“La consagración de la primavera” cumple un siglo

Es incuestionable el carácter visionario de Serguéi Diaghilev. Cuando Stravinski alcanzó la última nota al piano de 'La consagración', el empresario ruso se dirigió con una sonrisa a Pierre Monteux, el entonces director de orquesta de los Ballets rusos: “Esto, Monteux, es una obra maestra que revolucionará la música y a ti te hará famoso porque la vas a dirigir”. Y así se cumplió una noche en París de hace cien años.

La consagración de la primavera es la composición musical más importante del último siglo. Pero ¿cómo se mide esa importancia? Desde luego, si lo hacemos por el impacto que produjo en el público y nos dejamos convencer por los testimonios del 29 de mayo de 1913 en el renovado Théâtre des Champs-Élysées de París, aquella función fue poco menos que un terremoto escénico que casi acaba en linchamiento. Algunos espectadores se llegaron a retar en duelo, a tal extremo llegó la división de opiniones.

Una reacción esperada, sin ninguna duda, por el empresario Serguéi Diaghilev, que se frotaba las manos entre bambalinas. La asistencia de la flor y nata de la intelectualidad del momento, además, ayudó a propagar la onda expansiva de una partitura que sólo se representó seis noches más en París y Londres: Saint-Saëns, Picasso o Cocteau entre otros.

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Después de convencer sobradamente con sus dos primeros encargos, la música para los ballets El pájaro de fuego y Petrushka, la historia inspirada en el paganismo ruso –la elección de una joven campesina virgen para el sacrificio que posibilitaba la llegada de la primavera, una celebración ancestral de las fuerzas de la Naturaleza- chocó estrepitosamente contra los oídos occidentales nada acostumbrados a unas disonancias y unas sonoridades completamente nuevas.

El compositor de Lomonósov se había zambullido en fuentes primitivas, especialmente en melodías populares lituanas pero también en Músorgski, para salir convertido, esa noche, en el artista de la vanguardia más avanzada, algo que ni el impresionismo francés había osado.

Era tal la perplejidad del auditorio, no acostumbrado a que el protagonismo en el foso lo tuvieran los instrumentos de percusión y viento, que ni siquiera sabían reconocer las notas entre aquella masa sonora primitiva. Los diez primeros minutos de la película dirigida por Jan Kounen, adaptación del libro Coco and Igor de Chris Greenhalgh, son una buena recreación de aquel estreno.

Y es que Stravinski, un excelente orquestador desde sus inicios, puso todas las cartas sobre la mesa con La consagración de la primavera, lo que sería su sello característico: fantasía sonora y texturas innovadoras.

Tal era la inventiva rítmica de La consagración que, en un principio, su creador no supo cómo escribirla sobre el pentagrama y eso lo obligó a reescribirla, años después, doblando las notas con motivo de unos conciertos en Estados Unidos.

Los cambios en la partitura original fueron constantes durante más de tres décadas, como en ninguna otra de sus composiciones. La compañía que había revolucionado las artes escénicas, los Ballets rusos de Diáguilev, tampoco fue la misma después de La consagración.

Le siguió una gira por América en la que Nijinsky, su coreógrafo y bailarín estrella, se casó con una condesa húngara, motivo por el cual, en un arrebato de celos, Diáguilev lo expulsó de la compañía. Y con él sus coreografías, ya que nadie supo recordarlas.

Léonide Massine, el reemplazo de Nijinsky, tuvo que trabajar de cero cuando se quiso reponer la obra siete años después. Tal vez por esa misma razón ha sido una inspiración libre y atractiva para coreógrafos como Pina Bausch, Maurice Béjart o, recientemente, Sasha Waltz, que estrenó el pasado mes su lectura personal del ya clásico contemporáneo en el teatro Mariinski de San Petersburgo. 

Pero si bien la partitura ha sido interpretada a lo largo de todos estos años con profusión e incluso grabada por el propio Stravinski, muy crítico siempre con todas las interpretaciones de terceras batutas, la coreografía original no fue recuperada, después de años investigación, hasta finales de la década de 1980, gracias a Los Angeles Joffrey Ballet, incluido el vestuario.

El teatro Mariinski ha recogido el testigo y lo ha incluido en su repertorio desde el año pasado: la próxima función de la coreografía original será el próximo 22 de junio en su nuevo escenario.

Es con motivo de su primer aniversario de tres cifras, además, que las casas discográficas no han perdido la oportunidad de reponer sus grabaciones de más postín y han puesto en el mercado toda la artillería pesada, que seguro satisfarán todos los gustos. Podemos encontrar versiones de Karajan, Boulez, Stokowski, Gérgiev, Salonen, Bernstein o el propio Monteux, tanto en ediciones individuales como en cofres conmemorativos.

La consagración de la primavera, un caos musical perfectamente organizado por capas superpuestas de ritmos, sigue provocando hoy una respuesta visceral en el espectador como ninguna otra partitura, a pesar de estar el público instalado en una civilización aparentemente tan alejada de la que inspiró a esta partitura y coreografía.