El escudo antimisiles en Europa: ¿es posible un acuerdo?

La compleja cuestión del programa de defensa contra misiles balísticos (Anti-Ballistic Missiles Defense, ABMD) se ha convertido en los últimos años en una de las principales causas de desacuerdo entre Rusia y Estados Unidos, hasta el punto de hacer peligrar la pretendida “puesta a cero” de las relaciones bilaterales.

El concepto de un escudo para proteger a EEUU de un ataque con misiles nucleares intercontinentales no es en absoluto novedoso, ya que fue planteado por la Administración Reagan en 1983 bajo la denominación de “Iniciativa de Defensa Estratégica”, popularmente conocida como la “Guerra de las Galaxias”.

Tras un periodo de relativo abandono bajo la presidencia Clinton, los atentados terroristas del 11-S de 2001 llevaron al presidente Bush a retirarse del Tratado Antimisiles Balísticos de 1972, para poder hacer frente a una supuesta amenaza de Irán o Corea del Norte. Aunque Rusia no se opuso abiertamente a esa retirada, la decisión unilateral estadounidense supuso una merma en la confianza mutua.

Sin embargo, el enfrentamiento se agravó cuando la Casa Blanca anunció en 2006 su propósito de instalar un radar en la República Checa y diez interceptores (Ground Based Interceptors, GBI) en Polonia. La proximidad a las fronteras rusas y el hecho de que no existía todavía una amenaza real procedente de Irán motivaron el rechazo total del Kremlin hacia el proyecto, en medio de un enfrentamiento con Occidente que culminó con la guerra de Georgia de agosto de 2008. 

La situación se recondujo con la decisión del presidente Obama en 2009 de modificar el diseño del escudo antimisiles en Europa, planteando un sistema más flexible, económico, y que no suscitase tantos recelos por parte de Rusia, el llamado EPAA (European Phased Adaptative Approach).

Se pretendía utilizar tecnologías ya probadas (como el sistema de radar AEGIS o los misiles SM-3) e implicar a los restantes aliados, ya que se protegería no tan solo a EE UU sino también a Europa.

El nuevo sistema fue muy bien recibido, convirtiéndose en un proyecto de la OTAN tras la Cumbre de Lisboa de noviembre de 2010. España se ofreció a albergar cuatro destructores estadounidenses AEGIS en Rota, Turquía a instalar un radar fijo en su territorio, y Polonia y Rumania a basar misiles SM-3.

En cuanto a Rusia, sólo la cuarta fase del EPAA (prevista para 2020) podría suponer una amenaza para su disuasión nuclear, por lo que había margen de negociación.

Pero el hecho es que no se ha podido llegar a un acuerdo. Rusia pretendía desarrollar un escudo único con una asignación de responsabilidades por sectores y un procedimiento de control de “doble llave”, de modo que tuviese capacidad de veto.

La Alianza, por su parte, dejó claro que el escudo antimisiles es parte del compromiso de defensa colectiva, por lo que ni puede dejar en manos ajenas la protección de parte de su territorio, ni admitir limitaciones operativas.

Ante la negativa occidental al escudo único, el Kremlin pidió que al menos se suscribiese un compromiso, jurídicamente vinculante, de que la defensa antimisil de la OTAN no sería dirigida contra su arsenal nuclear.

Washington ofreció como alternativa una mera declaración política al respecto, así como el acceso de expertos rusos a los datos técnicos del sistema.

Esa contrapropuesta no fue aceptada, y el entonces presidente Medvédev anunció, en un discurso a la nación en noviembre de 2011, una serie de medidas que incluían la instalación de un radar y el despliegue de misiles Iskander en el enclave de Kaliningrado, desde dónde se podrían atacar las nuevas defensas de la OTAN.  

La situación actual y las perspectivas de futuro

Lo primero que hay que destacar es que en esta cuestión hay mucho de retórica obsoleta, ya que la posibilidad real de un conflicto nuclear entre Rusia y EE UU es prácticamente nula.

El problema es que la tecnología antimisiles estadounidense es mucho más avanzada que la rusa, por lo que Washington no ve razones prácticas para cooperar, mientras que Moscú otorga una importancia desmedida a su capacidad nuclear, al ser uno de los últimos vestigios de su pasada condición de superpotencia.

Además, en marzo de 2013 se han anunciado los nuevos planes estadounidenses para la ABMD, que incluyen el despliegue de 14 GBI adicionales en Alaska, un radar en Japón, y el retraso del programa del misil SM-3 IIB. El motivo es la necesidad de hacer frente cuanto antes a una amenaza ya existente, un posible ataque de Corea del Norte contra la Costa Oeste de EEUU, antes que proteger la Costa Este o el territorio de los aliados europeos frente a una amenaza iraní todavía no materializada.

Ese retraso de la cuarta fase del EPAA de 2020 a 2022 (como mínimo) aumenta el horizonte temporal para tratar de alcanzar un acuerdo entre Rusia y EE UU, algo fundamental ya que está dificultando la cooperación en otras cuestiones mucho más importantes, como la lucha contra el terrorismo internacional de raíz islamista o la estabilización de Afganistán.  

De entrada, Moscú debe asumir definitivamente que un sistema único es inviable, ya que nunca será aceptado por EE UU o la OTAN, por lo que seguir insistiendo en esa cuestión es una pérdida de tiempo.

En lugar de eso, habrá que desarrollar dos escudos independientes, pero compartiendo tanta tecnología como sea posible para que sean operativamente compatibles.

Para lograrlo la información en tiempo real obtenida por los respectivos sensores (satélites y radares) debe ser intercambiada, e incluso plantear que un misil que tenga por objetivo Europa pudiese ser derribado por Rusia y viceversa.

La forma de hacerlo sería estableciendo centros de fusión de datos de inteligencia, uno para cada sistema, en los que militares rusos y de la OTAN trabajasen codo con codo, todo lo cual exige la aprobación de los correspondientes acuerdos y protocolos técnicos.

En resumen, un acuerdo de ese estilo supondría un paso decisivo hacia la definitiva superación del legado de la Guerra Fría, con el objetivo final de constituir una auténtica comunidad de seguridad de Vancouver a Vladivostok, pero eso demanda un grado de compromiso político difícil de alcanzar.