Cortázar en la Plaza Roja

Fuente: Getty Images / Fotobank

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Con motivo del 50º aniversario de la publicación de “Rayuela” recordamos a la traductora de esta obra cumbre al ruso, Liudmila Siniánskaia, fallecida en España hace tres meses.

“La Maga lee interminables novelas de rusos y alemanes y Pérez Galdós y las olvida en seguida”. El inmortal personaje de Rayuela, una uruguaya que cruza el charco con su hijo Rocamadour destino a París, es un ser distraído que sufre por su ignorancia y acumula lecturas pendientes, como La ejecución de Troppman de Iván Turguéniev. Un ser especial y memorable que jamás olvida que la forma de las manos revela “lo que su dueño pudiera sentir frente a Dostoievski”. 

El lector en ruso de esta obra, la más emblemática de Cortázar, cuya publicación cumple este año su 50º aniversario, descubre en ella numerosos ecos eslavos: en los cafés parisinos se oye discutir sobre Nabókov, se cita a Malévich y a Pevsner, se hace mofa de alguien diciéndole que sería perfecto para un retrato de Soutine o que es “dostoievskianamente asqueroso y simpático”. 

Portada de rayuela

Si husmeamos en la biblioteca personal del maestro del relato corto, accesible en línea en el sitio web de la Fundación March, encontramos ediciones de Blok y Chéjov en italiano, de Dostoievski y Nabókov en francés, o de Bábel en inglés. Entre todas estas historias cruzadas de países y culturas diferentes, de autores y lectores que hablan lenguas distintas, se hace patente la importancia de la labor del traductor, invisible y silencioso, pero siempre imprescindible.

Cada obra traducida atesora, además de la historia encerrada entre sus páginas, otra consustancial a ella: la del traductor. El propio Cortázar se definía como un “traductor metido a escritor”. Forjó su oficio con la traducción técnica en organismos internacionales y, vertiendo los cuentos de Edgar Allan Poe, dio el salto a la literaria. Le siguieron Yourcenar, Gide, Chesterton o Dafoe. 

Ahora bien, si pensamos en el sentido opuesto, en el Cortázar traducido al alfabeto cirílico, o también en Juan Goytisolo, Gabriel García Márquez, u otros autores que, por su sesgo más conservador, tenían más difícil la publicación de sus libros en la Unión Soviética, como Mario Vargas Llosa o Jorge Luis Borges, no podemos dejar de citar a la gran traductora y 'anfitriona' de todos ellos, Liudmila Siniánskaia, introductora en el ámbito rusohablante de la gran literatura iberoamericana. 

Gracias a ella, millones de lectores rusos, como explicó ella misma en una de sus últimas entrevistas, “tuvieron la oportunidad, cuando no era nada fácil salir del país, de conocer y entender el mundo exterior gracias a la literatura”. 

Esta apasionada de las letras moscovita, que nos dejó el pasado 20 de abril, fue una traductora cuya labor excedió la puramente filológica para llegar a ser una embajadora y activista cultural. Licenciada en Filología Románica en la Universidad de Moscú, se doctoró con una tesis sobre la obra de Pablo Neruda, a quien conoció en uno de los viajes del poeta chileno, ya mayor, a la Unión Soviética, cuando la joven universitaria aún no dominaba la lengua de Cervantes. 

Pero no sólo los estudios modelaron su vocación. En su camino se cruzó un 'niño de la guerra', uno de los 3.500 que acogió la Unión Soviética tras el estallido de la Guerra Civil española, el turolense Juan Cobo, su futuro marido, destacado periodista e intelectual de los círculos culturales rusos. Con él, formaría una pareja excepcional, que serviría de puente entre la cultura iberoamericana de la posguerra y la de Rusia, con una especial atención a las obras que tenían vetada su publicación durante el periodo franquista en España. 

La lista de traducciones de Siniánskaia alcanza los 82 títulos, pero los números no lo dicen todo. En su calidad de traductora y miembro, junto a su marido, de los consejos asesores de las editoriales estatales rusas, fue una infatigable promotora de las letras españolas y guía de las generaciones de hispanistas que siguieron sus pasos. 

Gracias a ella, se conocieron obras contemporáneas como Nada de Carmen Laforet o La plaça del Diamant (La plaza del Diamante) de Mercè Rodoreda, que también proponían para que otros las tradujeran, o facilitaba los intercambios de intelectuales entre ambos países, una tarea en especial compleja hasta 1972. 

Por citar un ejemplo, ella y su marido fueron los anfitriones de Manuel Vázquez Montalbán cuando éste preparaba su libro El Moscú de la Revolución. En fecha más reciente, volcó al ruso La flaqueza del bolchevique de Lorenzo Silva, y la historia de su publicación en la prestigiosa revista literaria Novi Mir, a la que luego seguiría su edición en libro, contada por el propio escritor, es un episodio que ilustra con claridad el entusiasmo y la determinación de Siniánskaia. 

En una entrevista concedida a Radio Nacional Española, recordaba sus impresiones ante su primera traducción al español. Fue La resaca de Juan Goytisolo, que le enseñó una España lúgubre, nada que ver con la imagen romántica que se tenía de ese país al otro extremo de Europa, transmitida por el romanticismo y aderezada con clichés amables, que prevaleció durante tanto tiempo en los países eslavos. En 1991, el matrimonio se trasladó a Valencia y, más tarde, a un pueblo costero de la provincia de Castellón, que se convertiría en el último destino de Siniánskaia, donde falleció a la edad de ochenta años. 

Resulta difícil valorar el impacto que tiene el trabajo de un traductor. Su recompensa suele ser tan modesta como su oficio. Especialmente encomiable es la tarea de los pioneros, pues preparan el camino para quienes luego recogen su testigo. Una cadena de esfuerzos y complicidades que nos permiten hablar de la literatura universal. 

Así, un joven moscovita que deambula por la Plaza Roja o el Parque Gorki puede conocer el París de la Maga y de Horacio Oliveira, de la rayuela y sus infinitas puertas de entrada a otro mundo, tan real como la silueta de las torres del Kremlin. 

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