Talentos descarriados del deporte ruso

Ana Kournikova no llegó a ganar ningún torneo. Fuente: Archivo.

Ana Kournikova no llegó a ganar ningún torneo. Fuente: Archivo.

El deporte profesional es un laberinto por el que regularmente se pierden grandes talentos. Las causas son variopintas, pero la historia está llena de ejemplos de jóvenes promesas que apuntaban alto y nunca alcanzaron la elite. El deporte ruso tiene sus propios casos.

El más célebre sea quizá el de moscovita Anna Kournikova, retirada del tenis profesional en 2003, a la tempranísima edad de 22 años y sin un solo título individual WTA en su vitrina. Hoy la conocemos por su belleza atemporal, su relación con el cantante Enrique Iglesias y sus cameos en pasarelas, anuncios y videoclips musicales. Ya casi cuesta recordar que en su día Kournikova fue la niña prodigio del deporte ruso y uno de los grandes talentos del tenis mundial.

Con sólo diez años se mudó a Florida, becada por la célebre academia Bollettieri, cuyo director quedó ojiplático: “Es la mejor entre las jóvenes promesas del tenis. Hemos visto a Agassi, Courier, Seles... pero ver jugar a Anna me llena de indescriptible alegría”.

Sin embargo, la transición de Kournikova al profesionalismo fue un fracaso rotundo, resultó que carecía de la mentalidad competitiva, el compromiso y la ética de trabajo que requiere la élite. Las lesiones fueron la excusa para una retirada precoz, pero lo cierto es que descubrió que con su belleza y fama la publicidad era el camino más corto y cómodo hacia el dinero.

Unas nacen para ser princesas, como Kournikova, otras para convertirse en leyendas del tenis, pero sólo ‘la verdadera elegida’, María Sharapova, es capaz de ambas compaginar ambas...

Evgueni Berzin. Fuente: Houdas
Cambiando de disciplina, otro ejemplo notorio de talento descarriado del deporte ruso fue el ciclista
Evgueni Berzin (Viborg, junio 1970), el único capaz de batir a Miguel Induráin en una gran vuelta a tres semanas durante la cima de su carrera (1991-95). 

Fue en el Giro de Italia de 1994, hacía sólo un año que el ruso se había pasado al ciclismo profesional en ruta. Pueden imaginarse el revuelo, Berzin se convirtió de inmediato en el joven más cotizado del pelotón internacional, tenía 24 años y le avalaba un brillante periplo previo en el ciclismo en pista.

Era un contrarrelojista consumado pero a la vez ligero, por lo que escalaba con facilidad, una combinación letal en el ciclismo moderno. Estaba llamado a heredar el trono de Induráin, pero la historia se torció cuando en 1996 firmó un contrato millonario.

Berzin mostró escasa profesionalidad. Una vez se vio con dinero en la cuenta dejó de entrenarse con intensidad, se relajó, engordó y se echó a perder. Nunca volvió a asomar la cabeza en la élite.

Berzin se retiró en 2001 y desde entonces vive en Bosnasco, un minúsculo pueblo de Lombardía (Italia), donde regenta un concesionario de coches.

Ígor Semutenkov.
El fútbol ruso es prolífico en jugadores que ‘pudieron ser y nunca fueron’. En ese grupo podríamos encuadrar apellidos ilustres del presente como Andréi Arshavin o Roman Pavlyuchenko. Un caso menos conocido es quizá el de
Ígor Simutenkov (Moscú, abril 1973). En 1994, con sólo 20 primaveras, fue nombrado ‘Futbolista Ruso del Año’ tras terminar máximo goleador de la temporada en la liga nacional con 21 dianas, liderando a todo un Dinamo de Moscú al subcampeonato. El curso anterior ya había firmado 16 goles.

 Su caché se disparó, el delantero ruso más prometedor de su generación, y así aquel verano recaló en una de las grandes ligas, el Calcio, en el modesto Reggiana, donde jugó cuatro temporadas con más pena que gloria. Aunque no le faltaron minutos, Simutenkov firmó un discretísimo promedio de cinco goles al año. Con su caché en la cuesta abajo pese a su juventud comenzó un largo peregrinaje: Bolonia, Tenerife, Kansas City, Kazán y Vorónezh, pero nunca se reencontró con el gol. Es más, dejó por el camino algunos episodios de dudosa profesionalidad, como cuando fue despedido del Tenerife en 2002 por fingir una lesión para no tener que viajar a Galicia para jugar con el equipo al saber que sería reserva.

Tras retirarse en 2006 a los 33 comenzó una fructífera carrera en los banquillos, y en sólo tres años se convirtió en entrenador asistente del todopoderoso Zenit, puesto que todavía ocupa.

La gran decepción en baloncesto sería
Yaroslav Korolev (Moscú, mayo 1987), el jugador ruso de la historia elegido en el puesto más alto del Draft de la NBA: nº 12 por Los Angeles Clippers en 2005.

Tenía sólo 18 años y poseía unas condiciones extraordinarias, alero de 2.08m, coordinado y ligero. Sin embargo, no cuajó en EE UU, una experiencia que como a tantos otros le llegó demasiado pronto. Sólo pisó la pista en 34 partidos de los 164 partidos del equipo en dos temporadas.

Entendió entonces que necesitaba regresar a Europa para relanzar su carrera y terminar de formarse, pero se rompió. En su caso, y a diferencia de los tres anteriores, sería injusto utilizar el apelativo descarriado, pues su temprana decadencia no se debió a un problema de actitud sino de suerte, las lesiones se cebaron con Korolev. Las tres últimas temporadas las jugó en España (Granada y San Sebastián) y se convirtieron en una penitencia de gravísimas lesiones de rodilla. Con 26 años y sin demasiadas ofertas sobre la mesa, esta temporada ha vuelto a Rusia, milita en el Spartak de San Petesburgo (media tabla), donde juega como reserva y acredita unas discretísimas estadísticas de 1,5 puntos en 7 minutos por partido.