mardái

El uranio extraído en Mardái se enviaba a la planta de procesado de Krasnokamensk, a unos 500 kilómetros y ya en territorio soviético. Entre 1988 y 1995 el subkombinat de Erdes produjo unas 100 toneladas de uranio refinado al año.

El gobierno soviético cerró definitivamente la ciudad en 1995, aunque sólo repatrió a los trabajadores en 1998. Unas 200 familias rusas permanecieron en la ciudad a pesar del cierre. Por un lado nadie les esperaba al otro lado de la frontera, por el otro mantenían la (ingenua) esperanza de que la explotación se reabriera.

Una vez vacía, los vecinos mongoles robaron el cobre de los cables, el acero de los edificios, las estructuras metálicas y cualquier cosa por la que los negociantes chinos al otro lado de la frontera pagasen. Incluso el Estado mongol contribuyó al expolio de la ciudad al tomar las vías de tren que iban a Mardái y reutilizarlas en su propia red.

Según Grégori Delaplace, investigador de la universidad París-Nanterre, los locales recuerdan la ciudad y a los rusos con cariño, a pesar de que sólo queden ruinas. Para ellos, Mardái condensa el sueño del socialismo e historia de la región a la par.

En la actualidad, la empresa Central Asian Uranium Company (participada por los antiguos dueños rusos, el Estado mongol y un accionariado menor canadiense) planea reanudar la extracción de uranio.

De acuerdo con Caroline Humphrey, de la universidad de Cambridge, la zona fronteriza entre Rusia y China se caracteriza por delimitar durante varios siglos a dos imperios y por albergar a varias comunidades que nunca se pudieron adaptar a las dos grandes civilizaciones regionales.

Según Georg Simmel las ruinas son la venganza de la naturaleza contra el hombre. Mientras que para Walter Benjamin el encuentro con las ruinas nos confirma que la historia no es neutral. 

Ruinas olímpicas: el Palacio Lenin de Tallinn

Fue construido para los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, salió en las revistas e incluso ganó premios de arquitectura. El otrora Palacio Lenin de Cultura y Deporte (ahora llamado Linnahall) es una de esas ruinas ilustres que en España conocemos en forma de expos, aeropuertos, urbanizaciones o estadios. En sus mejores días acogió a regatistas olímpicos y a estrellas soviéticas de la canción, pero su irracionalidad de hormigón vio crecer la hierba de la decadencia demasiado pronto.

A los pocos años de haberse levantado frente al Báltico colapsó la Unión Soviética y el edificio no sólo fue tachado de ‘ruso’ sino que resultó desproporcionado y costoso de mantener. Desde entonces, el Linnahall ha visto pasar a las más diversas gentes. Los congresos del politburó con hombres de bigote amarillento dieron paso a reuniones de testigos de jehová, fiestas rave, conciertos punk y hardcore, entrega de premios para escolares y visitas relámpago de artistas rusos que buscaban el nunca jamás de Peter Pan.

Ironía del destino, el capitalista Ronald S. Lauder (hijo del propietario de una empresa de cosméticos) estuvo tratando con el ayuntamiento de Tallinn para alquilar el edificio-ziggurat y transformarlo en un mega casino. Las negociaciones se rompieron hace un año, a pesar de las facilidades y privilegios (alquiler por 99 años) concedidos por las autoridades locales.

La guía Lonely Planet sólo le concede dos líneas (y como sala de conciertos), sin embargo, decenas de turistas peregrinan cada día a rendir culto al palimpsesto, que concentra tiempo histórico, tiempo biográfico y tiempo físico-químico.

 

Fuente: Fran Martínez

“Cuando vivía en Tallinn organizábamos picnics sobre su techo. Al principio, al llegar desde la ciudad vieja te parece monumental, brutal, inacabado y relajante. Supongo que es también por las industrias abandonadas y la gasolinera que están al lado”, dice Vitalija.

“El Linnahall me trae un montón de memorias de mi infancia, de cuando iba allí a patinar en la pista de hielo, bebía Fanta y la pajita siempre era demasiado corta. Luego más tarde iba con mis amigos y mezclábamos coca-cola con un vino que se llamaba Kosmos. Yo todavía me sigo pasando a ver el atardecer o el amanecer sobre su techo”, comparte Grete.

“De alguna manera me parecía un territorio ajeno debido a que los conciertos organizados allí atraían a audiencias ruso-parlantes. Existen esas líneas invisibles entre la comunidad rusa y la estonia. En algunos eventos casi no ves a rusos, y viceversa. El Linnahall era uno de esos lugares rusos. Sin embargo, recientemente he vuelto a redescubrir el lugar, sobre todo por las actividades artísticas que se organizaron allí cuando Tallin era capital europea de la cultura”, explica Kadi.

El Linnahall ha tenido una vejez que ‘hermanos’ como el Palast der Republik de Berlín o la Casa Republicii de Bucarest envidiarían. Lleno de polvo, goteras y cristales rotos, lleva cuatro años cerrado al público, aunque cuatro empresas (una de reparación de ordenadores y tres de logística) ocupan una parte marginal del mismo. Además, la policía estonia realiza ejercicios de persecución con perros y prácticas de tiro en el edificio.

El helipuerto y el embarcadero siguen activos. En su interior, el edificio albergaba una sala de conciertos con 4.600 asientos, una pista de hielo, una sala de exposiciones, un estudio de grabación y dos cafeterías.

Según Peter, uno de los tres guardianes del Linnahall, la cadena Hard Rock Café está negociando para alquilar una gran parte del edificio. Peter también dice que hay fantasmas y se oyen voces, pero no le crean.

En twitter: @fm_fronteraazul